La simbiosis madre-hija

El amor aparente

A pesar de todas las informaciones en internet sobre la crianza sana, etc., muchas personas aún creen que lo esencial en no maltratar de ningún modo a los niños, ejercer pautas correctas, "amarlos" mucho, etc. Y es verdad. Pero muchas interacciones emocionales, sobre todo las negativas, entre padres e hijos son muy sutiles y escapan del "radar" de las mejores intenciones parentales, e incluso de muchos estudios oficiales. Dichas interacciones, poderosísimas, pueden generar daños enormes en los hijos incluso en total ausencia de cualquier maltrato visible. Y una de tales dinámicas podemos rastrearlas incluso en Google.

Si buscamos, por ejemplo, en Google Imágenes los términos "madre", "mamá", "madre e hij*" y combinaciones similares, descubrimos algo interesante que ratifica nuestras observaciones en consulta. Y es que la mayoría de fotos muestran a mujeres que, si no están con bebés, aparecen con hijas pequeñas; es decir, no tanto con hijas mayores o varones de cualquier edad. Y la mayoría de estas niñas besan, abrazan y "dan felicidad" a mamá... O sea que, según Google, esas madres se definen menos por su amor que por su placer de ser amadas por su niña. (1)

Esto es, en efecto, extremadamente común. Toda madre desamada y, en consecuencia, infantil y egocéntrica necesita para sobrevivir una fuente de amor y también un espejo. Nadie desempeña mejor ambos roles que una niña pequeña. La madre busca en la hija el afecto y también un cristal donde "mirarse", esto es, que la niña "se parezca" a mamá. Necesita sentir que ambas "son" (o deberían ser) "iguales". Así comienza una fatídica simbiosis madre-hija, donde la primera, sin percibir ni satisfacer las necesidades emocionales de la segunda, le "da" mimos, cuidados, valores, etc., y le exige explícita o manipuladoramente toda clase de cariños y obediencias... pero sólo porque ella misma, la madre, necesita nutrirse de la hija.

Estas relaciones, que a veces parecen exteriormente muy "felices", pueden ser muy asfixiantes, castradoras y alienantes para la hija. Ésta suele sentirse, en efecto, consciente o inconscientemente confusa, ignorada, triste, vacía, culpable y/o enfadada sin saber muy bien por qué. Piensa: "¿cómo puedo sentirme mal con una madre tan maravillosa? Nos queremos mucho, estamos muy unidas, somos amigas...". Pero las secuelas neuróticas a medio y largo plazo son inevitables. La niña adquirirá asimismo, aunque no siempre en igual grado, el narcisismo explotador de la madre, que después ejecutará contra sus hijos... Y así de generación en generación. (2)

Cuando estas simbiosis son moderadas, pueden durar hasta que la hija crece y, siendo cada vez más autónoma, rebelde, etc., logra escapar (aunque herida por mucho tiempo) del control materno. Entonces algunas madres pierden el interés y quizá decidan tener otro hijo, etc. O, al revés, pueden entablar terribles (aunque invisibles) luchas de poder, celos, envidias, etc. con la hija "conflictiva", que pronto comenzará a sufrir por ello "problemas" alimentarios, depresivos, adictivos, agresivos, etc. Otras veces, la madre impone a la hija una "alianza" permanente contra terceros (p. ej., el padre, otros hijos o parientes, etc.), donde la hija intentará "proteger" a mamá, la defenderá siempre, ejercerá de confidente y pañuelo, etc. Y si las simbiosis son extremas y prolongadas, o incluso incestuosas, entonces la hija, totalmente confundida y anulada, puede llegar a sufrir trastornos graves... También hay naturalmente muchas madres que, por diversas razones, no establecen esta clase de vínculos patológicos con una hija, sino con un hijo varón, con consecuencias igualmente nocivas para éste. (3)

De modo que, si queremos niños felices, no basta con mejorar lo evidente, sino más aún lo escondido. Cuando la protagonista inconsciente del amor de mamá no es el hijo/a, sino ella misma, los trastornos afectivos y neuróticos del segundo están asegurados. Por ello, por muy amorosos, respetuosos, cuidadores, etc., que parezcan los padres, siempre es mejor escuchar a los hijos. La verdadera salud del árbol se conoce en sus frutos. Quizá ellos sientan cosas, sepan cosas, callen cosas que ni sus padres quieren escuchar, ni los científicos estudiar, ni los medios de comunicación difundir. ¡Quizá ni siquiera se atrevan a confesárselo a sí mismos! Porque el dolor más insoportable -y por ello el más difícil de detectar y sanar- es el amor aparente. Es decir, el desamor encubierto de las simbiosis madre-hijo/a. Mientras sigan habiendo trastornos neuróticos / psicóticos en el mundo, sabremos que aún no nos atrevemos a mirar donde más importa.

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1. Podemos hacer el mismo experimento con los términos padre, papá, padre e hij* y otras combinaciones. Los resultados promedio parecen muy diferentes: muestran a hombres con aproximadamente igual número de niños y niñas, y en actitudes menos autocomplacientes. 

2. Todo esto puede ayudarnos a entender, al menos en parte, esa amargura y "contradicciones" emocionales de muchas mujeres respecto a la vida, los hijos, sus parejas, etc. 

3. La importancia emocional del padre en estas simbiosis suele ser pequeña o meramente secundaria respecto a la neurosis materna. En cuanto a si el padre puede establecer este tipo de fusiones, si bien las dinámicas más o menos "fagocitadoras" son comunes a ambos progenitores y el padre puede ser muy destructivo en otros niveles, personalmente nunca las he visto.  

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright