Amar es cuidar

Una excelente forma de saber si nuestra relación con otra persona, nuestro vínculo con ella es realmente amoroso, es evaluar nuestra capacidad de cuidarla. No solamente respetarla. No solamente apreciarla, confiar en ella, admirarla. También ser capaces de satisfacer sus necesidades y demandas (p. ej., de empatía, de amistad, de cariño, de tiempo compartido, de consejo y apoyo, de cuidados prácticos...). Amar implica cuidar. Lo que no significa, por otra parte, que cuidar sea siempre amoroso. También podemos cuidar desde el interés, el deber, la culpa...

Un adolescente ama su moto y la cuida y pule sin descanso. Un jardinero ama su jardín y lo protege de plagas y malas hierbas. Una buena madre ama a su hijo y le ofrece de corazón lo mejor de sí misma... ¿Mostramos nosotros las mismas atenciones hacia las personas que decimos que amamos?

No se trata de esforzarnos por "hacer felices" a los demás. No se trata de agobiarlos, sobreprotegerlos o hacerlos depender de nosotros. Se trata simplemente de permanecer disponibles, atentos a lo que ellos -con palabras o sin palabras- puedan necesitar... y estar en condiciones de ofrecérselo, naturalmente. Nada más.

Pero no es fácil. De hecho, es muy difícil. Para lograrlo necesitamos haber superado mínimamente nuestra neurosis. Necesitamos hallarnos libres de egocentrismos infantiles, de miedos al ser humano, a la vida, al propio compromiso de amar. Necesitamos madurez psicológica.

Y también, por supuesto, que la otra persona se atreva a aceptar nuestro amor. Se sienta merecedora de él. Sepa hallar en nosotros lo que precisamente necesita para ser cada día más adulta y feliz.

 
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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright