El oficio de psicoterapeuta

¡Si los terapeutas pudiéramos hablar! ¡Si pudiésemos contar todo lo que vemos, lo que sabemos, lo que nuestros consultantes nos revelan! Entonces el mundo entero descubriría por fin lo que se cuece tras las fachadas de hormigón. En el interior de esas madrigueras de cemento donde mamíferos contra natura atacan sin cesar a sus crías, o donde muchas parejas se destruyen sin descanso. Todos esos secretos espantosos, en fin, de los millones de cubiles oscuros.

Pero no. Aunque el secreto profesional no nos lo impidiese, no hay terapeutas suficientes en el mundo para destapar toda la magnitud del Horror... Nunca podríamos transmitir el dolor, el terror, el infinito desamparo de tan innumerables desdichas cotidianas. ¿Cómo compartir el llanto, el pánico, la ira, la violencia, la impotencia, el odio, la desesperación y otros mil detalles íntimos -y sagrados- de nuestros pacientes? Ninguna descripción podría reflejar la abyección de los abusos sexuales, del padre enloquecido pateando en el suelo a su niño pequeño, del borracho que estrangula a su hija, de la madre siniestra que vocifera, golpea y arrastra por los pelos a sus hijos o les lanza tijeras, del monstruo/a que estampa la cabeza del niñ@ contra el plato de comida que no puede tragarse, de los críos que lloran encerrados y desnudos en habitaciones oscuras o callan paralizados bajo las camas, del hermano mayor que ataca brutalmente al pequeño, de las miserables tiranías de chulería y violencia de tantas "familias"...

Ni siquiera el terapeuta sabe nada. Él sólo conoce una fracción diminuta, un átomo ya digerido, filtrado, verbalizado, a menudo aliviado por el tiempo y la amnesia, del pavor original del paciente... Esas pesadillas secretas que jamás veremos en televisión, ni aparecerán en Facebook, sino sólo en los confesionarios de los terapeutas que se atreven a formular ciertas preguntas. Las preguntas que apuntan hacia donde nadie quiere mirar... Por eso los terapeutas sólo podemos escribir articulitos, libritos, esquemitas teóricos totalmente ajenos al Infierno real.

Con todo, el terapeuta psicodinámico es un profesional privilegiado, pues (junto con algunos trabajadores sociales, abogados, curas, ciertos artistas y pocos más) tiene la suerte de acceder al Corazón de las cosas. Abrimos sin cesar cajas de Pandora; descubrimos "naves en llamas más allá de Orión"; compartimos pesadillas que no vienen en los libros, ni se aprenden en la universidad, ni pueden detectarse con mentes meramente "científicas"...

Sólo en la intimidad penumbrosa de las consultas se abren de verdad los corazones destrozados. Sólo en esa paz segura otros corazones -que también sufrieron- saben escuchar, comprender, quizá ayudar... Y por eso la soledad del terapeuta psicodinámico es también inmensa.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  Barcelona   •  © Copyright