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Neurosis: la máquina engañosa
Una reflexión psicodinámica
Decimos que nuestra sociedad sufre cada vez más "trastornos mentales"
-es decir, dolor
psicológico-, que intentamos combatir generalmente con fármacos y
terapias de la conducta. Expertos y profanos creen, en efecto, que los
síntomas neuróticos más comunes -depresión, ansiedad, adicciones,
fobia social, trastornos alimentarios y de personalidad, etc.- son
"problemas" que hay que suprimir y no, más bien, como parece desde una
perspectiva psicodinámica,
soluciones -o intentos de solución- que
la gente se proporciona a sí misma para aliviar sus
verdaderos conflictos
emocionales. Como todos intuimos, nadie se deprime ni se droga ni se
pone ansioso sin algún buen motivo. El síntoma, pues, más que una
enfermedad, parece la tapadera
de la enfermedad, el disfraz de algún problema que el sujeto no quiere
admitir, básicamente por miedo. Así lo descubrirá muy fácilmente
cualquiera que se tome la molestia de interrogarse sinceramente y a
fondo sobre su vida, o sobre la de los demás.
Pero la gran capacidad humana para
cerrar los ojos al verdadero origen de sus problemas, disfrazarlos,
ocultarlos bajo capas y más capas de autoengaños, es lo que
paradójicamente convierte al neurótico, como ya vimos en otro artículo
(1), en una especie de pillo
o tramposo, en un estafador. No de una forma deliberada desde luego,
sino inconsciente. Por ejemplo,
en vez de reconocer que no somos felices, que nuestra vida no funciona,
que no nos atrevemos a tomar ciertas decisiones, etc., preferimos decir:
"¡uf!, sufro un trastorno psicológico, doctor, cúreme
usted con sus consejos y
pastillas". Esto lo hacemos continuamente y de muchas maneras,
utilizando para ello toda clase de trucos y mentiras. Expondremos
seguidamente algunas de éstas.
1. El
síntoma. Nuestro primer autoengaño es, obviamente, generar el
propio síntoma. Por ejemplo, si mi matrimonio es un fracaso, si mis
padres son unos monstruos o si me he equivocado totalmente de profesión,
todo lo cual me entristece mucho pero no tengo el coraje de admitirlo ni
de corregir mi vida, ¿por qué no fingir que "no entiendo" mi estado y me
repito a mí mismo -y a los demás- que "todo va bien, salvo esta
fastidiosa e inexplicable depresión patológica que me ha invadido"? O si
estoy lleno de anhelos o furias internas que no me atrevo a resolver
porque me siento culpable de todo, ¿por qué no simular que "ignoro" los
motivos de mi malestar y afirmo, simplemente, que sufro un extraño
"trastorno" de ansiedad? Todo el mundo me dará la razón y hasta me
ayudarán a perpetuar mis mentiras con unas cuantas píldoras.
2. La
interpretación del síntoma. Para que un síntoma sea perfecto, es
decir, absolutamente creíble, debe contar con la interpretación más
falsa y alejada posible de la realidad que oculta. Por ejemplo, si
interpreto el "trastorno hiperactivo" de mi hijo como un fallo genético
o neurológico, puedo así olvidar el hecho cierto de que el niño está
furioso o malcriado por unos padres ineptos. Si considero "trastorno de
aprendizaje" a la fobia social o la desesperación violenta o toxicómana
de un adolescente, logro así tapar la cruda verdad de que el chaval
jamás ha recibido suficiente afecto, atención o ni siquiera palabras de
apoyo por parte de nadie. ¿No me ayudan, pues, todos estos trucos a
eludir mi responsabilidad
-y la de la sociedad- en la génesis del dolor propio y ajeno?
3.
Las quejas. Todo neurótico es,
por definición, un quejoso. Continuamente nos lamentamos de esto y
aquello, acusamos de nuestros problemas a unos y a otros, criticamos por
aquí, envidiamos por allá, simulamos ser "víctimas" paralizadas e
impotentes. Así, sin mover un dedo por mejorar nuestras vidas,
conseguimos a menudo llamar la atención de todo el mundo y suscitar todo
tipo de ventajas... sin dar demasiado a cambio. Las quejas perfectas son
las basadas en el propio cuerpo: me duele aquí, tengo estos achaques o
enfermedades, soy viejo, soy gordo, soy feo, etc. Como los males físicos
parecen más "auténticos" y alarmantes que los emocionales... consigo así
que mi verdadero conflicto quede definitivamente enterrado.
4. Más
mentiras. La creatividad del corazón humano para inventar engaños
que nos defiendan del dolor es inmensa. Por ejemplo: negamos las
evidencias ("mi pareja me quiere", aunque sé perfectamente que me
traiciona a menudo); proyectamos nuestros sentimientos ("la vida es
asquerosa", pero sé muy bien que lo asqueroso es
mi vida, que
no me atrevo a cambiar); idealizamos lo desagradable ("mi madre fue una
santa", pero sé que la odio porque fue egoísta y destructiva conmigo);
simulamos lo contrario de lo que sentimos ("nuestra familia es
ejemplar", y así no tenemos que admitir que nadie confía ni se comunica
con nadie); o simplemente escapamos de nuestros problemas de todas las
formas imaginables ("todo me va bien"... pero me paso todo el tiempo
cavilando sobre mí mismo, o ansioso, o enfadado, o aburrido, o haciendo
cosas sin parar, o comprando compulsivamente, o comiendo, o enganchado
al televisor, el ordenador, el fútbol, el sexo, el trabajo, la
familia...).
Esta máquina de engaños es, en fin,
maravillosamente fértil, automática
y silenciosa y, por encima de
todo, inconsciente. Constituye
una especie de "sistema inmunitario emocional" contra toda clase
de dolores y conflictos. Por eso decimos que la neurosis resultante, es
decir, la suma de síntomas truculentos que nos protegen es, pese a sus
inconvenientes, un mal menor
contra las verdades, mucho peores, que ocultan.
Pero las cosas no son tan fáciles y nuestra máquina de engañar dista
mucho de ser perfecta. A menudo, cuando el dolor que intentamos
neutralizar es muy superior al poder de convicción de nuestros
síntomas, o cuando éstos necesitan ser tan excesivos que interfieren
dramáticamente en nuestra calidad de vida, la situación se hace
insostenible. Llamamos a esta eventualidad "trastorno psicológico"
propiamente dicho, y es sólo entonces cuando decidimos acudir al
psicólogo o el psiquiatra (antiguamente, al chamán, el curandero o el
sacerdote).
Aunque no todas las terapias son iguales. Muchas de
ellas sólo pretenderán, como es típico de nuestra civilización, suprimir
los síntomas más molestos o incapacitantes
sin investigar sus motivos.
Simplemente ofrecerán al sujeto fármacos y técnicas
cognitivo-conductistas destinadas, en última instancia, a
sustituir sus viejas mentiras
por otras más aceptables socialmente, aunque igualmente encubridoras del
problema fundamental. No será extraño que, así, éste vuelva a producir
tarde o temprano nuevas perturbaciones. Por el contrario, que yo sepa,
sólo el psicoanálisis, las terapias psicodinámicas (2)
y emocionales, y las terapias de orientación humanista
(3) se toman la molestia de
ayudar a la persona a tirar de la
manta de sus síntomas, como condición previa para superar sus
miedos y dificultades, crecer emocionalmente y abandonar para siempre
las mentiras (4).
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1. Ver
"El neurótico: ¿víctima o truhán? La doble función del síntoma"
2. Es
decir, de inspiración psicoanalítica.
3.
También ciertas
formas de arte, filosofía y espiritualidad pueden ayudar a ello.
4. Naturalmente, muy pocos neuróticos se atreverán a
intentarlo. La verdad sólo es accesible a los ambiciosos de libertad y
autoconocimiento.
©
JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y
Escritor
Primera Edición: 26/3/2007 |