ARTÍCULOS
José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor

 

 

 

Neurosis: la máquina engañosa

Una reflexión psicodinámica




Decimos que nuestra sociedad sufre cada vez más "trastornos mentales" -es decir, dolor psicológico-, que intentamos combatir generalmente con fármacos y terapias de la conducta. Expertos y profanos creen, en efecto, que los síntomas neuróticos más comunes -depresión, ansiedad, adicciones, fobia social, trastornos alimentarios y de personalidad, etc.- son "problemas" que hay que suprimir y no, más bien, como parece desde una perspectiva psicodinámica, soluciones -o intentos de solución- que la gente se proporciona a sí misma para aliviar sus verdaderos conflictos emocionales. Como todos intuimos, nadie se deprime ni se droga ni se pone ansioso sin algún buen motivo. El síntoma, pues, más que una enfermedad, parece la tapadera de la enfermedad, el disfraz de algún problema que el sujeto no quiere admitir, básicamente por miedo. Así lo descubrirá muy fácilmente cualquiera que se tome la molestia de interrogarse sinceramente y a fondo sobre su vida, o sobre la de los demás.

Pero la gran capacidad humana para cerrar los ojos al verdadero origen de sus problemas, disfrazarlos, ocultarlos bajo capas y más capas de autoengaños, es lo que paradójicamente convierte al neurótico, como ya vimos en otro artículo (1), en una especie de pillo o tramposo, en un estafador. No de una forma deliberada desde luego, sino inconsciente. Por ejemplo, en vez de reconocer que no somos felices, que nuestra vida no funciona, que no nos atrevemos a tomar ciertas decisiones, etc., preferimos decir: "¡uf!, sufro un trastorno psicológico, doctor, cúreme usted con sus consejos y pastillas". Esto lo hacemos continuamente y de muchas maneras, utilizando para ello toda clase de trucos y mentiras. Expondremos seguidamente algunas de éstas.

1. El síntoma. Nuestro primer autoengaño es, obviamente, generar el propio síntoma. Por ejemplo, si mi matrimonio es un fracaso, si mis padres son unos monstruos o si me he equivocado totalmente de profesión, todo lo cual me entristece mucho pero no tengo el coraje de admitirlo ni de corregir mi vida, ¿por qué no fingir que "no entiendo" mi estado y me repito a mí mismo -y a los demás- que "todo va bien, salvo esta fastidiosa e inexplicable depresión patológica que me ha invadido"? O si estoy lleno de anhelos o furias internas que no me atrevo a resolver porque me siento culpable de todo, ¿por qué no simular que "ignoro" los motivos de mi malestar y afirmo, simplemente, que sufro un extraño "trastorno" de ansiedad? Todo el mundo me dará la razón y hasta me ayudarán a perpetuar mis mentiras con unas cuantas píldoras.

2. La interpretación del síntoma. Para que un síntoma sea perfecto, es decir, absolutamente creíble, debe contar con la interpretación más falsa y alejada posible de la realidad que oculta. Por ejemplo, si interpreto el "trastorno hiperactivo" de mi hijo como un fallo genético o neurológico, puedo así olvidar el hecho cierto de que el niño está furioso o malcriado por unos padres ineptos. Si considero "trastorno de aprendizaje" a la fobia social o la desesperación violenta o toxicómana de un adolescente, logro así tapar la cruda verdad de que el chaval jamás ha recibido suficiente afecto, atención o ni siquiera palabras de apoyo por parte de nadie. ¿No me ayudan, pues, todos estos trucos a eludir mi responsabilidad -y la de la sociedad- en la génesis del dolor propio y ajeno?  

3. Las quejas. Todo neurótico es, por definición, un quejoso. Continuamente nos lamentamos de esto y aquello, acusamos de nuestros problemas a unos y a otros, criticamos por aquí, envidiamos por allá, simulamos ser "víctimas" paralizadas e impotentes. Así, sin mover un dedo por mejorar nuestras vidas, conseguimos a menudo llamar la atención de todo el mundo y suscitar todo tipo de ventajas... sin dar demasiado a cambio. Las quejas perfectas son las basadas en el propio cuerpo: me duele aquí, tengo estos achaques o enfermedades, soy viejo, soy gordo, soy feo, etc. Como los males físicos parecen más "auténticos" y alarmantes que los emocionales... consigo así que mi verdadero conflicto quede definitivamente enterrado.

4. Más mentiras. La creatividad del corazón humano para inventar engaños que nos defiendan del dolor es inmensa. Por ejemplo: negamos las evidencias ("mi pareja me quiere", aunque sé perfectamente que me traiciona a menudo); proyectamos nuestros sentimientos ("la vida es asquerosa", pero sé muy bien que lo asqueroso es mi vida, que no me atrevo a cambiar); idealizamos lo desagradable ("mi madre fue una santa", pero sé que la odio porque fue egoísta y destructiva conmigo); simulamos lo contrario de lo que sentimos ("nuestra familia es ejemplar", y así no tenemos que admitir que nadie confía ni se comunica con nadie); o simplemente escapamos de nuestros problemas de todas las formas imaginables ("todo me va bien"... pero me paso todo el tiempo cavilando sobre mí mismo, o ansioso, o enfadado, o aburrido, o haciendo cosas sin parar, o comprando compulsivamente, o comiendo, o enganchado al televisor, el ordenador, el fútbol, el sexo, el trabajo, la familia...). 

Esta máquina de engaños es, en fin, maravillosamente fértil, automática y silenciosa y, por encima de todo, inconsciente. Constituye una especie de "sistema inmunitario emocional" contra toda clase de dolores y conflictos. Por eso decimos que la neurosis resultante, es decir, la suma de síntomas truculentos que nos protegen es, pese a sus inconvenientes, un mal menor contra las verdades, mucho peores, que ocultan. 

Pero las cosas no son tan fáciles y nuestra máquina de engañar dista mucho de ser perfecta. A menudo, cuando el dolor que intentamos neutralizar es muy superior al poder de convicción de nuestros síntomas, o cuando éstos necesitan ser tan excesivos que interfieren dramáticamente en nuestra calidad de vida, la situación se hace insostenible. Llamamos a esta eventualidad "trastorno psicológico" propiamente dicho, y es sólo entonces cuando decidimos acudir al psicólogo o el psiquiatra (antiguamente, al chamán, el curandero o el sacerdote).

Aunque no todas las terapias son iguales. Muchas de ellas sólo pretenderán, como es típico de nuestra civilización, suprimir los síntomas más molestos o incapacitantes sin investigar sus motivos. Simplemente ofrecerán al sujeto fármacos y técnicas cognitivo-conductistas destinadas, en última instancia, a sustituir sus viejas mentiras por otras más aceptables socialmente, aunque igualmente encubridoras del problema fundamental. No será extraño que, así, éste vuelva a producir tarde o temprano nuevas perturbaciones. Por el contrario, que yo sepa, sólo el psicoanálisis, las terapias psicodinámicas (2) y emocionales, y las terapias de orientación humanista (3) se toman la molestia de ayudar a la persona a tirar de la manta de sus síntomas, como condición previa para superar sus miedos y dificultades, crecer emocionalmente y abandonar para siempre las mentiras (4)

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1. Ver "El neurótico: ¿víctima o truhán? La doble función del síntoma"
2. Es decir, de inspiración psicoanalítica.
3. También ciertas formas de arte, filosofía y espiritualidad pueden ayudar a ello.
4. Naturalmente, muy pocos neuróticos se atreverán a intentarlo. La verdad sólo es accesible a los ambiciosos de libertad y autoconocimiento.

       

© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor

Primera Edición: 26/3/2007

 

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