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Hambre de
amor
Olga Pujadas
Ésta es una escena real. Son una madre y un hijo que viajan a las
8 de la mañana en un tren. La mujer mira en todas direcciones, a
un lado, al otro, al suelo, al techo, pero nunca a su hijo. Él,
sentado en el cochecito, intenta llamar su atención: le agarra el
pantalón, se revuelve, da grititos, busca su rostro. Ella,
ausente, no le hace ningún caso. El bebé arrecia en sus
protestas, hasta que, desesperado, tira la galleta que estaba
comiendo. Y entonces ¡oh milagro! consigue la atención de su
madre:
- ¡Mira que te portas mal, mira que
eres malo! -le dice furiosa, mientras le limpia agresivamente las
babas y le recoloca el suéter de muy mala gana...
***
Si esta escena es indicativa de la vida del niño, no es muy difícil
adivinar su desesperación, su hambre de amor.
La necesidad de que le atiendan, de
que le hagan caso y de que le traten mal, será una constante en su
vida, porque es el único amor que ha conocido. Será una persona que
asociará amor con conflicto, y por lo tanto se las ingeniará para
provocarlo siempre.
Sin embargo, la psicología actual
obvia la infancia de sus pacientes (muchos son los que ignoran e
incluso se burlan del psicoanálisis) y les "culpan" de sus síntomas:
es un chaval inconstante, agresivo, que no respeta a nadie,
insoportable... La desesperación de un ser humano no sólo no es
reconocida, sino que es tratada como una enfermedad molesta incluso
para aquellos que de un modo u otro la han propiciado. De nuevo, el
chico del tren encontrará motivos para sufrir.
Pero lamentablemente preguntarse
porqué no está de moda. Creemos que podemos solucionarlo todo sin
conocer su origen, que con pastillas y pautas tenemos suficiente. La
psicología se ha convertido en el arte de la domesticación. Hacer
libres y felices a las personas ya no es su misión, sólo es importante
la adaptación a unas normas sociales cada vez más exigentes. Tests,
ejercicios, listas, habilidades y herramientas, han sustituido a la
confianza, a lo que de confesionario tenían las consultas de los
psicólogos. Los descubrimientos de Freud, Klein o Fromm han perdido
importancia porque no son "científicos" ni rentables. Conocer a los
seres humanos no aporta beneficios a la industria farmacéutica.
Ninguna dolencia mental surge sin
dolor. Hay autores, los denominados antipsiquiátricos como Thomas
Szasz, que afirman que la enfermedad mental no existe, que es
simplemente la adaptación a una circunstancia vital extrema. Todos
somos, por lo tanto, "enfermos mentales" en potencia. Esta visión
humanista y desmitificadora no es fácil de hallar y en mi opinión es
básica para tranquilizar a quien acude a una consulta. Todos los que
hemos hecho terapia sabemos la angustia que producen las etiquetas:
soy un ansioso, soy un TLP, soy un obsesivo, soy... un desastre de
persona que produce molestias a los demás, y tengo que curarme lo más
rápido posible para ser aceptado, querido, para ser, de una vez
por todas, NORMAL...
Aquellos que pretenden curarnos
tienden a añadir angustia y soledad a nuestra vida.
El niño del tren lo que necesita
es que alguien le comprenda, que alguien la acoja, que alguien le
tienda una mano para seguir adelante, sin censuras, sin moral, sin
reproches, alguien que le haga entender por qué fracasa en sus
estudios, en sus trabajos, en el amor, alguien que le quiera a pesar
de sus síntomas, de su agresividad, de su visión conflictiva del
mundo.
Alguien que sustituya de algún modo a
esa madre que no supo hacerlo mejor en su momento.
Es lo único que le ayudará a ser
feliz.
Olga Pujadas
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