El padre patológico

La mayoría de mis artículos enfatizan el papel de la madre en la génesis de los trastornos psicológicos. Sin embargo, muchas de mis terapias se centran en los maltratos sufridos por parte de un padre (varón) claramente patógeno y destructivo. ¿A qué se debe esta contradicción? ¿Por qué no he escrito más explícita y frecuentemente sobre los hombres dañinos? Supongo que por dos razones principales. La primera es que, en muchas terapias, la figura del padre es sólo la "primera línea de batalla", contra la que el paciente se ceba con razón, aunque también le sirve de parapeto frente a lo que más teme un ser humano: cuestionar a mamá. La segunda razón es que, en estos tiempos de fanatismo de género, cuestionar en público (aunque no en privado con mis pacientes) al varón me ha parecido durante años arrojar más leña al fuego, cosa que detesto. Pero hoy, en fin, me animo a ser algo más explícito en este feo asunto.

Hay ciertamente infinidad de varones dañinos. Como todos los terapeutas, he visto, por ejemplo, a muchas víctimas de hombres neuróticos, violentos, autoritarios, sin amor, negligentes, ausentes, etc., con todas sus conductas destructivas (y a menudo delictivas): gritos, palizas, amenazas, castigos, abusos sexuales, humillaciones, tiranía, frialdad, abandono... Todo ello, naturalmente, en distintos grados y frecuencias, pero durante muchos años, con graves daños para el hijo/a. Y con el añadido, además, de culpar después a éste/a por las inevitables secuelas (problemas escolares, trastornos psicológicos de todo tipo, adicciones, inadaptación social, ruptura con la familia, etc.).

¿De dónde salen estos hombres patógenos? Obviamente, del mismo lugar que las mujeres patógenas: de sus propias familias. Todos ellos/as, sin excepción, personas desamadas y violentadas en grado extremo, muchas veces en tiempos y circunstancias de nula empatía pedagógica (guerra, posguerra, orfanatos, hambre, marginación social, familias numerosas, etc.). Aún recuerdo la primera vez que un paciente me relató cómo su padre había sido frecuentemente azotado por el suyo "con el cinturón, por el lado de la hebilla, hasta extenuarse". Una barbarie, en fin, procedente del fondo de los siglos, que trágicamente -aunque quizá, por fortuna, cada vez menos gravemente- se transmite de generación en generación.

Lo anterior no debe hacernos olvidar dos cosas importantísimas:

1. Que todos los maltratos masculinos o femeninos sobre los hijos sólo son posibles con la connivencia de la otra parte, que los conoce, presencia, consiente, comparte o incluso azuza, ya sea por sintonía neurótica o por miedo. Pues la mayoría de maltratos familiares surgen de una misma alianza consciente o inconsciente entre papá y mamá, dos personas igualmente dañadas. De otro modo, cualquiera de las partes, por amor a sus hijos (y a sí mismo/a), pediría ayuda, denunciaría los hechos o exigiría la separación.

2. Que, en psicoterapia, el pleno conocimiento del paciente de todo lo anterior no debe impedirle la libre expresión de sus sentimientos al respecto (dolor, ira, tristeza, rencor, miedo, culpa...), los cuales nunca deben subordinarse ni reprimirse en nombre de la (natural o forzada) comprensión, pena, compasión, perdón, etc. hacia los padres. De otro modo, jamás aliviará su neurosis, causada precisamente por dichas represiones.

Así que, si bien la madre es psicológicamente fundamental, sobre todo, en nuestros primeros 5-7 años de vida, la influencia del padre puede mejorar o empeorar decisivamente nuestras existencias. Y muchísimos varones no dan la talla. Hombres profundamente castrados, trastornados, endurecidos... Hombres infantiles, egocéntricos, helados... Hombres surgidos de entornos sociofamilares de brutalidad, machismo, degradación, violencia... Etc. Hoy quiero recordarlo con claridad porque, en asuntos de maltrato infantil, ningún adulto es inocente.

 
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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  Barcelona   •  © Copyright 2022