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Miedo a sufrir
Una grandísima parte del trabajo psicodinámico consiste en ayudar al sujeto a desmantelar las férreas defensas que ha construido contra su dolor secreto. Cuanto más agudo es dicho dolor, más poderosas son tales defensas, que llamamos síntomas. El neurótico es como un niño asustado agazapado en el último rincón de una habitación blindada. Dicho blindaje es su protección contra peligros reales o imaginarios y, a la vez, la losa que le impide respirar el aire fresco de la expresión, la autoaceptación, el diálogo, el amor, la libertad. De ahí su desdicha. Sin embargo, ¿cómo curar las heridas de un guerrero sin despojarlo de su armadura? ¿Cómo sanar su corazón sin quitarle la coraza de síntomas? La neurosis nace y se conserva, en última instancia, del pánico al dolor. Bien mirado, cada síntoma o defensa -p.ej., una ansiedad, una fobia, una obsesión- es el resultado de un choque, de un violento forcejeo entre el Corazón del sujeto, que sufre intensamente y pugna por manifestarse, gritar, liberarse; y los frenéticos esfuerzos de su Consciencia por silenciarlo, amordazarlo, arrojarlo de nuevo a los sótanos del olvido, pues lo teme y se avergüenza terriblemente de aquél. Como ambos luchadores son muy fuertes, finalmente ambos -Corazón y Consciencia- terminan realizando un pacto. Un negocio de conveniencia. Por ejemplo, si el sujeto odia intensa e inconfesablemente a su propio hijo, de inmediato surge este "diálogo": - De acuerdo -dice Corazón-. Enciérrame en las mazmorras y finjamos que no odio a mi hijo. Pero déjame que me desfogue en tus pesadillas y mediante alguna terrible obsesión. - Conforme -dice Consciencia-. Prefiero sentirme un loco antes que sufrir la culpa insoportable de creerme un monstruo por odiar a mi hijo. El psiquiatra ya matará mis síntomas.
Y el pacto comienza a funcionar. El sujeto empieza a padecer frecuentes y angustiosas pesadillas en las que el hijo "muere en horribles accidentes". Y, de día, se siente invadido continua y compulsivamente por una idea o temor angustiante de "hacer daño al hijo", o incluso "lo ve muerto", pese a los extraños gestos rituales con que intenta conjurar estas diabólicas ocurrencias. - ¡Rápido! -grita Consciencia- ¡Terapias de conducta, relajación, sedantes, neurolépticos! ¡Cualquier cosa, antes que sentirme un monstruo aborrecible! Esto es la neurosis. Sin embargo, el sujeto odia indudablemente al hijo. Es un hecho. Nada en el mundo podrá cambiar esta verdad, a menos que Corazón y Consciencia cesen su guerra, y la segunda permita al primero gritar con todas sus fuerzas: - ¡Sí, sí, sí! ¡Le odio, le odio, odio rabiosamente a mi hijo! Pero entonces, y sólo entonces, surge naturalmente la cuestión más obvia: ¿POR QUÉ? - ¿Por qué odias a tu hijo, Corazón? -pregunta una voz amistosa. El corazón, súbitamente, se calma. Se queda perplejo. Reflexiona. Tartamudea. - Porque... -dice, por ejemplo-. Porque todos le quieren a él más que a mí... Porque disfruta de oportunidades que yo nunca tuve... Porque tengo que hacer por él esfuerzos para los que no siento ánimos... Porque no quiero darle lo que nunca me dieron a mí... Porque necesito vengarme en él de todo el daño que me hicieron... Porque... Y entonces, y sólo entonces, Corazón comienza a llorar...
O sea que, contra todas las apariencias, Corazón no era tan malvado, ni tan monstruoso, ni tan despreciable después de todo. Era simplemente un corazón dolido, desvalido, desesperado. ¡Detrás de su odio había más cosas! - ¿Por qué lloras, Corazón? -prosigue la voz amistosa-. Cuéntame los detalles. ¿Qué han hecho contigo? Y entonces, por primera vez en su vida, Corazón se siente escuchado. Comienza a hablar, a expresar sus dolores y heridas, a sentirse aliviado, a comprenderse, a perdonarse. Y, en poco tiempo, algo en su interior vuelve a sentirse seguro, fuerte, digno. Y el mundo cambia de golpe. Ya no siente al hijo como un envidiado rival, sino como alguien como él. Incluso más desvalido que él. Por eso su odio se vuelve innecesario. Surge la identificación, la compasión, el afecto. Comienza la empatía. ¡Resulta que detrás del odio... esperaba el amor! Esto es la curación de la neurosis. Pues, en efecto, es el miedo a sufrir lo que nos produce y perpetúa los trastornos neuróticos. Y sólo cuando, con la ayuda de alguien en quien confiamos plenamente, nos atrevemos a quitarnos la armadura y a liberar a Corazón de sus mazmorras, comenzamos a salvarnos.
© JOSÉ LUIS CANO GIL Primera Edición: 1/2/2008 |
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