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ARTÍCULOS José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta y Escritor |
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El perdón
Nuestra civilización, basada durante siglos en las ideas de "pecado" y "perdón", sigue defendiendo la necesidad, o incluso la obligatoriedad, de "perdonar" a nuestros ofensores. Oímos sin cesar "perdona y te curarás", "sé bueno y perdona", "perdona y olvida", etc. Sin embargo, ¿es tan fácil perdonar, al margen de la buena intención con que lo pretendemos? ¿Qué es realmente el perdón y cómo podemos perdonar sinceramente? Para comprenderlo, debemos examinar su psicodinámica. Cuando alguien nos daña, experimentamos dos cosas: 1) rabia, o necesidad biológica de devolver el golpe; 2) humillación, o herida en nuestro orgullo o narcisismo. La primera es relativamente breve y fácil de administrar. Podemos descargarla, desviarla, disfrazarla o reprimirla completamente en función de su magnitud y de nuestras circunstancias (miedos, sentimientos de culpa, etc.). La humillación, en cambio, ya no podemos controlarla tan fácilmente, porque depende enteramente de nuestra madurez emocional. Cuanto más infantiles somos, más grandes y duraderos suelen ser nuestros rencores, y más realimentan éstos nuestros odios y deseos de venganza (1). ¿Qué significa, entonces, perdonar? Perdonar es renunciar a nuestro deseo de devolver el daño. Por tanto, si queremos perdonar de un modo genuino, es decir, sin fingimientos conscientes o inconscientes, necesitamos descargar nuestra ira de algún modo legítimo -es decir, sin hacer daño a nadie-, y reducir, por maduración, nuestro narcisismo. Lo primero, como hemos dicho, no es muy difícil porque hay muchos modos de canalizar, derivar e incluso transformar en objetos hermosos -como, por ejemplo, chistes, pinturas o novelas- la ira. Lo verdaderamente complejo es superar nuestro narcisismo. Mientras, en efecto, nuestro orgullo infantil sea excesivo, la rabia, por mucho que la expresemos, canalicemos, etc., no cesará de manar por la herida siempre abierta. Y así nunca podremos perdonar. En cambio, si crecemos emocionalmente; si descentralizamos nuestra visión; si, mejorando nuestra lucidez y nuestra autoestima, aprendemos a ponernos en el lugar del otro, a superar nuestras envidias, a realizar nuestros sueños, etc., entonces y sólo entonces el rencor cesará y nuestro perdón surgirá por sí mismo. Podemos entender, así, muchas trampas ocultas del falso perdón. Por ejemplo, si decimos "yo perdono pero no olvido", lo que realmente sentimos es: "sigo dolido y enfadado, pero lo disimulo". Si decimos "yo perdono a X porque le "comprendo", o porque debo "responsabilizarme" de mí mismo", lo que secretamente sentimos es: "reprimo mi ira por nobles ideales". Si alguien nos sugiere "debes perdonar para curar tu rencor", olvida que el perdón no es la causa, sino precisamente el efecto de una previa pacificación interior. Y cuando la moral social nos manda "¡debes perdonar para ser bueno!", lo que veladamente nos ordena es "¡controla tu ira por el orden social, o te castigaremos!" El perdón auténtico es, en suma, un lujo exclusivo de las personas maduras y desfogadas, no de las personas infantiles o reprimidas. Perdonar desde el sentimiento de culpa, o desde afanes moralistas o supuestamente "terapéuticos", es sólo una farsa, un síntoma más de nuestra neurosis. El perdón sincero, como los besos y las flores, surge espontáneamente de nuestro corazón cuando éste se siente fuerte y seguro. Pues sólo entonces considera banal la afrenta del otro y, por eso mismo, puede ignorarla de verdad y olvidarla para siempre. __ 1. La
magnitud de ira y humillación aumenta con la imposibilidad de
descargar tales emociones (por los motivos que sean), y también
con la gravedad del daño recibido (hay ofensas tan graves que casi
nadie podrá superarlas). ©
JOSÉ LUIS CANO GIL
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