"Para criar bien, debemos conocernos a nosotros mismos"

Entrevista a José Luis Cano en Bebés y más
Fuente: Bebés y más
Año 2012
 

Peques y Más.- ¿Qué podemos descubrir como adultos al mirar a los ojos de los niños?

José Luis Cano.- Podemos encontrar energía, espontaneidad, alegría de vivir, entusiasmo, curiosidad, lucidez, intuición, amor, sorpresa y maravilla... Pero, en muchos niños, por desgracia también podemos encontrar tristeza, abatimiento, desamparo, apatía, rabia, "muerte interior"...

P y M.- Existen algunas creencias sociales que nos impiden relacionarnos con los pequeños de una forma más cercana y natural, ¿no es así? ¿cuáles son esas creencias? (un ejemplo de ello es pensar que los niños son egoístas).

J.L.C.- Sí, hay muchas. Otra de ellas es que los niños son seres básicamente "tontos" o "vacíos" a los que no hace falta escuchar ni de los que hay nada que aprender, sino que sólo hay que "rellenar" con nuestras presuntuosas normas y conocimientos. Un ejemplo más es pensar que los niños pequeños son "miniadultos" capaces de entender y crecer a base de nuestros argumentos y sermones racionales. O que los niños son para los adultos una "inversión" afectiva y económica, a los que debe exigírseles por tanto los debidos "intereses" (gratitud, reconocimiento, amor...)... Etcétera.

P y M.- En la actualidad se torna complicado educar a nuestros hijos por la falta de apoyos sociales y el exceso de responsabilidades fuera del hogar, aunque por otra parte parece que somos más conscientes de que los niños son personas con derechos que todos debemos respetar. ¿Sabrías decirnos qué ingredientes deberían formar parte de una relación paterno filial sana?

J.L.C.- Creo que hay dos requisitos fundamentales: el respeto y la empatía. Ambos implican tomar en serio y sintonizar con los sentimientos, necesidades y peculiaridades de cada niño, y limitarnos a acompañarlos con atención y afecto, sin abrumarlos con excesivas cargas e intereses ajenos. Educar no es domar, sino guiar, y esto implica saber escuchar, comprender, dialogar, aclarar, apoyar, negociar con los niños. Ni más ni menos que lo que pretendemos (supuestamente) entre los adultos.

P y M.- ¿En qué consiste el maltrato psicológico o emocional a los niños?

J.L.C.- En negarles todo lo anterior y, por tanto, crearles sentimientos de inseguridad, impotencia, humillación, miedo, culpa, vergüenza, tristeza, desamparo, ira, soledad... Dolor innecesario, en una palabra.

P y M.- ¿Qué consecuencias puede tener este maltrato (o de qué manera puede interferir en su desarrollo) cuando el niño se convierta en un adolescente y después en adulto?

J.L.C.- Los sentimientos y conflictos citados anteriormente quedan troquelados en la personalidad, en las formas de relacionarnos con el mundo, y son los que determinan los "síntomas" y "trastornos" psicológicos que hacen sufrir a tanta gente. Trastornos que van desde la inadaptación o las fobias hasta la depresión o las adicciones, pasando por el fracaso escolar, el TDAH, el maltrato doméstico, el individualismo explotador, etc.

P y M.- Hemos visto en tu sitio web referencias a Alice Miller, ¿es una influencia también en tu enfoque psicoterapéutico? ¿sería posible extraer algunas ideas de su obra aplicables a los padres y madres que criamos y educamos a nuestros hijos hoy en día?

J.L.C.- Absolutamente. Creo que la idea fundamental de Alice Miller es que, si no tenemos mínimamente claros y "superados" (en lo posible) nuestros problemas con nuestros propios padres (e infancia en general), es extremadamente difícil criar sanamente a los niños, pues volcaremos sobre ellos todos los errores y abusos que se cometieron con nosotros. Es la vieja e inexorable Ley de que "todo lo que se olvida, regresa". En otras palabras, para criar bien, debemos conocernos lo mejor posible a nosotros mismos, y esto implica cierta tolerancia al dolor de nuestra infancia, es decir, a nuestros propios sentimientos.

P y M.- Imagina que queremos empezar a construir una sociedad en la que se respeten los derechos de los niños, ¿por dónde empezamos?

J.L.C.- Obviamente, por tomarlos en serio, tenerlos en cuenta, sensibilizarnos a ellos, escucharlos en igualdad de respeto y dignidad que a los adultos. Habrá que satisfacer sus necesidades básicas (de seguridad, afecto, valoración, etc.) y, a medida que crecen, considerar siempre sus peculiaridades individuales, sus anhelos, sus ansias de autonomía, sus pensamientos, sus problemas intrafamiliares y escolares, etc., siempre dentro, claro está, de las necesarias pautas familiares y sociales. Por otro lado, la "esclavitud" de los adultos respeto a los "niños divinizados" es otro extremo a evitar, ya que la sobreprotección o la ausencia de normas son también formas de maltrato. Pero, como diría Alice Miller, lo anterior sólo será posible cuando previamente los adultos decidamos "refrescar" nuestras memorias infantiles y aceptar nuestros sentimientos al respecto, condición inexcusable para lograr respetar y empatizar con los niños.

Fuente: Bebés y más

 
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