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Amores que
matan
Las consultas de psicoterapia
están llenas de personas, sobre todo mujeres, que se lamentan de ser
"adictas" a relaciones amorosas que no funcionan, ya sea por
insatisfactorias, negativas o incluso claramente destructivas. (Muchas
mujeres víctimas de malos tratos pertenecen a este grupo). La pregunta
es inmediata: ¿por qué no pueden alejarse, no rompen sus ataduras
emocionales con personas en las que no hallan felicidad alguna? La
respuesta es muy simple, aunque poco recordada: estas personas no
huyen de sus parejas precisamente porque son desdichadas
gracias a ellas. Esta paradójica actitud se debe a un fenómeno clásico
en Psicoanálisis y muy típicamente humano: la ambivalencia
emocional.
Todas las
personas, en efecto, amamos y odiamos simultáneamente a los demás en
función de lo que, a nuestra vez, hemos sido amados o desqueridos. Es
imposible amar sin odiar y viceversa, incluso a nuestros seres más
íntimos, pues ambos sentimientos son inseparables. Esto es la
ambivalencia afectiva. Y el hecho de que habitualmente reprimamos u
olvidemos nuestros odios "inconfensables" no los anula, sino que a
menudo les abre el camino a formas más sutiles o complejas de
expresión y descarga. Una de estas formas son precisamente los "amores
que matan".
Cuando un
niño o niña no es querido adecuadamente, o si sufre malos tratos,
experimenta un gran odio inconsciente contra sus padres, de los que
sin embargo no puede prescindir, y también un gran sentimiento de
culpa, pues cree ser "merecedor" del desamor que padece. Así su
corazón aprende a asociar su desesperada necesidad de amor con la
rabia y la baja autoestima y, en la vida adulta, ya no podrá amar sin
volver a mezclar esos tres ingredientes. Más aún, buscará y se
aferrará precisamente a personas que le provean de ese tipo de
vinculación anómala, es decir, que lo humillen y lo hagan sufrir y a
las que, por tanto, podrá odiar libremente permitiéndole, así,
descargar vengativamente todos los rencores acumulados en la
infancia. En algunas personas predomina el aspecto "sádico"
(activo, agresivo), en otras el aspecto "masoquista" (pasivo,
víctima).
¿Cuál será el
resultado de todo esto? La persona afectada, aunque necesita
ansiosamente amor y sufre muchísimo porque no lo recibe de su pareja,
en realidad tampoco está en condiciones de disfrutarlo aunque sí lo
recibiera, y de hecho lo sabotearía hasta destruirlo si
así fuera, pues una parte de ella desea secretamente seguir
íntimamente sola, infeliz y continuar su guerra sin fin contra el amor
y el otro sexo. De ahí la proverbial desconfianza, agresividad,
inestabilidad y espíritu litigante de muchas de estas personas y,
contradictoriamente, su enorme dependencia emocional del amor que
mata. Allí donde otra persona rompería fácilmente con su enemigo,
estas personas pueden aferrarse a él durante años. Pues se trata, en
definitiva, de repetir lo aprendido en la infancia ("el amor consiste
en ser despreciado y agredido"), de seguir atrapado/a en el círculo
vicioso "te odio porque me maltratas pero tampoco quiero que me ames
pues desconfío del amor y no lo merezco" y de realizar el perpetuo y
ambivalente "quiero/no quiero ser amado/a". Y ¿quién mejor que un buen
enemigo para lograr todos estos fines? No es que no puedan romper con
él, es que no quieren.
Esta
ambivalencia extrema forma parte, por ejemplo, del trastorno límite de
personalidad (TLP).
También interviene en el conocido fenómeno de "enamorarse de la
persona equivocada", en los amores basados en las continuas broncas,
celos, etc ("nos peleamos porque nos queremos"), en muchos malos
tratos domésticos (de ambos sexos), en las relaciones inestables o
promiscuas, en las dificultades para hallar pareja, etc. La única
forma de superar todo esto, generalmente con ayuda de psicoterapias
psicodinámicas, es concienciar y liberar las enormes cantidades de
amor-odio inconscientes acumuladas desde la infancia, explorar cómo el
sujeto se aferra y a la vez sabotea el amor, y recuperar mediante un
aprendizaje gradual la confianza en el amor, la autoestima y el
derecho a la felicidad.
©
JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta
y Escritor |