El dolor no tiene sexo

Una de las primeras cosas que descubrí al comienzo de mi práctica terapéutica fue que hombres y mujeres sufren emocionalmente de modos parecidos. No hallé un modo "femenino" y otro "masculino" de sufrir. El dolor no tenía sexo. Esto abrió una brecha inesperada en mi muro de prejuicios socioculturales de carácter sexista, tales como la supuesta "masculinidad" y "feminidad", la rudeza de los hombres y la sensibilidad de las mujeres, la madre perfecta y el padre egoísta, el presunto instinto maternal o sexual, el amor romántico, etc. Fue un despertar gradual y, a veces, amargo. Pero muy iluminador.

Observé, por ejemplo, que todos mis pacientes sin excepción llegaban dañados por su infancia, cronificados además por dolorosas situaciones actuales que realimentaban sin cesar sus heridas emocionales. Estas heridas eran siempre la inseguridad, la soledad, la culpa, el miedo, las emociones reprimidas, etc., ya fuese todo ello consciente o inconsciente. Los estragos del desamor, en suma. Tales problemas subyacían a todos sus síntomas, con independencia de que algunos de éstos fuesen más o menos frecuentes según el sexo. Por ejemplo, los síntomas masculinos tendían a adoptar la forma de bloqueos, obsesiones, adicciones, agresividad, hipersexualidad, etc., y los femeninos la de ansiedades, inestabilidades, dependencias tóxicas, amarguras, etc. Todo lo cual me desinteresó rápidamente de las apariencias por género del dolor para centrarme exclusivamente en sus motivos comunes.

Fui comprendiendo que la "elección de síntomas" según el sexo derivaba en gran medida de las crianzas opuestas a las que mujeres y hombres son sometidos. Por ejemplo, era obvio que a las mujeres se les toleraba mucho más la expresión explícita de sus sentimientos (felices o dolorosos), mientras que a los hombres se len enseñaba a ocultarlos ("los hombres no lloran"). El resultado de ello era que las mujeres son ciertamente más expresivas, emotivas y aparentemente sensibles que los hombres, aunque no necesariamente más empáticas y amorosas que ellos. Y los hombres parecen más duros, inexpresivos y egoístas que ellas, aunque no necesariamente menos vulnerables y amorosos. Por eso muchos síntomas femeninos se relacionan con emociones extremas y descontroladas, y muchos síntomas masculinos nacen de graves represiones. En otras palabras, ellas suelen portar el caparazón defensivo por dentro, y ellos por fuera.

Una paradoja del sexismo cultural es que cuando algunas mujeres, educadas para parecer débiles, se muestran "fuertes", son admiradas o temidas por ello; mientras que cuando algunos hombres, educados para parecer fuertes, se muestran "débiles", a menudo son despreciados. Esto expresa, a mi entender, no sólo una gran hipocresía social (que primero educa de distinta forma a cada sexo y luego premia o castiga de distinta manera las "excepciones"), sino también una insondable ceguera emocional,  pues "fuerza" y "debilidad", como todo rasgo humano, son sólo apariencias, valores dependientes de los criterios que usemos. Dicho de otro modo, aunque los síntomas externos puedan ser opuestos, las dinámicas que los motivan pueden ser similares (dolor, soledad, miedo, culpa, ira, etc.). Así, al menos, lo fui descubriendo en el secreto de mis consultas.

Tópicos como "los hombres son rudos", "los hombres son infieles por naturaleza", "las mujeres son más amorosas", "las mujeres son más intuitivas", etc. fueron cayendo uno tras otro. Nada podía generalizarse  ni clasificarse por sexos, sino sólo determinarse individuo por individuo. Ninguna apariencia social nos conducía nunca a ninguna verdad privada. Y estas verdades era siempre las mismas, en distintas formas y grados, en cada paciente: necesidad de amor y aprobación, miedo, culpa, desamparo, odio, envidia, narcisismo, ilusiones, frustraciones, traumas insoportables, etc.

En suma, lo que mi oficio me ha enseñado durante casi 20 años es que no hay sexos, sino personas. Por eso es tan desgarrador observar todas esas supersticiones sociales, sexistas, ideológicas, políticas, etc., que inventan sin cesar diferencias entre hombres y mujeres, a los que enfrentan y destruyen genocidamente. Ojalá seamos cada vez más quienes no sucumbimos a esta locura.

 
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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  Barcelona   •  © Copyright