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ARTÍCULOS José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor |
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El amor es cosa de perros
Todos los seres humanos pertenecemos a dos clases fundamentales: los predominantemente amorosos, y los predominantemente narcisistas. Es decir, los que básicamente desean relacionarse, amar y ser amados desde una actitud afectuosa e interdependiente; y los que, por el contrario, desean permanecer aislados desde una actitud egocéntrica y dominante. No hay más. Sobra añadir que sólo los primeros suelen "curar" sus problemas -dejándose amar-, mientras que los segundos tienden a "fracasar" -en el amor, en la psicoterapia y en la vida- porque no están dispuestos a renunciar a las pseudoventajas de su omnipotencia (1). El problema es que ambos tipos de personas, amorosas y narcisistas, suelen fatalmente atraerse (2), de modo que sus relaciones acaban con frecuencia reducidas a una simple guerra de "perros y gatos". ¿Por qué? El perro es una excelente metáfora de la persona amorosa: se trata de un animal esencialmente sociable, interdependiente, cooperativo, leal, protector. Necesita no simplemente comida y cobijo, sino más aún compañía y cariño (3). El gato, en cambio, simboliza muy bien la personalidad narcisista: es básicamente egocéntrico, individualista, poco afectuoso, dominante. Él no interactúa emocionalmente contigo, sino más bien se limita a explotar lo que pueda obtener de ti (comida, comodidad, mimos). De este modo, si una persona-perro se relaciona con una persona-gato, con toda seguridad la primera acabará defraudada con la segunda, y ésta agobiada por las necesidades afectivas de aquélla. Las relaciones entre personas-gato serán ilusorias, si no infernales. Y sólo las personas-perro estarán psicológicamente capacitadas para amarse. Por tanto, en vez de lamentarnos y acusar a los demás de nuestros fracasos en las relaciones humanas, lo importante es descubrir qué tipo de "animal" somos nosotros -¿perro o gato?- y con qué clase de personas nos gusta relacionarnos. Podemos entenderlo mejor si describimos con más detalle a las personas-gato. Éstas son, en realidad, como niños asustados: el grueso de su máscara egocéntrica y dominante es directamente proporcional a sus miedos ocultos. ¡Qué sensación de seguridad y poder les da esa coraza de orgullo, desconfianza, hostilidad, manipulación, afanes seductores, etc.! La persona-gato siempre quiere lucirse, gratificarse, ser admirada, mandar, tener razón, salirse con la suya; por eso no puede comprender, ni aceptar, ni siquiera respetar a los demás. Vanidosa y susceptible, no está interesada en amar, sino sólo en ganar (y precisamente para ocultárselo a sí misma no cesa de enamorarse o de jactarse de lo "mucho que ama"). Por eso, finalmente, las personas-gato pueden ser abandonadas incluso por quienes sí las aman de verdad, tras lo cual aquéllas no aprenden nada, sino que se limitan a autoafirmarse: "¡me han traicionado, esos malvados, siempre supe que no debía fiarme de nadie!" Y es que, en última instancia, lo malo no es ser "gato", sino no querer admitirlo. En realidad, todas las personas somos más o menos "gato" según los diversos momentos y circunstancias. Nuestro narcisismo engreído y manipulador no es rígido, sino relativamente cambiante; nuestra vida es un continuo "entrar" y "salir" de él. Por ello, la verdadera cuestión no es "¿soy muy gato/a?", sino "la mayor parte del tiempo, ¿vivo dentro o fuera de mi caparazón?" Cuanto más aprendemos, nos atrevemos, nos acostumbramos a salir de él para gozar del sol, charlar con la gente, vincularnos afectivamente, etc., menos "felinos" somos. Más se entrena nuestro corazón en el amor. Pues, lo mismo que el movimiento se demuestra andando, el amar se adquiere... practicando. Hay un truco muy sencillo para saber si eres fundamentalmente perro o gato, amoroso o narciso. Si cuando alguien te abandona, básicamente te deprimes, eres amoroso. Si más bien te enfadas, eres gato. __ 1. Para
saber más sobre el tema:
El
narcisismo (Suscriptores) © JOSÉ LUIS CANO GIL
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