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Un crimen
perfecto
Jean Sarkissoff
El amor que
la madre da a su lactante es primordial.
La mujer es diferente del hombre en su cuerpo, pero también en su
espíritu; en su manera de percibir, de sentir, de reaccionar. Más
intuitiva, menos sumisa a lo racional, está predestinada a entender a
su hijo. No es casual que resulte tan sensible a las caricias, que son
también las primeras "palabras" de amor de la madre a su hijo.
En la edad del bebé (durante el primer año) en que su afectividad es
más rica, más profunda y más vulnerable, su madre percibe todas sus
sutilezas. Para ella, es un juego entrar con su hijo en un diálogo
corporal e intuitivo, preverbal.
Cada deseo, cada emoción, cada sentimiento, cada pensamiento del hijo
llegan a su madre; y el niño recibe una respuesta y envía a su madre
un nuevo tren de estímulos. Así la díada madre-hijo se baña en un
mundo de intercomunicación, de reciprocidad, de amor fusional, dentro
del cual se construye la personalidad del niño.
Antes de la aparición de lo racional, antes de que el padre juegue
plenamente su rol, la madre ya crea los fundamentos inamovibles de
la personalidad de su hijo. Si el niño se ríe con su madre,
conocerá la felicidad y la alegría de vivir. Si juega con su madre,
sabrá hacer de su vida un juego. Si con su madre también llora, no
temerá las lágrimas ni el amor. Nada en la vida del niño podrá romper
este lazo capital. ¿Es "papá" a quien llaman los moribundos? ¡No! Es a
"mamá" a quien invocan en su último suspiro.
En el mundo sutil de nuestro inconsciente, nos encontramos atados a
ella desde la concepción hasta la muerte.
Así que,
desde la concepción, la madre buena y empática comunica a su hijo el
mensaje no verbal: "soy feliz de que estés aquí". El campo de
comunicación madre-hijo armoniza la energía del niño y teje la imagen
que éste tendrá de sí mismo. Su orgullo de existir es el reflejo
del amor de su madre.
Pero la madre
desprovista de empatía y de presencia destroza a su hijo. Su
mensaje, también no verbal, le condena: "no comprendo nada de tu ser".
Según la madre lo haya deseado o rechazado, así el niño llevará en
secreto la convicción de su valor eminente o de su indignidad.
Sentirá "¡estoy haciendo feliz a mamá, soy alguien muy bueno!", con lo
que se querrá a sí mismo y esperará sólo amor. O bien se tomará por un
desgraciado, indigno para los hombres e incluso para el mismo Dios.
Cuando una madre rechaza ocultamente a su hijo, aunque se
esfuerza en negarlo y esconde su odio dentro de sí, su hijo lo capta.
Cuando ella desea silenciosamente que él desaparezca, él lo sabe. Las
intenciones más secretas de su madre son evidentes para él, destrozan
la imagen de sí mismo que está intentando construir, pues lee como
en un libro abierto en el inconsciente de su madre.
La autoimagen de estos niños está herida o aniquilada. Siendo adultos,
se buscan a sí mismos, en vano. A veces se les pone la etiqueta de
"esquizofrénicos"; pueblan nuestros asilos, nuestras prisiones,
nuestros centros de desintoxicación. Son una multitud.
Así
descubrimos en los problemas mentales un nuevo "culpable". No es algo
que agreda al cuerpo del niño, pero sí mutila su espíritu, que
en ese momento, tan pequeño y sin defensa, está aún totalmente
receptivo y en formación. Este traumatismo invisible nos afecta a
todos. Es un culpable que sigue aún en libertad y continúa causando
estragos. Es el mejor protegido de todos los criminales. Su crimen es
insidioso, silencioso e inconsciente. Para colmo, está camuflado por
la amnesia de sus propios autores: ¡ningún padre, ninguna madre
cree en su propia culpabilidad!
Es un crimen perfecto.
Jean Sarkissoff,
psiquiatra y psicoanalista
"Cuerpo y psicoanálisis", Ed. Desclée de Brouwer, 1998,
Bilbao
pp.32-33, 116-117 (adaptación libre
para internet) |