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¿Curable o incurable?
Muchas personas creen que su problema psicológico es una enfermedad y, peor aún, incurable. Así se lo han hecho creer diversas influencias, entre ellas:
El resultado es, en fin, que muchas personas deambulan durante años de psiquiatra en psiquiatra y de terapia en terapia sin hallar no ya una solución, sino ni siquiera una explicación razonable para su trastorno supuestamente "crónico". ¡Y el número de neuróticos "sin remedio" aumenta continuamente! Ahora bien, ¿qué entendemos por remedio? Un verdadero remedio sería, obviamente, aquél que solucionase no ya los síntomas o manifestaciones de nuestros males, sino el origen de éstos. Pero tal origen es precisamente, como sabemos, el asunto que la mayoría social se empeña en soslayar. Su afán casi exclusivo es, por el contrario, buscar las causas del dolor humano en factores invisibles (genes, neuronas) o incuestionables (grandes traumas), pero no, como suele ser lo más habitual, en lo más común: la familia, la vida cotidiana, las experiencias escolares, amorosas y laborales del sujeto, etc. No se quiere admitir que las verdades fundamentales de la vida no se hallan en ámbitos misteriosos o inaccesibles al profano, sino a plena luz del día y a la vista de todos... los que quieran mirar, naturalmente. La causa fundamental de la mayoría de problemas psicológicos es, como insistimos en estos artículos, el desamor desde la infancia, en cualquiera de sus innumerables formas, grados y consecuencias (1). Dicho desamor produce siempre un gélido y desestructurante vacío afectivo para defenderse del cual el sujeto necesitará producir, tarde o temprano, una serie de síntomas encubridores (ansiedades, obsesiones, adicciones, depresiones, etc.). La personalidad del sujeto, como una casa mal cimentada y peor construida, se verá expuesta a todo tipo de inclemencias internas (soledad, miedos, parálisis, altibajos, fracasos...), y todos sus esfuerzos por hacerla más "habitable" no sólo resultarán extraños -"neuróticos"-, sino vanos. Por eso no existe la menor oportunidad de "curar" o mejorar un trastorno sin conocer, comprender y superar mínimamente la biografía emocional del sujeto. Porque nunca debemos olvidar lo principal: que la infancia no es, como nos empeñamos en idealizar, ese lugar "amoroso y feliz" que a todos nos hubiera gustado vivir, sino, con demasiada frecuencia, el reducto a salvo de todas las miradas donde el ser humano se halla más desvalido y más expuesto a las peores atrocidades -leves o graves, pero siempre continuadas e inexorables-, de las que es imposible escapar salvo a través de la neurosis o la locura. Nada hay más peligroso para un niño/a que su propia familia. Cuando el neurótico se niega a destapar su pasado y su presente, la verdadera cara de sus relaciones afectivas, entonces la perpetuación de su dolor inconsciente y, por ello, de sus síntomas, resultará inevitable. Hay, sin embargo, dos terrores formidables que suelen paralizar el afán descubridor del neurótico: su intolerable sentimiento de culpa ante la mera posibilidad de cuestionar a su familia, lo que le parece una aberración contra natura. Y, sobre todo, el pánico a reconocer, si abre los ojos, que nunca tuvo a nadie, que siempre fue un huérfano emocional. Es un hecho que cuando, p.ej., los padres nos han fallado, necesitamos reinventárnoslos, minimizar sus errores, salvar algo del naufragio. Pero este autoengaño tiene un alto precio: el de la "cronificación" de nuestros síntomas. De este modo, ¿existen realmente los problemas incurables? ¿O sólo consideramos así a los problemas emocionales cuyos orígenes, simplemente, no nos atrevemos a examinar? Mientras las nocivas circunstancias familiares y sociales del sujeto permanezcan más o menos invariables, y/o mientras los sentimientos asociados al desamor y el maltrato (dolor, miedo, dependencia, rabia, culpa, autodesprecio, etc.) continúen reprimidos en el individuo, falsamente "olvidados" en su corazón, sin concienciar, ni expresar, ni trascender, es evidente que toda clase de síntomas (ansiedades, fobias, compulsiones, abatimientos, etc.) seguirán devorándole por dentro, sirviéndole al mismo tiempo de coraza contra la verdad más atroz: su orfandad emocional. En tales condiciones, ninguna curación es posible. Y sobra decir que cualquier fármaco o terapia basada en el adormecimiento o distracción del paciente resultará fundamentalmente inútil, ya que nada en el mundo puede borrar nuestro pasado. Sólo, en mi opinión, el valiente afrontamiento de aquél, su plena concienciación, la gradual "digestión" y superación de nuestra biografía, puede ayudarnos a renacer, a responsabilizarnos de nosotros mismos, a madurar, a reducir progresivamente nuestros síntomas y transformar lo "crónico" en obsoleto. No podemos evitar, desde luego, que nuestra historia personal nos deje siempre algunas secuelas neuróticas. Pero al menos éstas ya no nos impedirán disfrutar mucho más de la vida. __ 1. Ver ¿Qué son los "traumas infantiles"? (Zona de Autor) © JOSÉ LUIS CANO GIL Primera Edición: 1/Octubre/2008 |
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