El amor romántico

Desde el siglo XIX, contra la práctica de los matrimonios concertados o por conveniencia, se fue extendiendo la costumbre del emparejamiento "por amor". El culto al enamoramiento o amor "romántico". Aún seguimos suponiendo que sólo éste garantiza la autenticidad, felicidad y duración de las relaciones de pareja... Pero, al margen de los mitos de Hollywood, poetas y demás idealizadores del amor, ¿es esto así?

Si lo observamos con atención, descubrimos en seguida que el enamoramiento -el amor romántico o "romanticismo"- es psicodinámicamente un delirio. Consiste básicamente en una mezcla de fantasías ingenuas sobre la otra persona y sobre el amor mismo, las cuales nos impiden ver y aceptar al otro/a tal como es. Este delirio, aislándonos de la realidad, nos imposibilita, en efecto, amar y tomar decisiones lúcidas (p. ej., casarnos), de modo que cuando, con extremada frecuencia, descubrimos nuestro error, ya suele ser demasiado tarde. El amor romántico es, en otras palabras, una forma de alienación que, pese a su inmensa popularidad, obstaculiza gravemente nuestra capacidad de amar.

He aquí, por ejemplo, algunos rasgos psicodinámicos típicos del enamoramiento:

  • proyectamos sobre el otro/a lo que nosotros mismos somos o nos gustaría ser;
  • nos identificamos con aquellos de sus aspectos similares a los nuestros;
  • idealizamos o sobreestimamos sus cualidades;
  • negamos o minimizamos sus defectos para que encajen con nuestras expectativas;
  • idealizamos el deseo sexual que nos suscita;
  • idealizamos nuestra envidia, nuestras carencias y nuestras dependencias emocionales;
  • repetimos (idealizadamente) nuestro pasado edípico;
  • autoafirmamos nuestro narcisismo (anhelo de seducir, controlar, poseer, ser admirados o halagados, etc.);
  • no logramos percibir nuestras verdaderas afinidades e incompatibilidades con la pareja;
  • no logramos (distraídos por la euforia) percibir ni satisfacer algunas de nuestras carencias básicas, ni las de la otra persona;
  • agrava nuestras inseguridades (celos, complejos, dependencia, ansiedades...);
  • etc.

Obviamente, cuanto más numerosas,  potentes e inconscientes son estas dinámicas, tanto más "apasionadamente" nos enamoramos. Por eso los enamorados, contra lo que cabría esperar del amor, suelen sufrir mucho. Y por eso, cuanto más nos enamoramos, más lejos nos hallamos de amar. El enamoramiento es, paradójicamente, un fenómeno narcisista. Un impedimento -y una resistencia- para estimar.

Frente a esta especie de "intoxicación" sentimental que es el romanticismo, tenemos el amor real. ¿En qué consiste? Evidentemente, el amor no puede surgir jamás de fantasías, idealizaciones, excitaciones u otras negaciones/escapismos de la realidad. Muy al contrario, como sucede en la crianza o la amistad, el amor sólo nace a partir de un genuino conocimiento objetivo de la otra persona. Precisamente porque la vemos tal como es -o sea, sin anteojeras euforizantes-, podemos respetarla, comprenderla, cuidarla, unirnos realistamente a ella. No la amamos porque estemos "enamorados" de ella sino, muy al revés, cuanto más la amamos más nos "enamora". No en el sentido romántico del término, sino en otro mucho más genuino y profundo: como cuando decimos que estamos enamorados de nuestros hijos, nuestra profesión, nuestra música favorita, etc.

En resumen, el verdadero amor no nace de la alienación, sino de la mayor consciencia posible. Sólo así podemos establecer lazos psicoafectivos auténticos que nos permiten crecer juntos. Algo muy alejado, como vemos, del amor romántico de los poetas.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright