El falso perdón

Nuestra civilización, basada durante siglos en las ideas morales de pecado, perdón, etc., sigue defendiendo la necesidad, o incluso la obligatoriedad, de perdonar a nuestros ofensores. Oímos sin cesar "perdona y te curarás", "sé bueno y perdona", "perdona y olvida", etc. Sin embargo, ¿es tan fácil perdonar, al margen de la buena intención con que lo pretendemos? ¿Qué es realmente el perdón y cómo podemos perdonar sinceramente? Para comprenderlo debemos examinar la psicodinámica de la ofensa recibida.

Cuando alguien nos daña, experimentamos tres cosas: 1) dolor; 2)  rabia (con su deseo inevitable de devolver el golpe); 3) humillación (orgullo, narcisismo heridos). El dolor puede ser leve o moderado y, a la larga, desaparecerá. La rabia podemos administrarla de muchas formas (p. ej., descargarla contra el agresor, derivarla a terceros, reprimirla...), y por ello también puede ser transitoria. Pero la humillación será más difícil de olvidar porque depende directamente de nuestra madurez psicoafectiva. Cuanto más débiles, infantiles y narcisistas somos, tanto más duraderos son nuestros rencores...  ¿En qué consistirá, entonces, perdonar de verdad? Consistiría en superar espontáneamente el dolor, la rabia y el resentimiento. Y para lograrlo no hay trucos moralistas o pseudoterapéuticos. La única vía es: 1) compartir nuestro dolor, 2) expresar nuestra ira y 3) crecer interiormente.

Mucha gente aspira a perdonar, o cree haber perdonado, sin recorrer ninguna de tales etapas. O, como mucho, vivencian la primera, pero escasamente la segunda y mucho menos la tercera. Simplemente realizan un esfuerzo intelectual de "comprensión" de la persona ofensora, añaden una buena dosis de autosugestión compasiva y optimismo superficial y... poco más. Ya creen haber perdonado. Pero los síntomas neuróticos (miedos, bloqueos, ansiedades, tristezas...) de estas personas suelen persistir. Lo que evidencia que su perdón sólo ha sido un simulacro.

Hay otras señales del fraude. Por ejemplo, mucha gente dice: "yo perdono pero no olvido", frase contradictoria que sólo significa: "sigo dolido y enfadado, pero lo disimulo". Otros dicen: "yo perdono a Z porque entiendo sus errores y además debo responsabilizarme de mí mismo", lo que secretamente quiere decir: "reprimo mi ira porque me han dicho que debo comprender y seguir adelante". Otros afirman: "el perdón devuelve la paz y cura los sentimientos negativos", olvidando que todos los sentimientos son positivos y que la recuperación de la paz no es el efecto, sino el requisito para el perdón. Otros muchos, tras leer libros de autoayuda o haber realizado terapias "conciliadoras", se preguntan: "¿Por qué sigo sintiéndome mal, si ya perdoné?"... Etcétera.

La verdad es que, como decíamos, no hay atajos hacia el perdón. No podemos perdonar sin recorrer necesariamente los tres escalones del dolor, la ira y la maduración. Pues, como afirmó rotundamente Alice Miller en relación a la familia, "el auténtico perdón no bordea la rabia sin tocarla, sino que pasa a través de ella". Por eso el perdón auténtico es, en definitiva, un lujo de las personas más sinceras, valientes y desarrolladas. Lo otro, simular el perdón desde el miedo, la culpa, el deber moral o sus supuestos efectos "terapéuticos" es esencialmente un autoengaño. Una defensa. Un síntoma más de nuestra neurosis individual y social.


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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright