¡Mira la mirada de los niños!

















Somos animales mamíferos, lo que significa que nacemos prematuramente y dependemos por completo, durante mucho tiempo, de los tiernos cuidados de nuestra madre. Lo mismo sucede con perros, gatos, ciervos, gorilas, ballenas, ratones, leones, canguros o elefantes. El abrazo materno, cargado de seguridad y alimento,  es la prolongación de la matriz, la larga fase de transición adaptativa desde la blanda felicidad amniótica hasta el duro mundo real. Ésta es nuestra identidad mamífera; esto es lo que somos. Por ello, aunque la duración de la infancia o dependencia cría-madre es distinta en cada especie, cuanto más cálida y segura sea dicha relación, tanto más suave y progresivo será el posterior destete, y mejor será la maduración psicofísica del individuo. Su feliz integración en el mundo. La infancia de los seres humanos dura, o debería durar, hasta la adolescencia.

Pero muchas culturas, incluida la nuestra, perdieron hace ya siglos la mayoría de los instintos mamíferos de crianza. Por razones supersticiosas, neuróticas, socioeconómicas, etc., millones de mujeres y hombres dejaron de saber parir, amamantar, abrazar, comprender, empatizar, criar a sus hijos. Por eso millones de seres humanos han vivido -y viven- infancias no ya negativas, sino terroríficas; o son arrancados de éstas prematuramente, truncándose así su maduración para siempre. Por eso la edad emocional de muchísimas personas no pasa de 2, 3, 5 ó 13 años.

Las pruebas de todo esto puedes hallarlas, lector, en las miradas de la gente.

No hace falta ser vidente o psicoanalista para descubrir el inmenso y antiguo dolor de tantas personas. Simplemente observa con discreción sus miradas (sobre todo cuando ellos están distraídos y creen que nadie los mira), y comprenderás. En la calle, en el metro, en el autobús, en los programas y entrevistas de televisión, en las películas, en las guarderías, en las escuelas, en las cárceles, en las actividades deportivas y culturales, en las oenegés, en las tiendas de fotografía (donde se ven fotos de bodas y comuniones), en vuestros álbumes familiares, quizá en tus propios hijos... Mira a tu alrededor; están por todas partes. Amas de casa, taxistas, actores, modelos, peluqueras, adolescentes, clientes en los bares, escritores, cajeras, inmigrantes, políticos, periodistas... Y también, por supuesto, niños, muchísimos niños. 

¿Qué verás, lector, en los ojos de la gente? Verás miradas apagadas, tristes, inexpresivas. Miradas frías, alucinadas, ausentes. Miradas desconfiadas, esquivas, temerosas. Miradas furiosas, retadoras, resentidas. Miradas tensas, rígidas, paralizadas. Miradas con mezclas variadas de todo ello. Y pensarás: ¿cómo es posible todo esto, tanto dolor, tantos dramas interiores? Un motivo es, en mi opinión, nuestro empeño en olvidar que somos precisamente mamíferos con todas nuestras necesidades inherentes frustradas. Es decir, animales huérfanos, desgarrados, maltratados, hambrientos, trastornados.

Algunos ejemplos. Vemos a una joven pareja ignorar el llanto rabioso de su bebé en el carrito y nos parece lo más normal del mundo. Vemos a una madre llegar todos los días a casa a las 9 de la noche (no importan los motivos) y nos parece lo más natural. Vemos a bebés de meses o pocos años abandonados en guarderías impersonales y nos parece moderno. Vemos un bebé gritando en un cuarto oscuro y alguien afirma con dureza: "¡que se acostumbre!". Vemos un niño que pide ser tocado y abrazado y los padres se quejan: "¡siempre quiere lo mismo!"... Etcétera. Y es que quizá sepamos criar perros o gatos, pero no niños. Es la catástrofe emocional del homo sapiens. Y la llamamos "civilización".

Nunca hubo tarea más urgente que descubrir de una vez por todas quiénes somos y qué necesitamos íntimamente para ser felices. Nuestra soberbia cultural nos hizo creer durante siglos que somos animales "racionales", cuando realmente somos animales sensitivos. Por eso estamos vivos. No somos una "supercabeza con cuerpo", sino un corazón que segrega, entre otras cosas, eso que llamamos "pensamientos". Por ello, si anhelamos la más mínima paz y bienestar en el mundo, lo primero que necesitamos no son más políticos, líderes, etc., sino aceptar de una vez por todas nuestra verdadera naturaleza y sus necesidades. La fundamental de todas las cuales es el amor. Y el primero de cuyos requisitos es la crianza afectuosa de los niños. 

Por tanto, lector, si buscas la felicidad, aprende a observar la mirada de los niños. De tus hijos, tus hermanos, tus sobrinos, tus nietos, tus alumnos. Más aún, del "niño interior" de los adultos que te rodean: tu pareja, tus padres, tus amigos, tus vecinos, tus compañeros de trabajo. Y todavía más: mira en el espejo tu propia mirada para descubrir qué clase de huérfano eres tú... Contempla el desamor en todos esos semblantes. Después, acepta, entiende, respeta, cuida cuanto puedas de todos ellos, comenzando por ti mismo. Estarás amando. Sin tu amor, ya es tarde para todo.

Somos animales mamíferos, lo que significa que nacemos prematuramente y dependemos por completo, durante mucho tiempo, de los tiernos cuidados de nuestra madre. Lo mismo sucede con perros, gatos, ciervos, gorilas, ballenas, ratones, leones, canguros o elefantes. El abrazo materno, cargado de seguridad y alimento, es la prolongación de la matriz, la larga fase de transición adaptativa desde la blanda felicidad amniótica hasta el duro mundo real. Ésta es nuestra identidad mamífera; esto es lo que somos. Por ello, aunque la duración de la infancia o dependencia cría-madre es distinta en cada especie, cuanto más cálida y segura sea dicha relación, tanto más suave y progresivo será el posterior destete, y mejor será la maduración psicofísica del individuo. Su feliz integración en el mundo. La infancia de los seres humanos dura, o debería durar, hasta la adolescencia.

Pero muchas culturas, incluida la nuestra, perdieron hace ya siglos la mayoría de los instintos mamíferos de crianza. Por razones supersticiosas, neuróticas, socioeconómicas, etc., millones de mujeres y hombres dejaron de saber parir, amamantar, abrazar, comprender, empatizar, criar a sus hijos. Por eso millones de seres humanos han vivido -y viven- infancias no ya negativas, sino terroríficas; o son arrancados de éstas prematuramente, truncándose así su maduración para siempre. Por eso la edad emocional de muchísimas personas no pasa de 2, 3, 5 ó 13 años.  

Las pruebas de todo esto puedes hallarlas, lector, en las miradas de la gente.

No hace falta ser vidente o psicoanalista para descubrir el inmenso y antiguo dolor de tantas personas. Simplemente observa con discreción sus miradas (sobre todo cuando ellos están distraídos y creen que nadie los mira), y comprenderás. En la calle, en el metro, en el autobús, en los programas y entrevistas de televisión, en las películas, en las guarderías, en las escuelas, en las cárceles, en las actividades deportivas y culturales, en las oenegés, en las tiendas de fotografía (donde se ven fotos de bodas y comuniones), en vuestros álbumes familiares, quizá en tus propios hijos... Mira a tu alrededor; están por todas partes. Amas de casa, taxistas, actores, modelos, peluqueras, adolescentes, clientes en los bares, escritores, cajeras, inmigrantes, políticos, periodistas... Y también, por supuesto, niños, muchísimos niños.   

¿Qué verás, lector, en los ojos de la gente? Verás miradas apagadas, tristes, inexpresivas. Miradas frías, alucinadas, ausentes. Miradas desconfiadas, esquivas, temerosas. Miradas furiosas, retadoras, resentidas. Miradas tensas, rígidas, paralizadas. Miradas con mezclas variadas de todo ello. Y pensarás: ¿cómo es posible todo esto, tanto dolor, tantos dramas interiores? Un motivo es, en mi opinión, nuestro empeño en olvidar que somos precisamente mamíferos con todas nuestras necesidades inherentes frustradas. Es decir, animales huérfanos, desgarrados, maltratados, hambrientos, trastornados.

 

Algunos ejemplos. Vemos a una joven pareja ignorar el llanto rabioso de su bebé en el carrito y nos parece lo más normal del mundo. Vemos a una madre llegar todos los días a casa a las 9 de la noche (no importan los motivos) y nos parece lo más natural. Vemos a bebés de meses o pocos años abandonados en guarderías impersonales y nos parece moderno. Vemos un bebé gritando en un cuarto oscuro y alguien afirma con dureza: "¡que se acostumbre!". Vemos un niño que pide ser tocado y abrazado y los padres se quejan: "¡siempre quiere lo mismo!"... Etcétera. Y es que quizá sepamos criar perros o gatos, pero no niños. Es la catástrofe emocional del homo sapiens. Y la llamamos "civilización".

Nunca hubo tarea más urgente que descubrir de una vez por todas quiénes somos y qué necesitamos íntimamente para ser felices. Nuestra soberbia cultural nos hizo creer durante siglos que somos animales "racionales", cuando realmente somos animales sensitivos. Por eso estamos vivos. No somos una "supercabeza con cuerpo", sino un corazón que segrega, entre otras cosas, eso que llamamos "pensamientos". Por ello, si anhelamos la más mínima paz y bienestar en el mundo, lo primero que necesitamos no son más políticos, líderes, etc., sino aceptar de una vez por todas nuestra verdadera naturaleza y sus necesidades. La fundamental de todas las cuales es el amor. Y el primero de cuyos requisitos es la crianza afectuosa de los niños. 

Por tanto, lector, si buscas la felicidad, aprende a observar la mirada de los niños. De tus hijos, tus hermanos, tus sobrinos, tus nietos, tus alumnos. Más aún, del "niño interior" de los adultos que te rodean: tu pareja, tus padres, tus amigos, tus vecinos, tus compañeros de trabajo. Y todavía más: mira en el espejo tu propia mirada para descubrir qué clase de huérfano eres tú... Contempla el desamor en todos esos semblantes. Después, acepta, entiende, respeta, cuida cuanto puedas de todos ellos, comenzando por ti mismo. Estarás amando. Sin tu amor, ya es tarde para todo.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright