|
El perdón
Nuestra
civilización, basada durante siglos en las ideas de "pecado" y
"perdón", sigue defendiendo la necesidad, o incluso la obligatoriedad,
de "perdonar" a nuestros ofensores. Oímos sin cesar "perdona y te
curarás", "sé bueno y perdona", "perdona y olvida", etc.
Sin embargo, ¿es tan fácil
perdonar, al margen de la buena intención con que lo pretendemos? ¿Qué
es realmente el perdón y cómo podemos perdonar sinceramente?
Para comprenderlo, debemos examinar su psicodinámica.
Cuando alguien nos daña, experimentamos dos cosas:
1) la rabia, o necesidad biológica de devolver el golpe; 2) la
humillación, o herida en nuestro orgullo o narcisismo. La
primera es relativamente breve y fácil de administrar; podemos
descargar la rabia, desviarla, disfrazarla o reprimirla completamente,
todo ello en función de nuestras circunstancias, miedos, sentimientos
de culpa, etc. La humillación, en cambio, que también genera rabia, ya
no podemos controlarla tan fácilmente porque depende enteramente de
nuestra madurez emocional. Cuanto más infantiles somos, más
grandes y duraderos suelen ser nuestros rencores, y más realimentan
éstos nuestros odios y deseos de venganza. Por supuesto, la cantidad
de ira y humillación también aumenta con la imposibilidad de descargar
tales emociones (por los motivos que sean), y con la magnitud del daño
recibido (hay ofensas tan graves que casi nadie podrá superarlas).
Pero, en este contexto emocional, ¿qué significa perdonar? Perdonar es
renunciar a nuestro deseo de devolver el daño. Por tanto,
si queremos perdonar de un modo genuino, es decir, sin
fingimientos conscientes o inconscientes, y dado que toda ofensa nos
produce rabia y humillación, sólo podremos perdonar de verdad
después de descargar dicha rabia por otras vías y reducir -por
maduración- nuestro narcisismo.
La descarga de la rabia es obligada pues ya sabemos
que ninguna emoción puede ser reprimida sin enfermar de inmediato. La
cuestión es, naturalmente, cómo la expresamos sin dañar a
nadie. La furia más terrible puede canalizarse, dosificarse,
ritualizarse, simbolizarse, incluso transformarse en objetos hermosos
-como, por ejemplo, chistes, pinturas o novelas-. Si, por miedos
psicológicos o morales, no nos atrevemos a hacerlo, tales odios se
transformarán en síntomas neuróticos y éstos no nos dejarán perdonar.
Pero la superación de nuestro narcisismo es, sin
duda, la parte más difícil y secreta del problema. Mientras, en
efecto, nuestro orgullo infantil sea excesivo, la rabia, por mucho que
la expresemos, canalicemos, etc., no cesará de manar por la herida
siempre abierta, y así jamás podremos perdonar. En cambio, si
superamos nuestro narcisismo creciendo emocionalmente, es
decir, aumentando nuestra conciencia de todo, descentralizando nuestra
visión, mejorando nuestra autoestima y autonomía, poniéndonos en el
lugar del otro, cultivando vínculos y afectos, curando nuestras
envidias, realizando nuestros deseos y objetivos, etc., entonces y
sólo entonces el rencor cesará y nuestro perdón será ya posible.
Llegados aquí, ya podemos comprender muchas trampas
ocultas del falso perdón. Por ejemplo, si decimos "yo perdono pero no
olvido", lo que afirmamos es: "sigo dolido y enfadado, pero disimulo
mi rabia por algún motivo". Si decimos "yo perdono a X porque "le
comprendo" o porque culparlo sería evitar mi responsabilidad de ser
feliz", lo que realmente sentimos es "como me siento culpable por mi
rabia, la reprimo con la excusa del perdón" (salvo cuando
efectivamente, después de expresar mi odio, sigo aferrándome a él para
no crecer). Si alguien nos sugiere "¡perdona para curar tu rencor!",
confunde evidentemente los efectos con sus causas, pues ya hemos visto
que el perdón es la consecuencia de la previa pacificación interior y
no al revés. Y cuando la moral social nos manda "¡debes perdonar para
ser bueno!", lo que veladamente nos ordena es "¡disimula y controla tu
ira por el orden social, o te castigaremos!"
El perdón auténtico es, en suma, un lujo exclusivo
de las personas maduras y desfogadas, no de las personas infantiles o
reprimidas. Perdonar desde el sentimiento de culpa o el afán de
controlar -por miedo o moralismo- las emociones supuestamente
"negativas" es sólo una farsa, un síntoma más de nuestra neurosis. El
perdón sincero, como los besos o las flores, surge espontáneamente
de nuestro corazón fuerte y seguro cuando éste, precisamente por
serlo, considera ya banal la afrenta del otro y por eso mismo puede
ignorarla de verdad y olvidarla para siempre.
©
JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor |