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Carencia de
maternaje y organización de dinámicas violentas
Laura
Gutman
Psicopedagoga
Personalmente creo que todas las formas de violencia, pasivas o
activas, concretas o sutiles, se generan a partir de la falta de
maternaje, es decir, a partir de la falta en la calidad de
atención, calidez, amor, brazos, altruismo, generosidad, paciencia,
comprensión, leche, cuerpo, mirada y sostén....recibidos –o no- desde
el nacimiento y durante toda la infancia.
Desde el punto de vista del bebé, toda experiencia sin suficiente
apoyo y sostén, es violenta. Porque actúa en detrimento de
las necesidades básicas.
Sencillamente, un bebé pequeñito llega al mundo sin ninguna autonomía.
Recién adquiere la capacidad de desplazarse por sus propios medios
alrededor de los nueves meses, gracias al gateo. Y necesita alrededor
de dos años para tener conciencia de su ser separado. Y luego
precisará varios años para que pueda salir solo a la selva urbana.
Necesita del adulto para sobrevivir. Por supuesto que requiere que
se le procure alimento, higiene, calma y silencio para dormir. También
sabemos que el niño necesita contención, calor, cercanía de
otro cuerpo, leche, mirada, palabras y sobre todo alguien que haga de
mediador entre él y el mundo externo. Si no recibe una calidad
de atención acorde con sus necesidades básicas, esa falta la vive como
violenta. Es la violencia del desamparo.
La
realidad es que la mayoría de los bebés llegan al mundo sin una mamá o
persona maternante capaces de sostener y fundirse en la inmensa
necesidad de ser sostenidos y acariciados en forma permanente. En la
actualidad, los bebes no reciben incondicionalmente lo que piden,
porque siempre hay un adulto cerca para no estar de acuerdo y
para tener una opinión al respecto.
Generalmente se trata de las
mismas madres amorosas que entramos en contradicción con nuestros
propios pensamientos. El asunto es que no es un período para pensar.
Es un período para entrar en fusión emocional. No hay
que buscar razones, ni elegir concienzudamente la mejor opción. No hay
reglas a seguir ni consejos aplicables. En estos casos los niños
quedan prisioneros de lógicas incomprensibles, alejados de los brazos
de sus madres y solos.
Los bebés unánimemente explican
una y otra vez a través de sus interminables y prístinos llantos,
dónde está su lugar. El bebé que no está en contacto con el cuerpo de
su madre, experimenta un inhóspito universo vacío que lo va alejando
de su anhelo de bienestar que traía consigo desde el período en que
vivía dentro del vientre amoroso de su madre. El bebé recién nacido no
está preparado para un salto a la nada: a una cuna sin movimiento, sin
olor, sin sonido, sin sensación de vida. Esta violenta separación
de la díada causa más sufrimientos de lo que podemos imaginar y
establece un sin sentido en el vínculo madre-niño. Cuando las
expectativas naturales que traía el pequeño son traicionadas, aparece
el desencanto, junto al miedo de ser nuevamente herido. Y después de
muchas experiencias similares, brota algo tan doloroso para el alma
como es el enojo, el miedo y la resignación.
Cuando ese ser tan pequeñito no
se siente valioso ni bienvenido, se convertirá necesariamente en un
ser humano sin confianza, sin espontaneidad y sin arraigo emocional.
Todos los bebés son valiosos, pero sólo pueden saberlo por el modo en
que son tratados. En los países “desarrollados”, las madres compramos
libros con indicaciones sobre cómo atender a nuestros hijos, sobre
cómo dejarlos llorar hasta que se duerman y cómo abandonarlos en el
vacío emocional sin siquiera tocarlos. Las madres jóvenes desconfiamos
de nuestra capacidad innata de criar a nuestros hijos, y desoímos los
“motivos” que tienen los bebés para transmitir señales que son
inconfundiblemente claras.
La noche en particular puede ser
terrorífica para los niños al no percibir ningún movimiento. El
“tiempo” aparece como un hecho doloroso y desgarrador si la madre no
acude, a diferencia de las vivencias dentro del útero donde toda
necesidad era satisfecha instantáneamente. Ahora la espera, duele.
De hecho, los niños lloran hasta dormirse. Al despertar, finalmente
encuentran confort en brazos de sus madres. Pero ya no confían, están
atentos y se aferran con vigor a los pechos calientes. Los muerden,
los lastiman. Tienen miedo. Y así, una y otra vez hasta que abandonan.
El miedo los acompañará siempre, incluso en esos momentos en que están
reconfortados. Porque saben que el silencio volverá en cualquier
momento a devorarlos. Nunca más dejarán de estar alertas. No cuentan
con nadie y el mundo es hostil.
Cuando nuestros hijos lloran o
reclaman “más de lo normal”, creemos que se han constituido en
enemigos que las madres debemos vencer. La idea básica alrededor de
esta moda estima que satisfacer las necesidades de un bebé o niño
pequeño los convierte en “malcriados”, aunque paradójicamente,
obtenemos una y otra vez el resultado opuesto al esperado. De hecho,
los bebés siguen siendo “demandantes”, se enferman, se accidentan y
nos traen muchos dolores de cabeza.
En la
medida que van creciendo, la
psique se organiza adquiriendo ciertos mecanismos de supervivencia,
para sufrir lo menos posible. Algunos de esos mecanismos son visibles,
como los niños que pegan
o muerden para sentirse valiosos; otros son invisibles, como los niños
que suelen ser víctimas de otros niños, o los que se deprimen o pasan
desapercibidos, o bien los que se enferman con demasiada frecuencia,
logrando de ese modo obtener la mirada y la atención que siempre
necesitaron.
En la medida que no estemos dispuestos a atender y satisfacer las
necesidades naturales y legítimas de los niños pequeños, estamos
induciendo a perpetuar las dinámicas violentas. Porque un niño
no satisfecho, es un niño que insistirá por diferentes medios
conquistar lo que necesitó genuinamente. Así crecerá, se convertirá en
adolescente, en joven y en adulto: como un ser necesitado.
Entonces golpeará a otros, robará, manipulará situaciones, se
convertirá en víctima de otros, luchará por obtener lo que creerá
imprescindible para su supervivencia emocional. Aunque habrá olvidado
lo que siempre quiso pero no podrá conseguir, por más fuerte y
poderoso que devenga: no podrá obtener más mamá.
Todas las formas de violencia que tanto nos preocupan, tienen un común
denominador: la necesidad primaria no satisfecha. Cuando algo
vital para la supervivencia emocional, no lo podemos incorporar, nos
desesperamos. Y la desesperación por vivir, nos obliga a buscar modos
de apropiarnos de lo que sea. Puede ser el deseo del otro, el cuerpo
del otro, el prestigio del otro, o lo que sea que la conciencia
perciba como alimento espiritual.
Por eso, si reconocemos nuestras propias limitaciones afectivas,
nuestras incapacidades para reconocer el deseo del niño que es
diferente al nuestro (y justamente por eso no lo toleramos);
veremos que la dedicación, el altruismo y el tiempo de dedicación
exclusiva hacia los niños pequeños, constituye la verdadera prevención
contra todo tipo de violencias.
Los niños sostenidos, acariciados y respetados están en paz consigo
mismos. No necesitan luchar por un territorio emocional, porque les
sobra. No hay guerra interna o externa para librar. No les incumben
las peleas. Los
niños amparados y fusionados saben que obtendrán lo que
necesitan. Esa es la experiencia cotidiana que repiten a cada
instante y que conforman una rutina sin sobresaltos. Así se establece
la seguridad interior y posiblemente ya no se mueva nunca más
de las entrañas de esos seres. Sentirse seguros, amados, tenidos en
cuenta, estables y con total confianza en ellos mismos y en los
demás...será obviamente el tesoro más preciado para el despliegue de
sus vidas.
Laura
Gutman
Psicopedagoga
www.lauragutman.com.ar
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