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Nutrientes

Olga Pujadas

 
La vida no es siempre igual. No es un escenario invariable. Si lo fuese, la máscara que nos hemos creado desde la infancia nos defendería siempre.
 
Pero la vida se mueve, cada día es distinto. Nuestras defensas  intentan responder de la mejor manera posible, aunque no siempre lo consiguen. A veces el dolor es tan grande que los síntomas son evidentes.
 
Serán, por lo tanto, los demás los que nos señalen los cambios. Intentarán animarnos, nos hará reproches o incluso llegarán a burlarse o a rechazarnos porque lo que nos pasa es un molesto recordatorio de su propio dolor. Por eso, en muchas ocasiones, lo que parece un conflicto de pareja no es más que un simple juego de espejos: yo te señalo tus síntomas, tú me señalas los míos...
 
Habrá personas que se mantendrán estables si no se encuentran con demasiados problemas. Pero si pierden el trabajo, si su pareja los abandona, si mueren sus padres, si rompen con un buen amigo, pueden caer en el pozo al que nunca han podido mirar. Son personas que han vivido como funambulistas... y que ante los vaivenes de la vida reaccionarán con rabia, con culpa, con ansiedad, con desesperación, como un bebé incapaz de soportar otra cosa que no sea su cuna tranquila y caliente... Y el mundo cada vez se parece menos a un paraíso infantil.
 
Ser maduro significa aceptar los ciclos de la vida, saber que a veces toca reír y otras sufrir, saber que nos hacen daño pero también dañamos, saber aprender y enseñar, saber dar, pero también saber recibir. Significa (y tal vez esto es lo más duro) aprender a dejar marchar a los que queremos, no aferrarnos a ellos. Los que hayan sido abandonados, los que han perdido a una persona o animal querido, sabrán lo que quiero decir.
Creo, por tanto, que quienes nos sentimos frágiles ante la vida, aún cuando  ésta no nos maltrate especialmente, deberíamos aprovechar cada momento para fortalecernos, para crecer. Igual que el jardinero poda y abona sus plantas con la certeza de que pronto florecerán, así deberíamos hacerlo nosotros. Alimentarnos de personas y situaciones que nos ayuden a entender quiénes somos. Nutrirnos de situaciones y personas que nos acojan, que nos hagan sentir más valiosos, amados y felices.
 
Se trata, en fin, de dejar de huir, de alejarnos del inhóspito terreno en el que siempre hemos vivido  y buscar  esos nutrientes que, como plantas hambrientas de amor que somos, tanto necesitamos. Esos nutrientes son los únicos que nos darán energía suficiente para disfrutar y, cuando llegue el momento de sufrir, vivir ese dolor con fuerza y madurez. Esos nutrientes son lo único que nos permitirá crecer.

Olga Pujadas

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