|
Ni contigo,
ni sin ti
Olga Pujadas
Últimamente
oigo con mucha frecuencia cómo algunas mujeres hacen comentarios
agresivos sobre los hombres:
"él hará lo que yo le
diga"...
"lo tengo bien enseñado, ya sabe lo que tiene que regalarme..."
"me da lo mismo si le gusta o no, vendrá y punto"...
"yo me voy con mis amigas, ése es de lo más aburrido"...
"un día de estos lo dejo solo en casa y que se apañe..."
"que quieres, es sólo un hombre..."
"a mí, para tirármelo, me sirve cualquiera..."
No dudo que
comentarios del mismo calibre se dan también entre muchos hombres.
Prueba de ello son los agresivos chistes sexistas que tanto nos
divierten a los unos y las otras, en cualquier noche de juerga. Ahora,
en plena "liberación femenina" nosotras no nos callamos, y por
narcisismo, imitación o resentimiento, muchas mujeres juegan con
verdadera afición al juego de: "o me das lo que te pido o vas a sudar
sangre". La guerra está garantizada.
Nada nos
impide vivir solos, o con algún amigo, y relacionarnos sólo
físicamente con personas del otro sexo (o del mismo). Pero la mayoría
de nosotros nos empeñamos en convivir, en imaginar un amor que nos
salvará de inconscientes dolores, en querer que nuestra vida sea tan
"bonita" como la de las películas. En tener una pareja estable.
Los hombres
son tontos, los hombres son débiles, los hombres son unos cerdos, unos
críos... pero no podemos vivir sin ellos; y ellos sin nosotras. Y una
vez descubierto el secreto, que el "happy end" no existe, o se separan
o se produce una especie de acuerdo tácito, de negocio entre parejas
asqueadas, en las que se aprovechan las ventajas socioeconómicas y
sexuales que proporciona una relación muerta.
Desde mi
punto de vista, el mundo es un gran hospicio. Salvo afortunadas
excepciones, todos hemos sufrido importantes carencias afectivas en
nuestra infancia. Por eso, hombres y mujeres buscamos un sueño, una
fantasía que alivie ese malestar que no nos deja vivir y que suponemos
se curará cuando encontremos el "amor de nuestra vida". Es más barato
y más placentero enamorarse que hacer un psicoanálisis que nos ayude a
madurar.
Pero lo
curioso es que nos emparejamos con personas muy parecidas a las que no
supieron querernos; por eso, en lugar de reparar el mal, lo repetimos
una y otra vez, sin entender en qué espantoso maleficio hemos caído.
Somos como los pollitos que creen que el granjero es la gallina, lo
siguen por todas partes y acaban en la cazuela.
La relación
entre dos huérfanos reclamando amor es un verdadero infierno. Nos
enamoramos y una tremenda esperanza nos invade. Imaginamos en esa
persona todas y cada una de las cualidades que necesitamos para que
nuestra vida funcione. El problema empieza cuando, acabada la euforia
inicial, vemos la realidad: ¡todo era mentira!
Pero somos
niños y no sabemos de autocrítica. Creemos que el otro nos ha
engañado, y entonces, rabiosos y decepcionados, nos empeñamos en
cambiarlo, en que se adapte a lo que YO necesito: si yo quiero pasear
él tiene que acompañarme, si yo quiero tirarme en parapente ella tiene
que venir conmigo, si yo quiero un crucero él me lo tiene que regalar,
si yo quiero que vengan mis amigos del equipo de rugby a casa ella
tiene que cocinar para todos, si yo quiero tener un hijo, él tiene que
aceptar... si es que me quiere...
En el día a
día de una pareja hay cientos, miles de motivos para pelear, para
torturarnos mutuamente. Desde el tipo de comida que hacemos, cómo
dejamos la tapa del WC, pasando por los conflictos con las respectivas
familias, los hijos, el dinero, las enfermedades, los trabajos, etc...
Y cuanto más necesitemos dominar, ganar, que el otro nos complazca,
peor será nuestra historia...
La
convivencia es complicada. Hace falta sinceridad, diálogo, paciencia,
generosidad, disfrutar de la compañía del otro, pero también querer
estar solo. Saber dar pero también recibir. Hace falta no verlo como
un consuelo, como un esclavo de nuestra desesperación, como un objeto
de usar y tirar. Hace falta apreciarlo, saberlo distinto, valioso. Ser
conscientes de lo que nos gusta de él y lo que a él le gusta de
nosotros. Hace falta saber por qué estamos con esa persona y por qué
nos resultaría difícil encontrar otra mejor. Hace falta, en fin, saber
quiénes somos y lo que queremos. Qué difícil, ¿verdad?
Y para
terminar, una oración gestáltica que expresa maravillosamente lo que
me gustaría haber dicho:
Yo hago
lo mío y tú haces lo tuyo.
No estoy en este mundo para llenar tus expectativas.
Y tu no estás en este mundo para llenar las mias.
Tú eres tu y yo soy yo.
Y si por casualidad nos encontramos, es hermoso.
Si no, no puede remediarse.
Fritz Perls
Olga Pujadas
*
|