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No culpéis a
la víctima
Crítica a "Supernanny"
Si un granjero cuida mal de sus animales, éstos
enferman y todo el mundo comprende que aquél es el único responsable.
Si un país o una empresa van mal, nadie lo atribuye a sus ciudadanos o
trabajadores, sino sólo a la mala gestión de sus políticos y gerentes.
Si un médico lesiona a su paciente, nadie responsabiliza sino al
profesional inepto. Y así sucesivamente. ¿Por qué, entonces, tantos
padres -autores fundamentales de la crianza y la salud psicológica de
sus hijos- se empeñan en quejarse y acusar de "problemáticos", "malos
hijos" o incluso "trastornados" a los críos que no se comportan como
ellos (y la sociedad) esperan? Es el viejo truco de acusar a la
víctima para eludir la responsabilidad de los propios errores. Y ello,
además, con la frecuente complicidad de cierto tipo de psicología y
psiquiatría -en realidad, mera pedagogía-, que se esfuerzan en dar una
pátina de "objetividad" y "verosimilitud" científica a lo único que se
pretende desde siempre: que los débiles se sometan a los fuertes
(1).
Un ejemplo de esto puede verse en ese famoso e
internacional programa televisivo llamado "Supernanny". Dándose
por hecho que los niños tienen "un gran problema" (o, más bien, los
padres con ellos), una "superniñera" -psicóloga de orientación
cognitivo-conductista- enseña a los padres cómo manejar a esos
"diablillos" para recuperar el "orden" familiar. Aunque es cierto que
la superniñera ofrece algunos buenos consejos prácticos, tiende a
minimizar, a mi juicio, lo esencial: el sufrimiento emocional
de los niños (causa básica de sus conductas "inadecuadas") y los
problemas emocionales (es decir, la neurosis personal) de los
padres, fuente definitiva de sus continuos errores pedagógicos y del
dolor de sus hijos. Si tales problemas paternos no se resuelven y ni
siquiera se conciencian, ¿cómo puede esperarse que las recetas de la
superniñera funcionen por mucho tiempo, o que los trastornos de los
hijos no adquieran -por la represión que exigen tales recetas- formas
más sutiles, profundas o graves? Todo lo que no resuelve, regresa.
Son evidentes las dificultades neuróticas de la
mayoría de padres que aparecen en esos programas: inmadurez, frialdad
emocional, debilidad, ansiedades, miedos, hostilidad, depresión,
frustraciones íntimas, dependencia respecto a los propios hijos, etc.
En tales condiciones, no pueden ofrecer atención, ternura,
seguridad y paciencia a sus hijos, ni inspirar confianza y sana
autoridad en éstos, de modo que los críos se sienten abandonados,
desesperados y rabiosos, absorben todas las ansiedades y hostilidades
de los padres, y el resultado son esos terribles berrinches, rebeldías
y violencias que tanto escandalizan a todos. Esas conductas
"inadaptadas" no son sino formas desesperadas de reclamar el cariño
que anhelan y, a la vez, de descargar la ira por el daño que
continuamente se les inflige. Es un angustiante círculo vicioso:
cuanto más reclaman el amor, más se les escamotea; sólo quienes
han sufrido este tormento saben a qué me refiero. El gran error de la
superniñera es, en mi opinión, que, tomando partido por los adultos,
pretende "domar" a los niños por métodos conductistas basados en
última instancia en la dominación y el miedo
(obligaciones, castigos, premios, etc.), en vez de obtener su
obediencia y socialización a través de la gratitud que siente
espontáneamente un niño bien amado. Porque un niño sano, en efecto, es
dócil no porque tenga miedo consciente o inconsciente, sino porque se
siente feliz y agradecido y, en consecuencia, acepta y respeta la
autoridad parental, y le gusta colaborar con ella.
La pedagogía actual es cruel y chapucera
precisamente por los mismos motivos: porque se empeña en ignorar los
sentimientos humanos. Y muchos psicólogos
modernos, increíblemente, se suman al error, pues creen que, como los
sentimientos no se ven, no son "científicos", y si no son
científicos... ¡no existen! Por ello, como el amor tampoco es
científico, entonces es irrelevante -o al menos secundario- en
asuntos de psicología y comportamiento humanos. Un monumental
disparate que, naturalmente, sólo puede conducir a la universalización
de la neurosis.
Pero el mundo adulto no sólo culpa y maltrata a los
hijos para eximirse de sus propios errores, sino que, en otra vuelta
de tuerca, comete un segundo error: sobreprotege, mima,
malcría, educa con negligente pasividad a los niños. En realidad, los
estafa: en vez de amarlos, les regala juguetes, objetos,
privilegios, nocivos consentimientos, con lo cual se logran dos cosas:
1) los adultos alivian la propia conciencia o sentimiento de culpa por
saberse egoístas o ineptos; 2) "tapan la boca" y reprimen la
frustración de los niños -que quieren amor, no sucedáneos- con el
argumento de "¿ves?, te queremos porque te regalamos todo lo que
pides". El resultado serán jóvenes vacíos, narcisistas y resentidos y,
en lo más hondo, autodestructivos.
Y es que, en suma, sólo hay algo peor que maltratar
a alguien: negarlo, y prohibir a la víctima su legítimo derecho a
replicar o defenderse. Aunque dicha prohibición sea por métodos tan
refinados como el "debido amor a los padres", la pedagogía conductista
o las etiquetas psicopatológicas o psiquiátricas.
___
1.
Ver
"El
Cuarto Mandamiento".
©
JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta
y Escritor
Primera Edición: 14/Noviembre/2006
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