|
Colaborar en casa
Laura
Gutman
Psicopedagoga
Las tareas del hogar, es decir,
esos pequeños actos cotidianos que nos procuran confort,
higiene, bienestar físico y orden en el entorno inmediato; han perdido
todo prestigio y valor social. Desde que las mujeres hemos logrado
circular en el mundo externo, todo lo referente a “la casa” quedó
desprovisto de visibilidad. Por lo tanto, pretendemos huir de ese
lugar inexistente. Quien queda atrapado, es simplemente porque no ha
logrado escaparse a tiempo.
Las mujeres cargamos con siglos de historia donde el encierro en el
hogar y la responsabilidad del funcionamiento confortable constituían
nuestra identidad. Vivíamos dentro de una cárcel emocional sin la
movilidad ni la autonomía que ofrecían el “estar afuera”. Es
comprensible que una vez que las mujeres hemos logrado cierto acceso a
la libertad respecto al dinero y a la sexualidad, el hogar como
terreno de obligaciones domésticas invisibles, sea vivido como un
lugar donde nuestra estima queda lastimada.
Sin embargo, todos necesitamos un mínimo de orden y confort para
satisfacer necesidades básicas de higiene y alimento. Alguien se tiene
que ocupar.
Lo interesante es que todas las tareas domésticas son sencillas y
hasta placenteras en sí mismas, pero el verdadero problema pasa por el
valor que les otorgamos. Para las mujeres, es obvio que están teñidas
de sometimiento y oscurantismo. Por lo tanto, raramente vamos a
vivirlas como liberadoras -aunque despojadas de interpretaciones
históricas- sean positivas y estén al servicio de las personas,
incluidas nosotras mismas.
También tenemos que admitir que los varones no terminan de asumir que
las tareas del hogar son dominio de todos nosotros y nos competen a
todos los adultos por igual.
Por lo tanto, desde el hastío y la sensación de injusticia,
transmitimos a nuestros hijos que las tareas del hogar son una
obligación nefasta y que ya no encontramos allí identidad ni beneficio
alguno. Frecuentemente “ordenar el cuarto” es una orden dirigida a los
niños como castigo. Raramente “ordenamos juntos como parte del juego
compartido”. Cuando pedimos colaboración a los niños, solemos estar ya
enfadas, cansadas, sin paciencia y pretendiendo que ellos se hagan
cargo de esa tarea “tan horrible” que nadie más quiere asumir.
También sucede que estamos ahondando la brecha entre “el
adentro” y “el afuera”.
“Afuera” las madres y los padres trabajamos. “Afuera” los niños
estudian y luego hacen múltiples actividades. En cambio “adentro” los
niños permanecen pasivos (miran televisión) y los padres también
estamos pasivos (miramos televisión). La actividad sucede afuera. La
pasividad sucede adentro.
Quiero decir que no hemos incluido la actividad hogareña como parte de
las relaciones inter-familiares. Tenemos la sensación que ser buenos
padres es hacer algo “para ellos”. Acompañarlos a sus actividades,
llevarlos de paseo, compartir viajes o vacaciones, ayudarlos con la
tarea de la escuela, regañarlos para que tomen su baño. En fin, todo
eso está muy bien y da cuenta de padres presentes que se ocupan de que
sus hijos crezcan saludables y desplieguen su inteligencia. Pero fuera
de eso, nadie siente ni cree que las tareas hogareñas pueden
convertirse en algo íntimo y sencillo que podemos compartir, que nos
atañe a todos por igual, que nos organiza y nos ayuda a madurar.
No es fácil ordenar los estantes, hacer las compras, llenar las
alacenas, barrer, lavar o planchar la ropa con los niños dando vueltas
alrededor, si creemos que esas tareas nos conducen nuevamente a
un pasado aterrador y si lo hacemos velozmente y con hastío tratando
en vano que los niños no nos molesten demasiado. Pero si pudiéramos
detenernos y pensar qué tareas hogareñas podemos hacer con los niños,
juntos, mientras conversamos o jugamos, veremos que algunas de ellas
–no todas- son posibles. Va a depender de la edad de los niños, por
supuesto. Y del tiempo que tengamos disponible, que ya sabemos, es muy
escaso.
Posiblemente sea útil empezar por el hecho de cocinar juntos. A
algunas mujeres nos gusta la cocina. No lavar la vajilla, claro. Pero
cocinar tiene ese costado creativo muy cercano a los sentidos. Hasta
un niño muy pequeño puede cortar algún alimento con sus manos, otros
pueden lavar unas verduras, otros aprender a encender el fuego con
cuidado. Hacer pasteles es algo que todo niño adora, sobre todo si es
el primero en comerlo cuando esté horneado. Y eso puede llevarlo a que
lave algunos utensilios utilizados, subido a una silla alta, aunque
desperdiciemos algo más de detergente que el necesario. Lo hará tan
maravillosamente bien, que lo nombraremos sub director de la cocina.
Luego, no siempre serán pasteles, algunas veces será la sopa, que por
primera vez será deliciosa para el niño si participó en su
elaboración.
Limpiar no es tan atractivo. Sin embargo en lugar de pretender ordenar
los juguetes de ellos, podemos tener ambos una escoba para el salón de
la casa y barrer juntos, mientras alabamos las dotes de gran limpiador
del niño en cuestión. Posiblemente quede tanto polvo como antes de
empezar, pero mientras tanto hemos estado juntos. Y todos nos
apropiamos de la casa como un lugar que nos invita a la actividad. Si
se trata del cuarto de ellos, cada tanto nos sentaremos con ellos a
ordenar, y a los pocos minutos van a descubrir algún juguete que no
habían visto en mucho tiempo, perdido entre tantos objetos. Muy bien,
que juegue. El niño sabe que estamos de todas maneras ordenando
juntos. No es lo mismo que mirar televisión mientras la madre ordena
sola y enfadada.
Es verdad que no será fácil sostener una colaboración permanente. Y
también tendremos que abordar los acuerdos que hayamos podido alcanzar
con el padre de los niños, si es que hay uno en casa. Básicamente, si
los adultos encontramos la manera de compartir el orden y la higiene
que necesitamos, será más sencillo incluir a los niños desde pequeños.
Cuando sean mayores, podrán tener alguna responsabilidad específica, y
será posible implementarlo si la colaboración en alguna tarea a favor
de todos estuvo siempre presente en la familia.
Las mujeres y los varones hemos dado vuelta unas cuantas páginas de la
historia. Ahora los acuerdos tácitos que perduraron durante
generaciones respecto al poder, a la mujer como sirvienta y al hombre
como amo, quedaron obsoletos. Sin embargo no estamos logrando aún
verdaderos acuerdos para cohabitar. Ahí también tenemos un desafío,
que puede suceder dentro de la invisibilidad del hogar, pero que es
fundamental para la evolución de las relaciones humanas.
Laura
Gutman
Psicopedagoga
www.lauragutman.com.ar
|