Los mentirosos

Algunas personas se quejan, muy dolidas y enfadadas, de que un ser querido (hijo, pareja...) es demasiado mentiroso. Incluso un mentiroso "compulsivo". Esperan de él una sinceridad total, una verdad sin excepciones, como si ello fuese un deber, una obligación, una "demostración" de amor, lealtad y obediencia. La sinceridad suele ser, desde luego, una muestra de madurez y honestidad. Sin embargo, nadie miente sin algún motivo (sea éste consciente o inconsciente). Por ello, lo esencial no parece tanto la cuestión de "mentir o no mentir" cuanto la de comprender las razones psicológicas que mueven al mentiroso.

En general, mentimos para defendernos o para manipular a las personas. Lo que subyace a las mentiras defensivas suele ser, obviamente, algún tipo de inseguridad o miedo. (De las mentiras manipuladoras, surgidas del narcisismo explotador, no hablaremos aquí). Son un intento de evitar con un pequeño "truco" algo doloroso (p. ej., un rechazo, un castigo, una pérdida de intimidad o libertad, etc.). Cuando el sujeto miente con frecuencia a alguien concreto existe algún problema de fondo en esa relación. Si miente en general, el problema reside en la propia personalidad del individuo.

Las mentiras, igual que los síntomas neuróticos, no pueden combatirse frontalmente. Cuanto más reñimos a un mentiroso, más seguirá mintiendo. ¡No podemos calmar a gritos a un niño asustado! Sólo podemos respetar los miedos del mentiroso, interesarnos por sus motivos, esperar que recupere su confianza en nosotros. Sólo podemos, en otras palabras, mejorar nuestra relación con él.

Cuando comprendemos que el engaño es una defensa, podemos aceptar el legítimo derecho del otro a defenderse. Cesa nuestra violenta soberbia de obligarlo a sincerarse (lo que a veces constituye una violación). Incluso, en ocasiones, podemos fingir que creemos a nuestro engañador para darle la oportunidad de escapar de nosotros... Esta generosidad, esta superación de nuestra quisquillosa susceptibilidad frente al engaño es una forma de madurez y amor.

Además, seamos sinceros: ¡todos mentimos continuamente! Forma parte de la condición humana. No es posible la supervivencia sin mentir. (Otra cosa son los engaños causantes / encubridores de violencias, en cuyo caso son neurotizantes). Por tanto, nuestros afanes de "sinceridad total" no son más que un sórdido anhelo narcisista de control sobre la gente.

Si queremos que nuestros seres queridos no nos mientan, lo mejor que podemos hacer es amarlos. Cuando sabemos amar, la mayoría de mentiras son innecesarias.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright