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Los accidentes de tráfico
Las autoridades españolas están muy preocupadas por el elevado índice de accidentes de tráfico y las actitudes "irresponsables" asociadas a ellos (imprudencias, alcohol, drogas, conductas peligrosas, etc.). Las continuas campañas de concienciación al respecto (en radio, televisión, etc.) no parecen ser muy eficaces, ni tampoco los medios técnicos, policiales y legales destinados a combatir el problema. Naturalmente, también es verdad que el número de vehículos y personas que se incorporan al tráfico es cada vez mayor. En todo caso, ¿por qué ninguna campaña institucional contra los accidentes de vehículos parece dar muchos resultados? ¿Tal vez se nos escapa algún factor esencial del problema? Examinémoslo desde un punto de vista psicodinámico. Lo primero que, en mi opinión, debemos comprender es que toda actividad peligrosa -y la conducción lo es- genera un porcentaje irreducible de accidentes fortuitos. Incluso la persona más sensata y responsable puede ocasionarlo en un momento de fallo o descuido. Nadie es perfecto. Como hay varios millones de personas sensatas manejando automóviles, necesariamente habrá diversos accidentes. Dado que estas personas no necesitan concienciarse más de lo que ya están, las campañas de tráfico son, para ellas, inútiles. Por otro lado, hay también muchas personas que no son particularmente sensatas, lo que las hace más proclives a los accidentes. Estas personas sí deberían ser concienciadas, pero, por desgracia, más bien parecen inmunes a tal concienciación. Las campañas de tráfico son también, pues, inútiles para ellas. ¿Por qué esta clase de personas desoyen los mensajes institucionales? Podemos considerar que, cuando un mensaje no cala en un individuo, es porque éste se halla -obviamente- cerrado, impermeabilizado a aquél, generalmente por miedo u hostilidad. En este sentido, ninguna cantidad de propaganda culpabilizadora y amenazante con que se le continúe bombardeando logrará traspasar su coraza; más bien la reforzará. Es como sermonear a un adolescente hostil. Todas las campañas fallan, en mi opinión, desde su base por esta causa. El problema que deberíamos afrontar es, por tanto, el siguiente: ¿a qué se debe el blindaje de estas personas? Psicodinámicamente, podemos ofrecer al menos cuatro motivos (frecuentemente asociados):
Es decir, porque dichas personas se hallan en un estado neurótico de indiferencia, hostilidad o incluso autodestrucción frente a la sociedad. Y surge de nuevo la cuestión: ¿por qué? Los lectores familiarizados con las ideas psicodinámicas lo saben: porque sufren algún tipo de carencia afectiva que las priva inconscientemente de más fuerza y motivos para ser más positivas y adaptadas. Por ello, en cambio, tienden a ser más egocéntricas, negligentes e insumisas (entre otros muchos síntomas: ansiedades, depresiones, complejos, adicciones, problemas de personalidad, etc.) que los demás. Naturalmente, la intensidad de estas actitudes variará mucho en cada individuo. Me parece sorprendente, si no escandalosa, la ignorancia de las instituciones y sus asesores (psicopedagogos, conductistas, médicos, publicistas, etc.) respecto al factor emocional en toda clase de conductas peligrosas o antisociales. (Curiosamente, nadie olvida este factor cuando se trata, p.ej., de vender cosméticos u organizar campañas electorales). Su principal afán parece ser simplemente el de aumentar los controles y castigos sobre los infractores, y el de seguir concibiendo la educación de la gente como una burda doma cognitiva y conductual. Pero... ¿y el amor? ¿Conocen nuestros políticos y profesionales del civismo la importancia absoluta -física, psíquica, conductual, sanitaria y social- del amor en la prevención de todas las formas de desdicha humana, incluidos los accidentes de tráfico? Si lo hicieran, sus mensajes serían muy distintos y sin duda penetrarían mejor en muchos corazones. Si queremos reducir los accidentes de tráfico, deberíamos, en fin, aplicar la misma receta que necesitamos, p.ej., para reducir el consumo de drogas, el alcoholismo juvenil, el fracaso educativo, la violencia escolar, el racismo, los embarazos adolescentes, los suicidios o los trastornos neuróticos y antisociales. Y dicha receta no es más que ésta: concienciar a la sociedad sobre la necesidad y el derecho inexcusables y urgentes de todas las personas, de recibir amor suficiente (1) desde su nacimiento, sobre todo en el ámbito familiar. Porque, sin duda alguna y por mucho que nos sorprenda, es precisamente en el nido familiar -cuando éste es frío o patológico- donde germinan, como hongos venenosos, muchos futuros accidentes de tráfico... y muchas otras cosas. __
© JOSÉ LUIS CANO GIL Primera Edición: 12/11/2007 |
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