El problema del optimismo

El optimismo es una obsesión de nuestro tiempo. Políticos, periodistas, expertos, redes sociales, todos se entregan con embriaguez a él. El optimismo es un excelente anestésico, un euforizante, la mejor defensa, junto con la "esperanza", contra el miedo y la incertidumbre. Y también ha invadido la Psicología. Parece que, si no eres debidamente optimista, entonces estás deprimido o aún no te has "curado"... Pero, ¿y si el optimismo, además de sus opiáceas ventajas, también tiene sus inconvenientes? ¿Y si éstos contribuyen a perpetuar muchos males psicológicos y sociales?

Ser optimista significa enfatizar los aspectos positivos de las cosas, o proyectar nuestros deseos de que tales aspectos positivos realmente existan, al precio de minimizar o ignorar los factores negativos que también están ahí. El optimista sólo puede mirar, invocar lo bonito porque no lograr soportar lo feo de la vida. No tiene, por tanto, una visión completa del mundo, sino sólo parcial e incluso idealizada. Por eso el optimismo es, en definitiva, una coraza neurótica incompatible con el crecimiento personal, la psicoterapia y la sabiduría.

El optimismo, al protegernos del indispensable mecanismo de defensa que es el miedo, nos impide afrontar y resolver debidamente las causas de nuestros problemas personales y sociales. De este modo, tales problemas, siempre pendientes de solución, tienden a agravarse y/o cronificarse. Por ejemplo, una de las cosas que más temen los políticos es el "alarmismo" social, es decir, el miedo de la gente, que es precisamente uno de los pocos motores que podrían revolucionarla contra el sistema. Muchos terapeutas frenan el miedo (y la ira) de sus pacientes hacia sus familias patológicas, porque dichas reacciones cuestionarían peligrosamente uno de los fundamentos intocables de la sociedad...  Etcétera. ¿Y cómo reprimen unos y otros el miedo de las personas? Mediante el optimismo.

El optimismo es, así, una defensa individual y sociopolítica contra el miedo legítimo de la gente y su potencial de acción. Y es también, por tanto, un mecanismo represor, un opio social y una forma de parálisis colectiva.

Otra cosa muy distinta es, en cambio, la confianza. Así como el optimismo es mera ilusión, la confianza nace del conocimiento real de las cosas y personas. Por ejemplo, si sabemos que un deportista está bien entrenado, o el luchador de cualquier batalla está lleno de recursos (habilidad, experiencia, coraje, etc.), podemos confiar en él, es decir, suponerle muchas posibilidades de victoria... pese a no estar seguros de ello. Quizá gane o quizá no. O tal vez incluso resulte destruido... Pero es precisamente esta duda, esta lúcida y valiente aceptación de la incertidumbre, la que constituye una de nuestras grandezas. Y la que nos ofrece nuestra única oportunidad de luchar y acaso triunfar en la vida.  (1)  Lo otro, el optimismo, es mero sueño.

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1. El médico, el cirujano, el ingeniero, el abogado, el artista, el astronauta, etc., no necesitan ser "optimistas" en sus labores, sino sólo diestros y seguros de sí mismos pese a los riesgos del destino. ¡Ay de ellos -y de nosotros- si su principal cualidad sólo fuese el optimismo!  

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright