Los secretos de la víctima

El maltrato entre adultos

En las relaciones íntimas entre adultos (es decir, básicamente familiares o de pareja), a menudo vemos supuestas "víctimas" y "victimarios", maltratadores y maltratados, etc. Pero, si lo miramos mejor; si observamos no sólo las conductas sino, sobre todo, las psicodinámicas subyacentes, descubrimos enseguida otras cosas. Observamos, por ejemplo, relaciones entre personas agresoras y personas que se dejan agredir. Ofensores y dependientes/inseguros. Violentos y pasivo-agresivos. Psicópatas y "masoquistas"... Etcétera. O sea, vemos interdependencias, simbiosis tóxicas entre neuróticos complementarios. Por eso suelen durar tanto.

En las relaciones entre neuróticos adultos, ambas partes tienen sus propios motivos conscientes e inconscientes para ejercer su rol de "victimizador" o "victimizado". Por ello, pese a la simpatía social que despiertan los segundos, no es fácil determinar cuándo una víctima lo es realmente. Por ejemplo, el dolor que sufre no es un criterio fiable, pues muchas víctimas se identifican -y aferran- patológicamente a él, o lo utilizan victimistamente, o prefieren el dolor del odio al del vacío, etc., por lo que nunca se "inmunizan" contra él ni, mucho menos, se alejan del supuesto problema. Tampoco el miedo es un criterio seguro, pues a menudo no es tanto consecuencia del maltrato actual (que a veces es mínimo) cuanto de su personalidad previamente dañada. Y tampoco lo es la ira, que suele reducirse a desfogues superficiales y pasajeros, sin cambio alguno en las actitudes y elecciones. Ni la impotencia a causa de supuestas "ataduras" externas (p. ej., el cuidado de los niños, los padres mayores, problemas económicos,  etc.), ya que con frecuencia ni siquiera se intenta paliarlas o solucionarlas. Etcétera. Es difícil, pues, considerar "víctima" real a quien, durante años y pese a sus muy llamativas quejas conscientes, se resiste con todas sus fuerzas inconscientes a ponerse a salvo.

Otra cosa es cuando existen circunstancias objetivas extremas -incluso criminales- que aterran y ponen en peligro al ofendido (p. ej., amenazas de violencia, muerte o suicidio del agresor, secuestro, chantaje, ruina económica, aislamiento, falta absoluta de apoyos, etc.), en cuyo caso sí estamos seguros de que, por su indefensión absoluta, la víctima es real y requiere protección inmediata (psicológica, social y/o legal). Exactamente como los niños, que, por su total dependencia y desvalimiento, también son víctimas absolutas. Pero en los demás casos, las cosas parecen funcionar de otras maneras. 

Como hemos dicho, la falsa víctima adulta obedece a una psicodinámica íntima, constituye un rol, un síntoma neurótico de determinadas simbiosis de amor-odio. Estas relaciones consisten básicamente en guerras de poder donde cada parte ejerce, en distintas formas y grados, su fuerza contra la otra parte. Los "fuertes" en ciertos aspectos son "débiles" en otros, y viceversa; por mucho que los segundos, vistos desde fuera, parezcan "indefensos" frente a los primeros. Pero la lucha, por encima o por debajo de la consciencia, es mutua y encarnizada (p. ej., uno insulta, otro golpea; uno humilla, otro traiciona; uno lo hace en público, otro en privado; etc.). Y naturalmente, como buenos neuróticos, ninguna de las partes reconoce nunca las hondas raíces de su apego a la lucha, sino que culpa de todo a la otra parte. Por último, dado el amor-odio de estas interdependencias, la fracción "amor" impide a ambos bandos romper su acuerdo disfuncional, a pesar de la fracción "odio" y el alto precio de sus desagradables consecuencias (dolor, miedo, ira, culpa, confusión, soledad, violencia...).

La falsa víctima, al igual que el falso victimario, no es, en resumen, un "problema", sino una forma de ser y relacionarse. Un rasgo de personalidad muy contradictorio que el sujeto va repitiendo, con distintas personas y a veces de distintas formas, a través del tiempo. Un intento fallido de aliviar el vacío interior. Dicho intento resulta de hondas carencias afectivas; del pésimo o nulo aprendizaje del amor en la infancia; de las creencias de que el amor "es esto"; del hecho de que muchas personas sólo saben relacionarse en términos de dominio o sometimiento; de las castraciones y deformaciones de la personalidad; de los traumas infantiles; del puro hábito y normalización del conflicto y el sufrimiento; del no sentirse merecedores de nada mejor, etc. La paradoja de la falsa victima es que, en el fondo, sí es auténtica; pero no, como ella y la sociedad piensan, de los agresores actuales (sean la madre, el padre, un hermano, la pareja, un jefe, quien sea), sino de la familia tóxica introyectada en su corazón. Es ésta a quien realmente obedece la víctima, y por ello sigue sintiéndose y comportándose indefinidamente como un niño sin fuerzas.

Todos los terapeutas sabemos que estas introyecciones pseudovictimizantes actúan como los frenos de mano de los vehículos: bloquean los procesos de crecimiento de las personas. Estos frenos se componen, por ejemplo, de apegos y terrores infantiles, autoimágenes muy negativas, personalidades muy reprimidas o vacías, narcisismos controladores ("vencer al odiador"), narcisismos salvadores (comprar su amor), narcisismos identitarios ("ser al menos un gran sufridor"), graves sentimientos de culpa, intereses prácticos o económicos, ideas morales o religiosas, etc. Por eso, cuando el neurótico descubre y desbloquea estos procesos, recupera todo su poder y libertad. Y su necesidad autovictimizadora desaparece.

Porque los pájaros que saben volar se alejan de los felinos.

 
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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  Barcelona   •  © Copyright