El amor es cosa de perros

Todos los seres humanos podemos clasificarnos en dos tipos fundamentales: los predominantemente amorosos y los predominantemente narcisistas. Es decir, los que tienden a relacionarse, amar y ser amados desde una actitud vinculante e interdependiente. Y los que, por el contrario, tienden a permanecer "independientes" desde una actitud más o menos egocéntrica y dominante. Es una forma práctica de verlo. Naturalmente, sólo los primeros, dejándose nutrir por el amor de los demás, podrán eventualmente sanar sus heridas emocionales y crecer. Los segundos tenderán a la inmovilidad -ya sea en el amor, en la psicoterapia o en la vida- para no renunciar a las ventajas de su narcisismo. El problema es que ambos tipos de personas, amorosas y narcisistas, suelen atraerse. Y por esos sus relaciones se convierten a menudo en tremendas luchas de "perros y gatos".

El perro es una buena metáfora de la persona amorosa: se trata de un animal esencialmente sociable, dependiente, cooperativo, cuidador. Necesita no simplemente comida y cobijo, sino también relaciones afectivas y sociales. El gato, en cambio, simboliza muy bien la personalidad narcisista: es individualista, egocéntrico, dominante. El gato no se "relaciona" emocionalmente contigo; se limita a tomar lo que tú le das (comida, comodidades, mimos). De este modo, si una persona-perro se relaciona demasiado con una persona-gato, con gran probabilidad la primera acabará defraudada y la segunda muy agobiada. Por su parte, las relaciones entre personas-gato tienden a ser superficiales y, naturalmente, muy conflictivas. Sólo las personas-perro estarán, en principio, mejor capacitadas para amarse. Por eso, en vez de lamentarnos y acusar a los demás de nuestros fracasos amorosos, sería mejor preguntarnos qué tipo de "animales" somos (¿perros o gatos?), y con qué clase de personas nos relacionarnos.  

Las personas-gato, como niños muy asustados, tienden a refugiarse tras una coraza de orgullo, dominio, hostilidad, afanes seductores y manipuladores... Su prioridad  es gratificarse, lucirse, mandar, ganar; por eso les cuesta empatizar con los demás. Las personas-perro también son como niños asustados, pero no buscan refugio tanto en sí mismas cuanto en el afecto que ansían de los demás. Por ello tienden a ser más confiadas, dependientes, complacientes, amistosas; su prioridad es obtener aceptación, cariño e intimidad. Si no se exceden en sus miedos, renuncias y sentimientos de culpa, están más cerca del amor que las personas-gato.

En rigor, todas las personas somos más o menos "gato" o "perro" en distintos momentos y circunstancias. La verdadera cuestión es, pues, "¿que animal soy la mayor parte del tiempo?" Hay un truco orientativo para averiguarlo. Si cuando alguien te deja, básicamente te deprimes, eres perro. Si principalmente te enfadas, eres gato.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright