Amar es no aferrar

Hay una película preciosa,  Cinema Paradiso  (Giuseppe Tornatore, 1988), algunas de cuyas escenas no he olvidado jamás. Entre ellas, dos.

La primera, cuando el proyeccionista le dice con amor al adolescente Salvatore: "Vete de este pueblo y no vuelvas nunca más".

La segunda, cuando el ya exitoso Salvatore, que casi nunca visita a su madre, se disculpa ante ésta: "Mamá, te abandoné. Me escapé como un ladrón y jamás te dí una explicación". Y la madre responde con amor y estoica melancolía:

"Hijo, yo nunca te la pedí. No tienes que explicar nada. Siem­pre he pensado que lo que hacías estaba bien y basta. No hacía falta que habláramos. Hiciste bien al irte. Has conse­guido lo que querías".

Siempre, siempre me emociono al recordar estas escenas. (Por no hablar de la famosa escena final...).

Porque hablan de amor-renuncia, de amor-generosidad, de amor heroico (del proyeccionista, de la madre) que, conociendo lo mejor para Salvatore, no le exigen nada, no se agarran egoístamente a él, sino que facilitan su vuelo hacia la libertad y el triunfo, muy lejos del pueblo, y para siempre. Veo en ello la Gloria de la vida. El devenir natural de todos los seres vivos, que parten desde sus nidos hacia sus respectivos e ignorados destinos.

He vivido a menudo este emocionante momento con mis pacientes. Cuando, después de largo tiempo de vínculo, intimidad y esfuerzo, llega el instante de la despedida y les digo también (como el proyeccionista): "Vete, vuela alto, no vuelvas nunca más". ¡Y allá van ellos, como halcones remontándose hacia el horizonte, espléndidos animales salvajes retornando a una selva que jamás debió herirlos, listos ya para sobrevivir en libertad! Es la cumbre de la psicoterapia. De cualquier arte sanador. Lo que queda es un pequeño tiempo de duelo por ambas partes.

Pero volviendo a la película. Si el amor es soltar, el gozo de facilitar la independencia a tus seres queridos, ¿por qué millones de personas se aferran a sus hijos para que jamás abandonen el nido, para encadenarlos perpetuamente a su servicio, para sofocarlos entre sus tentáculos narcisistas?

No hay mayor horror que el pollo incubando a la gallina.

 
JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright
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