La señora Gloria y la Belleza

DIARIO PERSONAL

Mi amigo venezolano J. S. (de quien ya hablé aquí) y yo seguimos manteniendo estimulantes debates por correo sobre todo tipo de temas. El último de ellos ha sido sobre el narcisismo, la ignorancia y la estupidez humanas. No me resisto a publicar aquí (de nuevo y con su permiso y mi agradecimiento) una de sus reflexiones al respecto, por su gran belleza e interés. Versa precisamente sobre la Belleza.

"J. S., 4/Agosto/2020. (...) Como corolario de todo esto, cada vez me convenzo más de que existe un orden, un orden natural que nos trasciende y todo aquel que se aparte de ese orden será extinguido. (...) En base a mi experiencia de vida percibo ese orden no como nos dicen las religiones con eso de ser "buena gente" o "piadosos" o "buenos ciudadanos" o cualquiera de esas pendejadas. Yo lo percibo como que existe una belleza que nos trasciende y que se expresa como belleza física del lugar donde vives, belleza en como te comportas contigo mismo y con los demás, belleza en el saber estar en cualquier situación, en la comida, en la mesa bien puesta, belleza en las mujeres y lo que significan, belleza en defenderte y defender a los tuyos, belleza en el amor y en las relaciones que estableces (de todo tipo: amistad, hijos, pareja), belleza en disfrutar de un buen whisky contemplando la belleza, belleza de estar tranquilo y sereno y a la vez fuerte y dispuesto.

No tiene que ver con ser rico, pobre, estudiao o analfabeto, no lo tengo muy claro pero creo que tiene que ver con la sensibilidad, una especie de sensibilidad que percibimos como arte. Quizás sólo ante esa belleza, que uno no sabe muy bien lo que es pero se expresa por todas partes si se la deja, y produce gozo, es capaz de rendirse el narcisismo (...).

Te voy a contar una historia.

Cuando estudiaba en la universidad y necesitaba dinero para mis cosas (motos, discoteca, botellón, playita....vainas de adolescente), me mudé a la residencia estudiantil más barata que conseguí. Allí viví un par de años. Era un barrio de chabolas en la ladera de un cerro y en la parte superior quedaba la residencia, su propietario era un Portugués incombustible de aquellos que tanto emigraron a esas tierras. A la residencia se accedía por una carretera que discurría por toda la cima del barrio y desde allí hacia abajo todo era un laberinto de chabolas, caminitos por doquier, escaleras y más escalera y aquella enrredina de cables eléctricos por todas partes.

En ese barrio vivía una señora llamada Gloria que se dedicaba a lavar ropa y con eso mantenía a sus tres hijas. Constantemente esta señora y sus tres hijas subían y bajaban por aquel mar de escaleras llevándose la ropa sucia y trayéndola limpia en unos cestos de mimbre que tenían, una y otra vez incansablemente cerro arriba y cerro abajo. A mí me jodía mucho que tuviesen que estar en ese plan y con lo que pesa aquello por lo que un día le dije a la señora Gloria que yo mismo le bajaría mi ropa a su casa y luego la recogería, que por el precio no se preocupara que seguimos igual. Ella me dijo que vale y me dio un cesto para que lo utilizara.

Aquel barrio era el horror de los horrores, chabolas de ladrillos sin frisar, sin puertas, sin ventanas, con techos de zinc, perros callejeros por doquier, diez mil mujeres embarazadas y diez mil hombres ociosos bebiendo cerveza en la puerta de su casa y aquel botellero tirado por todas partes, pedazos de muebles, tableros, restos de bicicletas y todo tipo de trastos y chatarra de siglos amontonados en el frente y detrás de cada chabola, vamos: el infierno.

Menos la casa de la señora Gloria.

Esa casa era un oasis en medio de aquello, muy humilde pero no veas lo agradable que era ese lugar con sus ventanas y contrafuertes que consiguió usados de no sé dónde y como sea se las ingenió para que se las subieran hasta el cerro, ella misma las pintaba de azul así como el resto de la casa impecablemente pintada de blanco, tenía un jardín que se te metía por dentro con plantas y más plantas, una enramada con enredaderas, sus sillas de mimbre, su mesa. Todo el cerro estaba pelado de árboles menos el terreno de la señora Gloria, ella misma me comentó que la casa la hicieron de forma de no tocar ni un solo árbol. Entonces en su casa había aquella sombra y aquel frescor. Como se dedicaba a lavar, en el fondo del patio había mandado a hacer un lavadero techado con unas picas inmensas (lavaba a mano), un par de fogones para hervir la ropa, su mesa de planchar y doblar y un tendedero inmenso con suelo de hormigón que lavaba con una manguera antes de tender "para que si se cae la ropa no se ensucie".

Yo cada vez que iba a buscar o traer ropa me invitaba a un café, ella se iba a prepararlo y mientras se hacía sacaba la manguera y regaba las diez mil plantas del jardín, macetas y más macetas así como los helechos colgantes que tenía alrededor, entonces el ambiente se refrescaba que no veas y pasábamos como una hora hablando de lo que fuese. El café te lo traía en taza de peltre, pero con su plato y su servilleta, a veces traía unas galletas que hacía en otro plato de peltre donde había puesto una servilleta con blonda "es que las vi muy baratas y las compré".

Su casa por dentro era bellísima, inmaculada, con un buen gusto del carajo a pesar que casi todo era usado o autoconstruido, hasta las cortinas que ella misma había confeccionado, bellísimas y con un gustazo sideral. Aquello era humilde pero de una exquisitez y una belleza descomunal que ni al marqués más noble que exista se le ocurriría. El único lugar verde y bonito de aquel infierno era su casa, evidentemente transplantada de otro mundo. Hasta las bombillas desnudas que tenía por doquier haciendo de lámpara combinaban con todo aquello. Vamos la armonía en pasta.

En aquella época yo tendría unos veinte años y esa mujer sobre los cincuenta, pero no veas cómo era: esbelta, con el cuerpo fuerte y erguido, siempre bien arreglada sin estridencias, con su vestido, su delantal exquisitamente bordado, su pañoleta también bordada en la cabeza y sus guantes de goma de lavar. La ropa te la entregaba en el cesto envuelta en una tela "para que no le caiga polvo", la tela hecha por ella rematada con una cenefa. La hijas eran bellísimas pero pa morirse, toda la residencia se alborotaba cada vez que subían por allí. Esta señora me comentaba que venía de los Andes venezolanos y se vino a Caracas a trabajar de chacha en una casa, se lió con un tipo con el que tuvo a las tres hijas y este se marchó abandonándolas, por lo que tuvo que meterse a lavar ya que así podía trabajar mientras estaba en casa y cuidar de sus hijas.

Lo que te quiero decir es que aquel lugar y las gentes que lo habitaban rebosaban belleza, aquella mujer era capaz de producir belleza en medio del erial más grande y en las condiciones de entorno más penosas que pudieran existir. Hasta los malandros del barrio que no eran pocos la respetaban muchísimo porque era "La Señora Gloria", a pesar de su malandraje apreciaban sin saberlo tanta belleza. Era una artista y todo aquello no era mas que lo que se desbordaba de su interior.

Luego de cuarenta años todavía me acuerdo vívidamente de esa mujer y de su casa, sobre todo de noche cuando el resto del barrio estaba casi a oscuras y en la ladera, iluminada cual faro, destacaba "La Casa de la Señora Gloria". Entonces me la imagino cenando en la mesa del patio con sus hijas en medio de aquel impresionante jardín.

El orden natural es esa belleza. Es un arte que no tiene que ver con cuadros, exposiciones o esculturas".

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  Barcelona   •  © Copyright