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¿Miserias sociales o malestares íntimos?

Guillermo Rendueles, psiquiatra y escritor

 Fragmentos seleccionados de la entrevista realizada por Fernando Álvarez-Uría y Julia Varela
en la revista "Archipiélago", nº 76. Fuente original completa.


© con permiso de la Editorial y el autor

 

Guillermo Rendueles Olmedo es psiquiatra y profesor de Psicopatología en el Centro Asociado de la UNED en Asturias. Ha publicado, entre otros libros, El manuscrito encontrado en Ciempozuelos (1989), Las esquizofrenias (1990), La locura compartida (1993) y Egolatría (2005).

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[Sobre la psiquiatría actual]. La escucha del paciente postmoderno nada tiene que ver con el discurso de los locos de antaño, plagado de culpas religiosas, de delirios complicados o de rituales obsesivos que exigían para cada caso una pericia cercana a la hermenéutica filosófica. A la consulta psiquiátrica llegan hoy multitud de pacientes que la utilizan a modo de muro de las lamentaciones en donde descargan malestares cotidianos que traducen una miseria sentimental y un sufrimiento generalizado, imposibles de solucionar desde los espacios psi. Son seudodepresiones y angustias reactivas a un malvivir urbano, a unas situaciones que los pacientes no pueden ni quieren cambiar. Estrés es el nombre que traduce al diagnóstico psi trabajos agotadores, turnicidad, endeudamiento con el piso, malquereres domésticos, agobios que no causan la depresión sino que la constituyen. Los pacientes no piden interpretaciones de sus trastornos, ni estrategias para el cambio, sino palabras o píldoras que consuelen o hagan tolerables estas situaciones, dada su falta de coraje para intentar transformar sus condiciones de vida. Lo masificado de las consultas psiquiátricas, por las que llega a pasar el 30% de la población del área sanitaria, explicita la ruina psicológica de la multitud postmoderna, que traduce allí al intimismo lo inane y vacío de su cotidianidad, las miserias para las que no encuentra otras vías de cambio que la individuación psicológica.

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[Sobre las teorías psiquiátricas]. La llamada literatura psiquiátrica, a partir de los años setenta, es un horror. López Ibor, al lado de los que escriben ahora desde la DSM III, era un erudito de lenguaje psiquiátrico refinado. Había leído a Jaspers, distinguía la tristeza vital de la psicológica, clasificaba los sufrimientos humanos en procesos-desarrollos según su inteligibilidad biográfica, o diferenciaba las alucinaciones de las pseudoalucinaciones, mientras que los catedráticos norteamericanos son empleados a sueldo de empresas farmacológicas y servidores del poder que intentan reducir cualquier delirio a síntomas tratables con nuevos psicofármacos. Lo sorprendente es que ese discurso simplificador, elementalista, reduccionista, ha triunfado ya en el gremio psi. En el ultimo congreso de la Asociación Española de Psiquiatría participé en una ponencia sobre los enfermos mentales y la cárcel, y percibí claramente mi extraterritorialidad respecto al gremio: donde yo hablaba del par presos-carceleros ellos hablaban de internos-funcionarios, y todo el discurso antaño critico contra el encierro, se convertía en neutras mediaciones de la mala comunicación entre los actores del conflicto.

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[Sobre los psicofármacos]. La psiquiatrización del 30% de la población, y el deseo de mejorar las edades del hombre con psicofármacos, constituyen un mercado ideal para la industria que ve en cada niño hiperquinético, o en cada viejo amnésico, a un cliente potencial de unas medicinas como las neoanfetaminas o los antialzheimerianos que cuestan precios astronómicos y tienen dudosos efectos. Por otro lado la ansiedad generalizada hace que los ansiolíticos sean las píldoras mas vendidas en cualquier farmacia urbana española.

El manejo de estas necesidades reales y artificiales por el lobby farmacéutico ha cambiado drásticamente. Antes los laboratorios subvencionaban investigaciones y publicaciones en las revistas psiquiátricas, o privilegiaban líneas teóricas en las cátedras. Ahora pagan la edición y regalan todas las revistas psiquiátricas, y recurren a premios Nóbel de farmacología para redactar su propaganda. No hay ningún psiquiatra cuyo sueldo le permita acudir a un congreso importante sin la invitación de un laboratorio. En España la industria farmacéutica va a encargarse de financiar la formación de los médicos residentes, tras lograr un acuerdo con la Administración en virtud del cual ésta no baja el precio de los medicamentos. Aceptar esa contrapartida supone algo así como poner a la zorra a vigilar el gallinero.

Para hacerse una idea del tipo de negocio que está detrás de los psicofármacos, basta saber que el tratamiento con haloperidol cuesta menos de mil pesetas al mes, mientras que el tratamiento con risperdal, que ha barrido del mercado al haloperidol sin que existan pruebas científicas de que presenta una actividad antipsicótica mayor, cuesta veintiocho mil pesetas al mes y no es el tratamiento más caro. Si se multiplica esa cantidad por el número de “esquizofrénicos” que siguen ese tratamiento de forma continuada, a veces desde los 18 años hasta que se mueren, estamos ante una de las primeras fuentes de negocios a escala mundial.

Los laboratorios manejan además las falsas necesidades de los consumidores, como sucede en el resto del mercado, y sacan fármacos con indicaciones orientadas a esas pseudoenfermedades. Por ejemplo, el prozac va a ser substituido por un psicofármaco indicado para la depresión con dolores físicos, debido a la epidemia de fibromialgia. El nuevo fármaco, dos veces más caro que el prozac, está recomendando por los laboratorios con esas indicaciones, pese a que su perfil farmacológico lo acerca a un antidepresivo clásico. De hecho son los gerentes económicos de los grandes grupos farmacológicos quienes diseñan esas indicaciones, y la bioquímica maquilla los usos clínicos de un fármaco polivalente del que la propaganda privilegia la indicación que puede ser más vendida. Al risperdal, si la enfermedad en alza fuese el spleen, seguro que le encontrarían pronto un efecto antispleen.

La realidad en psiquiatría es que no hay ningún descubrimiento farmacológico importante en los últimos 20 años. Los nuevos fármacos, si los comparamos con los antiguos, no producen una mejora de la depresión o la esquizofrenia. No son comparables, por ejemplo, con cualquier antivirásico que permite a un enfermo llevar una buena vida padeciendo SIDA. Los psicofármacos postmodernos – tanto los antidepresivos como los antipsicóticos - se limitan a mejorar un poco los efectos secundarios, y a fomentar esa mejora como un valor de cambio propagandístico que va dirigido a veces directamente a los usuarios. En ese sentido el psicofármaco es una mercancía ideal: mientras un antidiabético debe demostrar que mejora, lo que se traduce en un dato objetivo cuantificable en el análisis de sangre del paciente, los neurolépticos solo muestran su eficacia porque los médicos rellenan unos cuestionarios en los que el paciente dice algo tan subjetivo como que se encuentra algo mejor. La lógica de la industria de los psicofármacos no se contenta con manipular estas falsas necesidades, sino que progresa hacia una hybris tan extrema que habla ya del “país prozac” para designar a aquel grupo de personas que quieren vivir sus vidas mejoradas por tomar prozac como si se tratase de una prótesis o de un cosmético.

Frente a esta mercantilización, el precio de las materias primas del psicofármaco es ínfimo y su tecnología sencilla como demuestran claramente los genéricos. Y si no fuese por los chantajes de desabastecer el mercado si se violan los derechos de patentes los gastos sanitarios disminuirían en progresión geométrica. De hecho, cuando yo estaba en la mili, la armada fabricaba antibióticos y antiinflamatorios. Una monja y un farmacéutico en un hospital gaditano, hacían aspirinas, y les imprimían un ancla para que se viese que eran de fabricación propia. De hecho mejoraban a la Bayer pues las aspirinas estaban hechas a mano.

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[Sobre las familias del enfermo mental]. La búsqueda del amo y el miedo a la libertad son temas clásicos del análisis de la familia autoritaria, como pusieron de relieve los frankfurtianos. A mi juicio estos temas se actualizan en las asociaciones de enfermos mentales que empiezan a tener influencia y a ser tentadas por el dinero de la industria farmacéutica. Algunas asociaciones de familiares de enfermos exigen cada vez más una función de tutela autoritaria de los enfermos psicóticos. Exigen unidades de psiquiatría cerradas, tratamientos neurolépticos obligatorios por ley, y aspiran a transformarse en una especie de cuidadores delegados. Consideran al psiquiatra como una especie de director de conducta que tiene la obligación de proporcionarles las recetas para tratar a su hijo o a su marido en la vida cotidiana. Esta petición de control privilegia un neoconductismo interpersonal, y convierte la casa en una especie de institución total presidida por la disciplina y la tutela familiar respaldada por el psiquiatra. ¡Si no obedeces llamo al psiquiatra y te aumenta la medicación o te ingresa! Así se podría formular una amenaza corriente en nuestros días contra los enfermos mentales. Yo a veces tengo problemas cuando me piden esa guía conductista que transforma la vida familiar en un espacio técnico dirigido por estrategias aprendidas. Se ha pasado de la familia esquizofrenógena, de la que hablaba la antipsiquiatría, a calificar de patológica a la familia sobreimplicada en los cuidados del paciente.

[Sobre la psiquiatrización de los problemas cotidianos]. La función de guía emocional de los psi, de gerentes de lo intimo, se visualiza mejor en el tratamiento de los síndromes psiquiátricos menores. Pacientes que solicitan dirección vital para decidir sobre amores y rupturas, prácticas de cuidados familiares, de control de vicios que antes se transmitían de generación en generación, ahora se pierden y exigen pericia técnica: cómo criar a los niños, cómo cuidar a los viejos, cómo negociar cada crisis de pareja, cómo ser padres, cómo jubilarse sin traumas… De todo lo que concierne a la vida surgen peticiones al psiquiatra de ayuda y guía vital.

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[Sobre los hospitales]. En los hospitales, con la reciente dictadura de los gerentes, ya los jefes de servicio no discuten los criterios de distribución y mejora del trabajo. El saber gerencial determina objetivos burocráticos - disminuir listas de espera para la primera consulta aunque la segunda se retrase cinco meses -, y reparte incentivos económicos personalizados si se cumplen los planes sanitarios que desarticulan cualquier resto del espíritu de equipo en favor de la cuantificación productiva (curar 15 locos al día) y cumplir los rituales burocráticos de rellenar hojas estadísticas.

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En algunos hospitales los principales enemigos de una reforma psiquiátrica que exigía flexibilidad, y que todo el mundo cambiase sus roles, fueron los sindicalistas que insistían en la peligrosidad de los pacientes para cobrar un plus de peligrosidad, y nunca dejaron de vestir bata sanitaria. Manuel Desviat, que dirigió la reforma psiquiátrica en Madrid, cuenta que cada vez que le vienen con los estatutos de los trabajadores en la mano se sube por las paredes porque, los celadores, por ejemplo, tienen tan reglamentado su trabajo que si se cumple al pie de la letra la reglamentación se impide el trabajo real, pues el convenio dice que no pueden levantar más de veinte kilos de peso, con lo cual el enfermo que necesita ayuda y pesa 60 queda indefenso. O no pueden llevar una historia clínica al piso de arriba porque según el convenio su labor no obliga a salir de la planta.

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[Sobre la duración de los tratamientos]. En mi consulta de salud mental hay cientos de pacientes que llevan más de 20 años en tratamiento. Para ellos la figura del psiquiatra es la única relación estable. Cuando todo lo sólido - trabajo, familia, iglesia- se disuelve, allí está el psiquiatra que siempre proporciona bálsamos para el agobio. La mera posibilidad de dar de alta al paciente genera una nueva crisis. El terapeuta que no quiera ser por siempre ese lenitivo de lo real debe mediar para que esas personas encuentren grupos naturales y relaciones no profesionales que les proporcionen esos vínculos serenos que antes poblaban lo social, y facilitaban el adiós al psiquiatra. (...)

Guillermo Rendueles, psiquiatra y escritor
 © Editorial Archipiélago
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