¿Qué es un neurótico? (2)

El niño violentado
En el artículo anterior definimos la neurosis en un sentido analítico, meramente descriptivo. Pero, ¿cuál es, en esencia, el origen de las neurosis? Dejando a un lado las teorías biologistas (que no compartimos aquí en absoluto), sus causas son evidentemente psicofamiliares y, en última instancia, sociales y políticas.

La más elemental y desprejuiciada exploración de las vidas de los neuróticos revela, en efecto, que la mayoría de ellos sufre graves heridas emocionales (conscientes e inconscientes) debidas a distintos tipos y grados de maltrato infantil. Este maltrato hay que entenderlo en su sentido más amplio, desde lo más sutil a lo más criminal. Psicodinámicamente, es maltrato toda negación de las necesidades intrínsecas del niño, que podemos resumir así:

  1. Necesidades de seguridad (cuidados físicos, protección, tranquilidad, estabilidad)
  2. Necesidades afectivas (ternura, empatía, valoración, apoyo)
  3. Necesidades de autonomía (respeto, progresiva independencia física, emocional, intelectual y social)

La satisfacción de estas necesidades es indispensable por parte de la familia y cuidadores de los niños, como única forma de asegurar su sana maduración. Estas satisfacciones deben ser obviamente sinceras (no fingidas ni forzadas) y permanentes (estables, sin altibajos ni interrupciones). Cuanto más precoz, intensa y/o prolongadamente se aleja la crianza humana de estas condiciones ideales, tanto más graves y numerosas son las secuelas en el desarrollo psicoafectivo, es decir, los trastornos neuróticos que se derivarán. 

Alice Miller resumió magistralmente la "cronología" o fases que caracterizan este proceso de deterioro psicoafectivo (1):

  1. El niño recibe una serie de daños (desamor, agresiones, desprecios, pérdidas, etc.) entre los 0 y los 13 años.
     
  2. El niño reprime (es decir, se "traga") instintiva e inconscientemente sus emociones al respecto (dolor, miedo, ira, odio, culpa, soledad, vergüenza...) para no perder el supuesto amor de su familia, a la que necesita idealizar y cuyos errores minimiza o finge "olvidar" para no sufrir.
     
  3. El niño, a medida que crece, va olvidando la mayor parte de su pasado tal como se desvanecen los sueños. Sólo perduran algunos recuerdos aislados. Pero estos recuerdos sólo son imágenes frías, desprovistas de sus emociones asociadas, que permanecen reprimidas en la sombra.
     
  4. A partir de la adolescencia o tras ciertos desencadenantes en la edad adulta (graves conflictos, frustraciones, pérdidas, etc.), el sujeto comienza a mostrar síntomas extraños (miedos, ansiedades, obsesiones, agresividad, depresión, adicciones...).
     
  5. Como el pasado ya está lejos y olvidado, nadie entiende nada. Los padres son ahora unos ancianos "inocentes" que sólo activan el sentimiento de culpa y el deseo de "perdonar" del hijo dañado. Sus síntomas se atribuyen al propio neurótico (genes, bioquímica, malos aprendizajes...), quedando así definitivamente encubierto el origen de su sufrimiento.

El drama de la neurosis es que su génesis familiar no sólo es negada por padres e hijos, sino también por muchos profesionales de la salud mental, sujetos a múltiples intereses ideológicos y económicos y también, por supuesto, a la negación de sus propios problemas familiares (2). Por eso la mayoría de psicoterapias eluden este problema. Lamentablemente, cuando un terapeuta se ocupa sólo de la sintomatología de su paciente sin afrontar su origen psicofamiliar, no podemos interpretarlo sino como un acto de encubrimiento de los perpetradores, es decir, como una traición al paciente. Somos según nos trataron. Y no hay forma alguna de soslayar esta evidencia.

La curación del neurótico exige, pues, recorrer el camino inverso del que causó la neurosis. Requiere destapar los maltratos familiares actuales y pasados; asumir las heridas sufridas; expresar las emociones y pensamientos silenciados al respecto; tomar -si es preciso- las decisiones prácticas más convenientes; afianzar su autoestima, su asertividad, la realización de sus deseos; etc. Sólo así, a medio-largo plazo, los daños emocionales tenderán a "cicatrizar" y los principales síntomas neuróticos se debilitarán por sí mismos.

El neurótico no sólo es, en fin, como vimos en el artículo anterior, un niño que sufre. También es una víctima del maltrato familiar. El reconocimiento de esta dualidad debería formar parte, a mi juicio, de la teoría y práctica de cualquier psicoterapia humanista y eficiente.

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1. Literalmente escribe: "Las distintas estaciones en la vida de la mayoría de los hombres son: 1) siendo un niño pequeño, recibir heridas que nadie considera como tales; 2) no reaccionar con ira ante el dolor; 3) testimoniar agradecimiento por los llamados "actos bien intencionados" [de los padres]; 4) olvidarlo todo; 5) al llegar a la edad adulta, descargar la ira acumulada en otras personas o dirigirla contra uno mismo". (Alice Miller, "Por tu propio bien", 1980, lectura obligada). 

2. Algunos terapeutas aún creen que es posible madurar sin resolver los conflictos familiares conscientes e inconscientes. Suponen que "todos los padres aman a sus hijos", que hicieron lo que pudieron, que es mejor "comprenderlos" y "perdonarlos", que ya es demasiado tarde e inútil para lamentarse del pasado, que lo mejor para todos es el "pensamiento positivo" y el olvido, etc. Pero estas actitudes sólo sirven para negar al cliente su acceso a la verdad, el dolor y la ira. Para seguir reprimiendo sus emociones y, por tanto, obstaculizar su sanación. Para proteger a los verdaderos responsables del drama, cuyas limitaciones no son excusa para eximirlos (como a ningún otro violento/a). Y para perpetuar, en suma, el maltrato infantil en la sociedad. 


Ver también:
¿Qué es un neurótico? (1): El niño que sufre
¿Qué es un neurótico? (y 3): La destrucción del ser humano

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  Barcelona   •  © Copyright