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El arte y lo inconsciente Olga Pujadas
Los surrealistas lo aplicaron de un modo absoluto, pero no fueron sus descubridores. Mucho antes, Goya plasmó en sus cuadros su visión tenebrista de la vida y Van Gogh se perdió en su tormentosa visión multicolor. Todos y cada uno de nosotros, cuando nos expresamos con naturalidad a través de la pintura, la música o la literatura, lo hacemos desde nuestro inconsciente. Todo nos refleja. Nuestra manera de vestir, nuestra casa, nuestros amigos, nuestras aficiones, nuestro peculiar modo de hablar; todo son elecciones, creaciones y, por tanto, parte de nuestro peculiar universo no consciente. Uno no se levanta por la mañana y dice: "Voy a decorar mi casa de modo que parezca la de un intelectual". Los motivos de nuestras verdaderas elecciones son desconocidos. ¿Por qué ponemos las cortinas azules y no amarillas? ¿Por qué decidimos escribir y no pintar? ¿Por qué utilizamos esos colores y no otros en nuestros cuadros? ¿Por qué nos llevamos tan bien con esa persona y detestamos a aquélla? No lo sabemos. Simplemente, vamos por la vida expresándonos, pero no solemos pensar -salvo a través de algún psicoanálisis- en los motivos. Aunque éstos, en realidad, no importan. Importan los deseos, y satisfacerlos. Todo esto, sin embargo, no siempre es así. En demasiadas ocasiones podemos ver obras en las que el artista no se ha expresado. La obra está hecha de una manera totalmente consciente, deliberada, esteticista. Utiliza los elementos que tiene a su alcance para conseguir un efecto estudiado: "en este cuadro quiero expresar paz y tranquilidad -piensa y repite en sus entrevistas el supuesto autor-; utilizaré principalmente azules sobre fondo blanco y además colocaré en medio la figura de un diminuto hombre desnudo para simbolizar la insignificancia del ser humano frente a la grandeza del Universo...". En ningún momento se deja llevar, ni se olvida de sí mismo, ni deja que sus manos, su mente o su corazón trabajen por sí solos. No vomita su interior. No pierde jamás el control. Sólo está pendiente del resultado que quiere obtener y de los materiales que usará para ello.
Pero su fraude se nota. Esta persona puede crear algo bello, pero frío; hermoso, pero muerto. El artista que realmente crea obtiene, en cambio, algo no tan perfecto, quizá no tan de acorde con las modas, pero vivo. Porque el genuino Arte surge del inconsciente espontáneo. Y el verdadero artista se comunica a través de su obra. El inconsciente del autor envía, en efecto, sin pretenderlo, sin saberlo, un mensaje al inconsciente del espectador. Es un mudo y fascinante diálogo entre inconscientes. Es entonces cuando se produce una respuesta viva: eso que miramos, leemos u oímos nos gusta, nos estremece, nos conmueve, nos enoja, nos repele. El lenguaje entre inconscientes no entiende de medias tintas, de intenciones previas, de explicaciones esteticistas, de erudiciones sobre la técnica. Es primitivo, es mágico, es lo que nos gusta o no nos gusta... y basta. Cuando alguien crea de verdad, su tiempo se detiene, el universo desaparece, sólo existe él y su obra. El autor y la obra son una misma cosa. El verdadero Arte es una necesidad vital, no una mera afición o un juego; es una verdadera psicoterapia. Nadie absolutamente feliz se encerraría durantes horas, meses e incluso años para escribir, pintar o componer. Preferiría, sin duda, vivir. Por eso, el Arte es el medio que emplean algunas personas para mantenerse vivas y sanas, es su medicina, su salvación, y no pueden prescindir de él. El Arte es también su regalo, pues nos permite conocer su mundo íntimo, que es en buena parte el de todos nosotros, y compartir con los demás lo que de otro modo no podríamos. A través de la sublimación de sus conflictos, el verdadero artista nos regala, pues, no sólo belleza, sino también emociones, comprensión, luz, amor. Y es que sólo el diálogo de los inconscientes es lo verdaderamente artístico
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