La sobreprotección

Muchas personas no logran diferenciar el necesario amor protector de la nociva  sobreprotección. O no se dan mucha cuenta de los terribles daños de ésta. La sobreprotección puede ser ciertamente tan destructiva como el maltrato porque es, de hecho, una forma de abuso.

La sobreprotección es un sucedáneo del amor. Consiste en imponer al otro (con la excusa de amarlo, de hacerlo "por su bien") lo que realmente no pide y/o no necesita. Por ejemplo, sobreprotegemos a alguien cuando insistimos en darle ayudas, consejos, órdenes o prohibiciones para "protegerlo" de cualquier dificultad que, en rigor, el sujeto mismo puede (si quiere) resolver. O cuando lo agobiamos con mimos, halagos, regalos o comodidades para disimular nuestra falta real de disponibilidad amorosa. En ambos casos, fingiendo amar, sólo estamos faltándole al respeto, implantándole nuestra voluntad, violentándolo con nuestra neurosis. Y dañándolo. Porque algunos de los mensajes inconscientes que deslizamos a nuestros sobreprotegidos son los siguientes:

  • No te considero lo bastante valioso, hábil o inteligente para valerte por ti mismo
  • No confío en ti
  • Yo soy mejor que tú
  • Aprende a obedecerme
  • Las cosas se hacen a mi manera
  • Tengo miedo de que seas mejor que yo
  • No logro controlar mis miedos o afanes de mandar y necesito dominarte ("sobreprotegerte") para calmarme
  • Me siento culpable de no saber quererte y por eso sobreactúo mi amor o lo sustituyo por dinero u objetos
  • Necesito convencerme a mí mismo/a de que te amo
  • etc.

La sobreprotección, en fin, con la excusa de "cuidar" al otro, sólo tiende a cortarle las alas. Es una forma de engaño y dominación. Un fraude de amor

Las víctimas sobreprotegidas suelen sentirse -sobre todo a largo plazo- inseguras, miedosas, acomplejadas, reprimidas emocionalmente, con baja tolerancia a las frustraciones y/o graves problemas para relacionarse. Dudan de sus deseos y sentimientos, que no se atreven a expresar y realizar. Muchas aprenden a ser narcisistamente pasivas y dependientes o, al revés, exigentes o incluso tiránicas. En el fondo están resentidas contra sus sobreprotectores, a quienes no suelen "agradecer" los favores recibidos porque saben secretamente que no son genuinamente amadas... Pero nunca se atreverán a quejarse, pues, ¿quién tendría "derecho" a lamentarse de unos sobreprotectores tan solícitos y sacrificados?

Una clave para distinguir la sobreprotección del amor sano es que el segundo implica siempre respeto, confianza en la otra persona, consideración hacia su dignidad y autonomía. Incluye también nuestra capacidad de soportar sus errores, de aceptar su derecho a equivocarse (y sufrir las consecuencias de ello); y asimismo nuestra paciente admiración frente a sus particulares ritmos y formas de aprendizaje. Amar es, en suma, acompañar al otro en el descubrimiento de sus propias experiencias y responsabilidades. Sin agobiarlo ni llenarlo con las nuestras.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright