La psicoterapia: ¿funciona?

El ser humano siente, piensa y actúa, de modo que tanto su felicidad como su dolor están condicionados por la interacción de tales funciones, y la de éstas con su entorno natural y social. La psicoterapia, que combate el dolor psicológico del individuo y sus consecuencias, puede definirse como el arte de curar con la palabra. Según el tema central de esta “conversación” surgen los distintos tipos de psicoterapia. Si la charla se centra en los aspectos emocionales del sujeto, al método se le denomina “psicoanálisis” o “psicodinámico”. Si enfatiza los aspectos intelectuales, se le llama “cognitivo”. Si se especializa en el comportamiento, se le llama “conductista”. Muchos psicoterapeutas, no obstante, intentarán en la práctica una síntesis personal e intuitiva, ecléctica, de tales tres enfoques según cada paciente y cada momento. Es lo más sabio. Después de todo, sentir, pensar y actuar son, en la práctica, un solo proceso unificado.

Pero, ¿es eficaz la psicoterapia? ¿Funciona siempre? ¿Son mensurables sus efectos? Muchas personas lo dudan, y otras defienden lo contrario con estadísticas discutibles. En realidad, el problema es extremadamente complejo, pues la relación paciente-psicoterapeuta es íntima y secreta por definición y, como en todo lazo humano, los factores involucrados son numerosos.

El dogmático cientifismo actual afirma que son los métodos los que curan o deberían curar, en el mismo sentido “científico” que supuestamente curan los fármacos. Sin embargo, no es totalmente cierto que los fármacos curen por sí solos, como lo demuestra su porcentaje intrínseco de fracasos, efectos indeseables y el hecho de que los mejores de ellos simplemente se limitan a favorecer los procesos orgánicos, es decir, la propia capacidad autocurativa del organismo. Por otro lado, es absolutamente determinante la clase de relación paciente-médico y, por supuesto, el tipo y gravedad de cada enfermedad...

En psicoterapia sucede lo mismo. Se trata de un vínculo complejo donde intervienen al menos:

1) la pericia del terapeuta
2) su madurez personal
3) el método empleado
4) el grado de confianza del paciente
5) su grado de motivación para sanar
6) el lazo afectivo mutuo (empatía, afecto, estímulo, consuelo, etc.)
7) la clase y gravedad del problema
8) las apoyos e interferencias externas (familia, amigos, trabajo...)
etc.

Podemos intuir, así, cuán distintas e imprevisibles pueden llegar a ser las relaciones paciente-terapeuta y sus resultados terapéuticos.

Tanto las psicoterapias exitosas como las fracasadas resultan de las diversas combinaciones de los elementos citados. Dicho de otro modo, ni todo terapeuta ni todo método son compatibles con cualquier paciente o patología, ni viceversa. Cada psicoterapia es un viaje particular e intransferible de dos personas. Sólo cuando todos los factores implicados en él son suficientemente favorables la experiencia resultará definitivamente positiva.

Por supuesto, si no se alcanzan ciertos mínimos indispensables podemos hablar de “malos” terapeutas o “malos” pacientes. Por eso algunas terapias son vanas o interminables, y algunos pacientes “viajan” continuamente de terapeuta en terapeuta sin resultados.

En rigor y contra el extendido mito social, la psicoterapia no "cura" a nadie. Sólo ayuda al sujeto a sanar por sí mismo. De igual modo que el médico no “da” la salud, sino que sólo la facilita; o los padres no "enseñan" a caminar al niño, sino sólo le ofrecen estímulo y ayuda para que el niño aprenda por sí solo a andar, el terapeuta nada más acompaña y orienta a su cliente para que éste, si quiere, pueda crecer. El motor del cambio radica siempre en el propio corazón del sujeto.

Una buena relación psicoterapéutica es uno de los vínculos humanos más ricos, profundos, hermosos y curativos que existen. La psicoterapia es el arte -que no ciencia- de escuchar, confiar, respetar, expresarse, comprender y compartir descubrimientos. Es, en última instancia, una forma de amor mutuo. Por eso el buen psicoterapeuta, como el buen padre, el buen médico o el buen maestro, debería ser siempre un humanista cargado de respeto y amor hacia sus clientes, su profesión y la vida.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright