¿Por qué se enfadan las mujeres?

El trauma de la madre fallida

Parece que muchas mujeres, en público y sobre todo en privado, son fácilmente irascibles, se muestran con frecuencia hostiles o agresivas, a veces violentas. (Algunos ingenuos lo llaman "carácter"). Pese a todos los feminismos, libertades y ventajas de las que hoy disfrutan (al menos en Europa), siguen pareciendo infelices, amargadas. Como si hubiese algo profundamente irresuelto en ellas. ¿Qué podría ser?

La mayoría de estas mujeres, manipuladas políticamente, suelen atribuir su malestar a las "condiciones socioeconómicas", el "patriarcado", los "hombres", las "injusticias" que siguen sufriendo, etc., lo que es cierto a veces. Pero muchas mujeres, en similares circunstancias, no reaccionan igual; o, aunque carezcan de problemas especiales o sean privilegiadas en la escala social, también son agresivas y desdichadas. Así que hay que buscar pistas en otras direcciones. Quizá no tanto por encima o alrededor de las mujeres, sino dentro de ellas mismas. Es decir, allí donde casi nadie suele mirar.

Para empezar, la mayoría de mujeres -como la mayoría de hombres- son hijas de madres sin amor. También, por supuesto, de padres (varones) abusivos o ineptos. Esas madres parecen socialmente "cariñosas", "cuidadoras", "amigas", "espejos" para sus hijas, pero, observándolas de cerca, descubrimos que son esencialmente egocéntricas, emocionalmente "fraudulentas". Tratan a sus niñas de formas extremadamente posesivas, absorbentes, dominantes, desdeñosas, violentas, etc.; no como a personas con sus propias necesidades psicoafectivas, sino como a muñecas-objeto al servicio exclusivo de las necesidades de mamá. O aprisionan a sus hijas en asfixiantes simbiosis que las anula casi por completo. Etcétera.

El corazón de estas hijas va llenándose, así, de amor-odio, de resentimientos, de rabia contra esas madres fundamentalmente yermas y, por tanto, nocivas; aunque jamás lo reconocerán porque el dolor de hacerlo sería insoportable. (Recordemos que la madre sin amor supone para la mujer un doble trauma, una doble traición: como fuente de amor y validación, y como modelo de identidad femenina. Por eso, cuestionar a la madre significa para la hija, entre otras cosas, cuestionarse a sí misma). Por todo esto, a su tiempo, estas mujeres, sintiéndose hondamente vacías, buscarán su añorado amor, aunque también su objeto de "venganza" (de descarga), en sus parejas y, sobre todo, en sus hijos/as. "Si mamá no me amó, mis hijos lo harán". Y el frustrante descubrimiento de que las cosas no funcionan así, que ni la pareja ni los hijos pueden salvar a nadie, las hará sentirse aún más desesperadas.

La mayoría intentará escapar de su soledad a través de un narcisismo victimista, dominante y manipulador (a menudo centrado en el cuerpo, la seducción y/o la maternidad), no muy distinto del egocentrismo tóxico de sus madres. Otras lo harán a través de la hiperactividad, el consumo, los viajes, la política, el arte, los negocios. O sucumbirán a conductas inadaptadas y neuróticas (adicciones, depresiones, trastornos de personalidad...). Etcétera. Todas ellas, culpando al mundo exterior de su dolor interno, huyendo de sí mismas.

Debido a la madre fallida, estas mujeres no pueden confiar en las personas, no pueden abrir su corazón y vincularse realmente, no logran sentirse amadas ni amar. Por ello sustituyen el amor por el dominio; y, llenas de miedos y envidias, refugiadas en su narcisismo protector,  no disfrutan realmente de la vida (la amistad, la profesión, los hijos, la pareja, el sexo, la creatividad, la naturaleza, etc.). Sólo tienden a callar y a fingir; a comportarse como se espera de ellas; a actuar "como si" genuinamente sintieran o desearan las cosas. En estas condiciones, nada puede llenarlas. Nada puede satisfacerlas. Y para colmo deben cargar, como todo el mundo, con las interminables obligaciones cotidianas: trabajo, familia, problemas económicos, problemas de pareja, a veces enfermedades, etc. 

Otro efecto de todo lo anterior es que estas mujeres no encuentran motivos para inhibir la furia de sus frustraciones. Por eso "pierden los nervios" con facilidad, agreden, mandan, reprochan, sermonean, humillan sin dificultades a sus hijos, su pareja, algunos familiares o amistades, etc., descargándose de este modo sin grandes sentimientos de culpa. Porque saben, por otro lado, que sus chivos expiatorios se lo "consienten" casi todo, no tienen más remedio que soportarlo, dadas las relaciones de dependencia (maternal, afectiva, sexual, etc.) que establecen con ellos. Los cuales, confiriendo a estas mujeres cada vez más poder, favorecen que éstas acaben comportándose como tiránicas niñas mimadas.

Por todo esto, en suma, creo yo que muchas mujeres sufren tanto y se sienten permanentemente frustradas, malhumoradas, rabiosas. Por eso parecen incomprensibles, inconsolables, intratables; y se aferran a sus quejas y victimismos; y explotan egocéntricamente a los demás (principalmente a sus hijos). Por eso, en fin, muchas de ellas se vuelven "adictas" (como tantos hombres) a sí mismas, a su propio narcisismo, contribuyendo así a la transmisión del sufrimiento humano... Salvo las mujeres que, explorando su corazón contra todos los autoengaños, se atreven a destapar su verdad. El tabú psicológico y social más insoportable de la vida. El secreto final de su desolación: el desamor de la madre fallida.

 
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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  Barcelona   •  © Copyright