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Juego de niños

José Sánchez-Cerezo de la Fuente

 

Cuando era niño solía bajar a la plaza del barrio a jugar. Bastaba echar un vistazo a los distintos grupos de niños y niñas dispersos por la plaza para saber a qué jugaba cada cual. Algunos, agachados en círculo, probablemente se divertían con chapas o con canicas. Otros corrían a esconderse mientras, pegado y de cara a la pared, otro niño contaba del uno al cien lo más rápido que podía. Otros, estaba claro, jugaban al fútbol. Pero todos ellos tenían algo en común: el juego tenía unas reglas, todos las conocían, y los papeles que a uno le tocaba jugar en cada juego iban rotando de modo natural (nadie querían contar dos veces seguidas al escondite arbitrariamente, ni se quedaba de portero indefinidamente, a no ser por voluntad propia). O dicho de otro modo: “tú la llevas”.

Cuando uno quería entrar a jugar en alguno de los grupos, bastaba con preguntar “¿puedo jugar?” y, por lo general, no había problema, pues todos sabíamos que cuantos más jugásemos, mejor. En caso de que tu entrada rompiese el juego que estaba en marcha, tal vez te tocaba a ti ser el que cuenta de cara a la pared, pero eso era todo el precio que había que pagar. Los niños, seguros de sí mismos, ni siquiera preguntaban ni pedían permiso, sino que saltaban al campo de fútbol, pongamos por caso, y gritaban ¡yo juego! En ocasiones, sin embargo, el partido ya había comenzado, y un partido era una cosa seria que había que respetar, y para no romper el equilibrio o la dinámica del juego, uno debía esperar. Pero la autoridad siempre era la que el propio juego imponía. Ni siquiera ser el dueño del balón daba derechos más allá de lo razonable. Si el propietario de la pelota ponía condiciones injustas, podía estar seguro de contar con el rechazo unánime del resto del grupo.

Los adultos seguimos jugando, qué duda cabe, cada vez que nos reunimos en grupos. Jugamos a ser esto y lo otro, pero más que un juego es una lucha, el respeto no es tanto a las normas del juego (pues con frecuencia no sabemos siquiera a qué estamos jugando) sino a la autoridad y el prestigio de algunos miembros concretos del grupo. Mucho me temo que hay quien siempre le toca contar de cara a la pared, siempre “la lleva”, o nunca tienen canicas siquiera para entrar en el juego ni posibilidad de que alguien se las de. Lo peor de todo es que ha llegado a creer que ese es el papel que le corresponde. El juego de los mayores consiste con demasiada frecuencia en decidir quién es digno de jugar o no, cosa que los niños no se plantean. En realidad todos jugamos a un mismo juego, el juego de la sociedad. La primera regla del juego es: “Esto no es juego, esto va en serio”. La segunda vendría a ser “Si te das cuenta de que es un juego, te callas. Las reglas no se dicen”. La tercera regla, que es la única a la que juega la gran mayoría, es “Encasíllate lo mejor que puedas”

Cada vez aprendo más observando jugar a los niños, que juegan aquí y ahora, de igual a igual y por el puro placer del juego. Nietzsche decía que la madurez es vivir con la seriedad con que juegan los niños. Seriedad que no es falta de alegría, antes al contrario, es darle importancia al momento en que uno juega, respetar las reglas y jugar de igual a igual. Y siendo el juego, en esas condiciones, un placer en sí mismo, todavía hay sitio para el placer de ganar, sin necesidad de humillar a nadie, pues se gana el juego, no al compañero, al que necesitas para jugar. Los adultos “juegan” unos contra otros, luchan por el poder en forma de prestigio, reputación, consideración o, simplemente, aprobación. Qué diferencia con la actitud que ante la vida y las relaciones manifiestan los niños en una simple frase, que todos hemos dicho alguna vez, jugando, sí, pero con la alegría y firmeza con la que deberíamos vivir: “por mí y por todos mis compañeros.... y por mí el primero”.
 

José Sánchez-Cerezo de la Fuente
Mayo, 2009
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