La gratitud

La gratitud es una forma de amor. Una especie de amor de "retorno". Es un modo espontáneo de devolver o "pagar" con amor el amor previamente recibido. Se trata, en última instancia, de amor compartido.

La gratitud no es solamente un sentimiento. Como toda forma de amor, se expresa también -se demuestra- explícitamente mediante palabras y hechos. La gratitud implica dar. Por otro lado, no hay que confundirla con el deber o la culpa, motivos por los que muchas personas fingen ser "agradecidas". No. La verdadera gratitud nace de la alegría de haber sido amados; de la poderosa generosidad de estar llenos de amor aquí y ahora. Por eso la gratitud dice: "¡me entusiasma darte amor porque lo mereces y lo tengo!".

Ahora bien, ¿qué sucede si fuimos poco amados? Entonces no dispondremos de suficiente amor para retornar, estaremos vacíos, nos volveremos tacaños de amor, "ingratos". La ingratitud es un síntoma de profundas carencias afectivas. A menudo forma parte de la inmadurez emocional, algo que llamamos "fijación oral", esa imperiosa necesidad de millones de personas de sólo pedir, recibir, exigir más y más, succionar pasiva e ilimitadamente como bebés insaciables, siempre con el menor esfuerzo posible y a cambio de casi nada. Porque no fueron amados a su debido tiempo.

Así lo vemos, por ejemplo, en esa fascinación de tantas personas por las rebajas y cuanto es barato o gratuito. En el afán acaparador. La afición por las apuestas y loterías. Los victimismos y reclamaciones de todo tipo. Las dependencias emocionales. La explotación emocional de los hijos. La adicción a internet -ese inmenso proveedor de servicios y entretenimientos gratuitos-. Las trampas y corruptelas. El abuso de favores, préstamos y ayudas. Etcétera.

Si queremos, pues, individuos y sociedades con más sentido de la gratitud, necesitamos infancias mucho más amorosas. Necesitamos terapias que ayuden a la gente a superar en lo posible sus fijaciones orales. Necesitamos valores que potencien la generosidad, los vínculos, la responsabilidad. De lo contrario, el mundo seguirá siendo un pozo de egocentrismos.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright