Decálogo del Buen Psicoterapeuta

En estos tiempos de tiranía económica e ideológica, cuando absolutamente todo se cuestiona, explota y degrada, la Psicoterapia no es inmune. Hace décadas que llamamos "psicoterapia" a cualquier mezcla de ideas razonables o absurdas, y cada año surgen terapias "novedosas". Los métodos convencionales también suelen ser discutibles y, a veces, demasiado arrogantes. De modo que yo sigo confiando en un concepto de  psicoterapia que me enseñaron hace 20 años. Sigo creyendo en sus posibilidades y limitaciones, y no le veo nada fundamentalmente mejorable. La enorme diversidad de técnicas actuales se basa meramente, en mi opinión, en su mayor o menor número de "adornos", de "distracciones", cada una de las cuales las alejan más de lo esencial. ¿Y qué es lo esencial? Para mí, se trata de cierto número de principios que, como balizas en medio del caos, deberían guiar el trabajo de todo buen terapeuta. He aquí un pequeño resumen de ellos en forma de "Decálogo".


Decálogo del Buen Psicoterapeuta

1. Espíritu crítico. El buen terapeuta es imparcial. No representa a ninguna ideología, religión ni grupo social o político. Sólo sabe que la neurosis es la secuela de la violencia familiar y sociocultural, y que la única cura posible es el cese de tal violencia, la elaboración emocional de los traumas sufridos y el genuino refuerzo de la personalidad. Jamás pretenderá "reeducar" al neurótico para devolverlo a sus opresores. Todo su trabajo, psicosocialmente muy crítico, se basa en ayudar al sujeto a recobrar su autonomía y bienestar interiores.

2. Cultura general. El buen terapeuta es abierto al mundo y conoce numerosas cuestiones básicas de filosofía, política, ciencias, artes, historia, tecnologías, religiones, sociedad, etc. Como atiende a personas de toda condición, cuanto mayor sea su bagaje más recursos tendrá para comprenderlas. Y además aprenderá continuamente de ellas.

3. Experiencia vital. Igualmente, el buen terapeuta ha experimentado en sí mismo no necesariamente idénticas vivencias, pero sí (en grado variable) las mismas emociones que sus pacientes le comparten a diario: amor, odio, maltrato, miedo, soledad, ira, angustia, envidia, celos, culpa, narcisismo, tristeza... De otro modo, carecerá de empatía y temerá el dolor de sus clientes, a los que, por ello, tenderá a silenciar, reprimir y abandonar emocionalmente.

4. Terapeutizado. Es imprescindible que haya realizado, o al menos esté realizando, su propia terapia personal. De lo contrario, cometerá todo tipo de errores y manipulaciones inconscientes sobre sus pacientes, a los que confundirá e incluso puede dañar gravemente. Es asombroso que muchos terapeutas, que estudiaron psicología precisamente para evitar la psicoterapia que necesitaban, pretendan luego estar en condiciones de "ayudar" a nadie. No podemos enseñar lo que nunca aprendimos.

5. Honestidad. El buen terapeuta posee un elevado sentido ético. Jamás hará nada que pueda perjudicar a nadie. Consciente de su responsabilidad frente a sus pacientes, se comporta siempre, en privado y en público, con dignidad, humildad y discreción. Su vida personal (con sus familiaridades, problemas y defectos) está totalmente excluida. Sólo a veces, en el marco terapéutico, puede compartir sincera y limitadamente algún aspecto privado.

6. Formación. Conoce obviamente la teoría y práctica de su enfoque, y preferiblemente algunos más. Pero, en general, nunca aplica ideas, técnicas, ejercicios, etc., que él mismo no haya experimentado personalmente.

7. Inteligencia creativa: Sabe indagar, analizar, sintetizar ("unir los puntos" de) los problemas emocionales. Sabe descubrir sus relaciones con otros factores internos y externos, ya sean explícitos o encubiertos, de sus pacientes. Sabe ofrecer intuitivamente a éstos lo que necesitan en cada caso y momento (p. ej., análisis, consuelo, desfogue, refuerzo, pautas, confrontación...). Crea lo que haga falta (ejemplos, metáforas, ejercicios) para facilitar el trabajo terapéutico. Etcétera.

8. Amor. El buen terapeuta ama a sus pacientes: se preocupa por ellos, los ayuda, los cuida, incluso los protege frente al exterior. Aunque recibe un pago "a cambio", en rigor no los necesita (ni económica ni psicológicamente), y por ello su labor puede ser fundamentalmente altruista, incondicional, no posesiva, libre de miedos y manipulaciones. (El terapeuta que trabaja "por dinero" o que no puede subsistir económicamente sin hacer "trampas", debería cambiar de oficio). Es el maravilloso amor "blanco", exclusivo de la psicoterapia e indispensable en todo proceso sanador, mediante el que el terapeuta ofrece a sus pacientes lo mejor de sí mismo (ayuda, inteligencia, bondad, afecto, sabiduría...).

9. Distancia. La esencia del amor blanco es la distancia terapéutica, es decir, la fina "línea roja" que, por muy grande que sea la intimidad paciente-terapeuta, ninguno de ambos debe traspasar. Por ello, el buen terapeuta jamás se enamora de sus pacientes. Nunca se involucra personalmente en sus vidas, ni los mezcla en la suya. No intenta "salvarlos", ni los persigue, ni los utiliza en ningún sentido. No conspira a sus espaldas con otras personas, ni hace nada sin su conocimiento y aprobación. Jamás los amenaza, agrede, castiga, traiciona o abandona. Los deja marchar sin recriminaciones cuando lo desean. Etcétera. La distancia terapéutica posibilita esa atmósfera neutral, "aséptica", inevitablemente sanadora, tan característica del amor blanco.

10. Humor. Finalmente, el buen terapeuta sabe reírse con humildad de sí mismo. Sabe relativizar, desdramatizar, bromear, ironizar con escepticismo sobre las cosas. No ignora que él mismo no es nadie, y mucho menos "autor" de la mejoría de sus pacientes; como mucho, sólo ha participado en ello. No debe confundirse dicho humor con el optimismo. A diferencia de éste, el humor nace de la inteligencia, de la percepción realista -y por ello amarga- de la vida, del amor respetuoso y valiente.

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Y éstos son, en fin, los criterios básicos de la psicoterapia en la que creo. Los que me enseñaron y han sido mi referente y guía durante casi dos décadas. No tengo la menor duda de que son apenas mejorables. Porque, cuanto más nos alejamos de ellos, más nos acercamos a sus opuestos, que tienden a ser formas más o menos subrepticias de manipular y forzar el "regreso" de las víctimas del abuso familiar/social a las mismas estructuras que las abusaron. Personalmente, no veo mayor horror que la traición de la Psicoterapia a los violentados que confiaron y buscaron refugio en ella.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright