El dolor no tiene sexo

DIARIO PERSONAL

En 2014 publiqué un artículo que hace algún tiempo eliminé por parecerme de escaso interés. Pero a un seguidor de Facebook parece que le gustó, me lo ha recordado, y yo me he animado a revisarlo y publicarlo de nuevo. ¡Muchas gracias, A. C.!  :)

Una de las primeras cosas que descubrí al comienzo de mi práctica terapéutica fue que hombres y mujeres sufren emocionalmente de modos parecidos. No hallé un modo "femenino" y otro "masculino" de sufrir. El dolor no tenía sexo. Esto abrió una brecha inesperada en mi muro de prejuicios socioculturales de carácter sexista, tales como la supuesta "masculinidad" y "feminidad", la rudeza de los hombres y la sensibilidad de las mujeres, la madre perfecta y el padre egoísta, el presunto "instinto" maternal o sexual, el amor romántico, etc. Fue un despertar gradual y, a veces, amargo. Pero muy iluminador.

Observé, por ejemplo, que todos mis pacientes sin excepción llegaban dañados por su infancia, cronificados además por dolorosas situaciones actuales que realimentaban sin cesar sus heridas emocionales. Estas heridas eran siempre la inseguridad, la soledad, la culpa, el miedo, las emociones reprimidas, etc., ya fuese todo ello consciente o inconsciente. Los estragos del desamor, en suma. Tales problemas subyacían, como magmas de volcán, a todos sus síntomas, con independencia de que algunos de éstos fuesen más o menos frecuentes según el sexo. Por ejemplo, los síntomas masculinos tendían a adoptar la forma de bloqueos, obsesiones, adicciones, agresividad, hipersexualidad, etc., y los femeninos la de ansiedades, inestabilidades, dependencias tóxicas, amarguras, etc. Todo ello me desinteresó rápidamente de las apariencias del dolor para centrarme exclusivamente en sus motivos subyacentes.

Fui comprendiendo que la "elección de síntomas" según el sexo derivaba en gran medida de las crianzas opuestas a las que mujeres y hombres son sometidos. Por ejemplo, era obvio que a las mujeres se les toleraba mucho más la expresión explícita de sus sentimientos (felices o dolorosos), mientras que a los hombres se len enseñaba a ocultarlos ("los hombres no lloran"). Como resultado, las mujeres, siendo más expresivas, parecían por ello más emotivas, empáticas o "débiles" (aunque por dentro sufriesen terribles blindajes); mientras que los hombres, habiendo aprendido a camuflar sus sentimientos, parecían por ello más fuertes, insensibles o desconsiderados (aunque por dentro fuesen terriblemente vulnerables). Por eso, muchos síntomas femeninos se relacionan con emociones extremas o descontroladas, mientras que muchos síntomas masculinos tienen que ver con grandes emociones bloqueadas.  En otras palabras, ellas suelen portar el caparazón defensivo por dentro, y ellos por fuera.

Una paradoja del sexismo cultural es que cuando algunas mujeres, educadas para parecer débiles, se muestran "fuertes", son admiradas por ello; mientras que cuando algunos hombres, educados para parecer fuertes, se muestran "débiles", son despreciados. Esto expresa, a mi entender, no sólo una gran hipocresía social (que primero educa de distinta forma a cada sexo y luego premia o castiga de distinta manera a los inconsistentes con tal educación), sino también una insondable ceguera emocional,  pues "fuerza" y "debilidad", como todo rasgo humano, son siempre aparentes, duales, resultan de innumerables dinámicas evidentes y ocultas que dependen, a su vez, de cada individuo, cada neurosis y cada circunstancia. Esto es, al menos, lo que fui descubriendo en el secreto de mis consultas.

Podemos examinar con más detalle algunos tópicos del sexismo socioeducativo:

1. "Los hombres son insensibles". Ya hemos visto el origen de este malentendido. En realidad, sería más exacto -y compasivo- considerar a los hombres no insensibles, sino emocionalmente escindidos, castrados, generalmente tanto por madres sin amor como por padres autoritarios o violentos (sin hablar del sistema social, etc.). Por eso los varones han sido siempre perfectos para el trabajo embrutecedor, los negocios, la guerra y otras empresas afines, así como para la obligada inseminación natural ("padre de familia"). Una crueldad social añadida es que, como ya se ha dicho, tanto si estos hombres ejercen su dureza aprendida como si fracasan en ello, son igualmente castigados; en el primer caso considerándolos, p, ej., toscos, aburridos, violentos, etc., y en el segundo, flojos, inmaduros, trastornados... (Esto también puede verse, p. ej., en muchas relaciones de pareja, cuando la mujer se enamora de un hombre "duro" y luego le recrimina no poder comunicarse con él; o cuando lo hace de un hombre "tierno" y entonces le reprocha su inseguridad, infantilismo, etc.). En general, creo que sólo se tolera la sensibilidad masculina a los artistas y homosexuales. 

2. "Los hombres son infieles por naturaleza". Nunca he confirmado eso en mis consultas. Por supuesto que muchos hombres, igual que  muchas mujeres, son o pueden ser desleales. Pero, sin negar la existencia de posibles vestigios filogenéticos, nunca he observado ninguna infidelidad que no pueda explicarse suficientemente por evidentes dificultades psicológicas de carácter vinculativo, neurótico o relacional (de pareja). Por ejemplo, la mayoría de mis clientes masculinos aspiraban a la estabilidad amorosa, sufrían importantes sentimientos de culpa tras eventuales infidelidades, podían soportar con su pareja actividades sexuales muy por debajo de las que desearían, y algunos de ellos -emparejados o no, o con pocas relaciones sociales- mantenían una vida sexual prácticamente nula (o ni siquiera masturbatoria). Inversamente, la excesiva actividad sexual de algunos mostraba ser una clara defensa gratificatoria, escapista o incluso adictiva contra severos problemas internos. Y en las mujeres podía observarse básicamente lo mismo. Una vez más, todo dependía de cada persona, cada neurosis y cada circunstancia.

3. "Las mujeres son más amorosas". El derrumbe de este tópico fue especialmente perturbador para mí. No sólo las madres de todos mis clientes, hombre y mujeres, habían sido devastadoras para éstos, sino que muchos hombres maltratados por su pareja que acudían a mí, o incluso las confesiones de algunas mujeres respecto a sus hijos o parejas, contradecían absolutamente el mito de cualquier "instinto" amoroso (genético, biológico o psíquico) en las mujeres. Podían ser más "emocionales" que muchos varones, pero no necesariamente más empáticas, ni más afectuosas, ni menos narcisistas que ellos. También podía observarse que muchas de ellas, tanto por razones neuróticas como por expectativas socioculturales, sostenían relaciones maternales o de pareja claramente, aunque inconscientemente, simuladas, explotadoras, etc.; es decir, técnicamente sociopáticas. Etcétera. Así fui comprendiendo, en fin, que la existencia misma de la neurosis humana demuestra, sin necesidad de más pruebas, que la mujer no es amorosa por naturaleza. Ello depende, como siempre, de cada mujer y su neurosis y contexto particulares.

4. "Las mujeres son inferiores, superiores, víctimas, etc.". Este conjunto de tópicos, tan halagadores para muchas mujeres y tan rentables políticamente, se desvanecen por completo en la sinceridad de las consultas terapéuticas. En general, todo cuanto una persona es, parece, hace o evita obedece a la necesidad de protegerse contra dolores internos o amenazas externas, así como la de controlar y adaptarse al mundo. Todo ello desde nuestra intrínseca dualidad consciente/inconsciente, inaccesible por definición a los ojos de los demás (y a menudo incluso a los propios). Esto significa que, por ejemplo, muchas aparentes "inferioridades" femeninas encubren tremendas fortalezas internas, tanto para bien como para mal.  Muchas supuestas "superioridades" expresan en realidad terribles sobreesfuerzos contra sentimientos insoportables de inferioridad o desesperación, o un endurecimiento defensivo ante el mundo. Muchas presuntas "víctimas" se convierten en feroces verdugas en el secreto de los hogares... Etcétera. (Obviamente, lo mismo sucede con los varones). Todo es apariencia y no hay modo alguno de generalizar. Cada mujer, como cada hombre, es un ser humano diferente según su propia biografía, su neurosis y su entorno.


Podría objetarse que todas estas observaciones, por surgir de un ámbito terapéutico, no son aplicables a la sociedad en general. Sin embargo, en mi opinión, es justamente al revés. La mayoría de gente no está más "sana" ni se mueve desde psicologías "mejores" que las personas que realizan terapias; de hecho, como evidencia su absoluta evitación de cualquier proceso de autoconocimiento y maduración, suelen ser más trastornadas. Dicho de otro modo, las psicodinámicas de los neuróticos, estén en tratamiento o no, son básicamente idénticas. 

***

Esto es, en fin, lo que llevo descubriendo a lo largo de casi 20 años. No hay sexos, sino personas. Por eso es tan desgarrador observar cómo todas esas supersticiones sexistas, de "género", ideológicas, políticas, etc., destruyen gradual y sistemáticamente no ya el amor entre hombres y mujeres sino, por lo mismo, el amor de los padres hacia sus hijos, y el amor humano en general. Afortunadamente, mis intrépidos pacientes y yo, como en muchas otras consultas de psicoterapia que bucean a diario en las profundidades del corazón, descubrimos a cada paso que, allí donde tantos creen ver "diferencias", en realidad todo es lo mismo.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  Barcelona   •  © Copyright