¿Qué es un neurótico? (y 3)

La destrucción del amor

Sabemos que la neurosis es un estado de sufrimiento e inmadurez emocionales, secuela del maltrato familiar a los niños. Ahora bien, dada la absoluta universalidad de esto, podemos preguntarnos: ¿qué es la familia?

Etimológicamente, el término "familia" proviene del latín familia, derivado de famulus ("siervo", "esclavo)", que era el conjunto de esclavos y parientes que constituía el patrimonio del pater familias (dueño, padre). La autoridad de éste incluía su derecho de vida y muerte sobre los miembros familiares (1). Esto significa que, si los hijos han sido tradicionalmente una propiedad familiar (y no sólo en nuestra civilización), entonces innumerables generaciones han sido violentadas en el secreto de los hogares de todas las formas posibles (infanticidio, abandono, abuso físico, sexual y emocional, explotación, etc.), tal como describe, p. ej., La evolución de la infancia de Lloyd deMause. Y sigue sucediendo. El resultado sólo pueden ser sociedades compuestas por gentes temerosas, sumisas, frustradas, rabiosas, vacías, trastornadas.

La neurosis es, así, una secuela de la civilización, pero también su requisito. Igual que no hay tauromaquia sin debilitar previamente al toro con picas y banderillas, tampoco hay estados sin destrucción previa del alma de los individuos. Las criaturas rotas son más fácilmente manipulables y obedientes. Para lograrlo, los estados encargan a sus delegaciones básicas -las familias sin amor- la mutilación psicológica de los niños. 

La neurotización humana es una necesidad política. Por eso el amor siempre ha sido "peligroso", subversivo, revolucionario. El amor produce individuos psicológicamente fuertes, autónomos, poderosamente vinculados y solidarios, responsables de sí mismos y de los demás. La gente bien amada no tiene miedo, no es sobornable, no necesita comprar su "salvación" a nadie, pues ya está salvada. De ahí que los estados, sobre todo en la actualidad, bombardeen sin cesar el amor de muchas maneras. Por ejemplo:

  • fomentan valores basados exclusivamente en el ego, el control y el dinero;
  • promueven el odio;
  • destruyen las relaciones socavando lo familiar y promoviendo lo evasivo, lo virtual, los sucedáneos del amor, etc.;
  • estimulan el miedo;
  • desarraigan a grandes masas humanas;
  • infantilizan a las poblaciones;
  • divulgan sólo lo feo y siniestro del mundo;
  • etc. (2)

El amor debe impedirse, en fin, porque obstaculiza el dominio de los poderosos.

En consecuencia, la neurosis es el "combustible" del mundo. Lo mueve todo: la política, la economía, las artes, la filosofía, la religión, la ciencia, la tecnología... Sin masas humanas emocionalmente truncadas, inmaduras, asustadas, insatisfechas, dolientes, resentidas, envidiosas, codiciosas, etc., ¿cómo sería posible, en efecto, la característicamente febril, rentable y destructiva actividad humana?

Desamor, locura y estado son términos casi sinónimos. En mi opinión, si pudiésemos inyectar sólo un poco de amor real en nuestras familias, nuestras amistades, nuestros colectivos, nuestras instituciones, nuestros medios de comunicación, nuestras políticas, nuestras teorías, nuestros oficios, etcétera, las cosas podrían mejorar mucho a medio plazo. Y un mundo mucho más habitable sería posible.

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1. Agradezco esta observación a Alejandro Garrido, mi querido filólogo en lenguas clásicas.

2. Fijémonos en que el amor casi ha desaparecido del discurso social. Los expertos en salud mental no hablan de amor, sino de genes, neuronas y comportamientos. Los políticos no hablan de amor, sino de leyes. Las religiones no hablan de amor, sino de dogmas y obediencia. Los medios de comunicación no hablan de amor, sino de conflictos. Los entretenimientos no hablan de amor, sino de sexo y violencia. Las redes sociales no hablan de amor, sino de todo lo anterior... Etcétera. Los estados, por acción u omisión, sólo favorecen las ideas y hechos relacionados con el ego, la rabia y el dinero.


Ver también:
¿Qué es un neurótico? (1): El niño que sufre
¿Qué es un neurótico? (2): El niño violentado

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  Barcelona   •  © Copyright