El problema del optimismo

El optimismo es una obsesión de nuestro tiempo. Políticos, periodistas, expertos, redes sociales... Todos se apuntan. El optimismo es un gran motivador, un euforizante, una excelente defensa  contra el miedo y la incertidumbre. Ha invadido incluso la Psicología. Parece que, si no eres correctamente optimista, entonces estás deprimido o aún no te has "curado"... Pero, ¿y si el optimismo, pese a sus ventajas en algunos ámbitos, también tiene sus inconvenientes? ¿Y si éstos superasen a sus beneficios y contribuyesen a perpetuar muchos males psicológicos y sociales?

Ser optimista significa enfatizar los aspectos positivos de las cosas, aunque los negativos también están ahí. El optimista suele nombrar casi únicamente lo favorable, minimizando todo lo demás. (La postura inversa es el pesimismo). Ahora bien, ¿por qué deberíamos empeñarnos en mirar sólo los aspectos agradables de las cosas y no también sus demás colores? La única respuesta posible es el miedo. El rechazo a toda faceta de la realidad que pueda dolernos. El optimismo es, por consiguiente, un síntoma neurótico. Una coraza incompatible con el crecimiento personal, la psicoterapia y la sabiduría.

He visto a terapeutas optimistas prohibir a sus pacientes la queja, la ira, la tristeza, las acusaciones contra los padres violentos, etc. Los he visto engañarlos con bálsamos del tipo "la vida es hermosa, has venido al mundo a aprender, tú eliges a tus padres, tu familia te ama, puedes conseguir lo que desees, lo que das a la vida ésta te lo devuelve, sonríe siempre, todo es mental, todo es amor, todo es energía... ". Etcétera. Pero todos sabemos que, en el fondo, nada de esto funciona. (1)

Una cosa es nuestra indispensable confianza realista en nosotros mismos y en la vida. Pero otra muy distinta es el optimismo. Esa ilusión (parecida a rezar o a la esperanza) que utilizamos indiscriminadamente para minimizar o encubrir el sufrimiento. Por ejemplo, cuando el terapeuta optimista apremia a su cliente a ser "positivo", ¿no está negándole su derecho al dolor, rechazando sus heridas, dificultando su genuina (y lenta) aireación y sanación? ¡Está reprimiéndolo aún más! ¿Y por qué el terapeuta hace eso? Obviamente porque, sin darse cuenta, teme su propio lado oscuro.

El risueño optimismo está por todas partes. Es un opio social. Los optimistas niegan sus miedos e impotencias; desdeñan la existencia y gravedad de muchos problemas, etc., contribuyendo así a empeorarlos. Y cuantos más problemas hay, más optimismo hace falta. Es una perpetua ocultación de la realidad. Una loca fuga hacia adelante.

La alternativa al dolor humano no es el optimismo, ni tampoco el pesimismo o las gafas de cualquier otro color. Es la conciencia. Y, como antes decíamos, la confianza en la vida y en nosotros mismos. (2)

__

1. Al menos en el nivel de la psicoterapia. Véase Psicoterapia y espiritualidad.  

2. Por ejemplo, para ganar cualquier batalla necesitamos lucidez y confianza en nuestros recursos (habilidad, entrenamiento, experiencia, fuerzas, coraje). Aún así, puede que ganemos o perdamos, y la aceptación de esta duda forma parte precisamente de dichos recursos. El "optimismo" es superfluo. 

Presentación  •  Enfoque  •  Servicios  •  Artículos  •  Libros  •  Más Info  •  Contacto
JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright