La negación de la locura

NOTA: Usaremos aquí el término "locura" en su sentido más amplio e incluso poético, es decir, referido a todo el arco de la psicopatología, desde las neurosis leves hasta las psicosis graves.

Hay en nuestra sociedad dos corrientes opuestas sobre los trastornos psicológicos. La primera asegura que todo lo que hace sufrir en la vida (p. ej., miedos, tristezas, obsesiones, conflictos emocionales de cualquier tipo) es "patológico", tiene causa biológica (bioquímica, genética) y debe tratarse con fármacos. La segunda corriente afirma, por el contrario, que nada es patológico ni orgánico, pues la locura -en cualquier forma y grado- "no existe" y sólo es una forma "distinta" de ser. Ambas visiones son, a mi entender, formas extremas de negar la verdadera naturaleza de la locura. Como la primera tendencia deriva claramente de intereses económicos, etc., comentaremos la segunda.

Cuando negamos -con razón- las teorías biologistas de la locura, lo que nos queda son hipótesis igualmente extrañas, como las que atribuyen aquélla a meros aprendizajes "inadecuados"  (1), o bien la consideran estados psíquicos "especiales" o incluso superiores a lo que entendemos por salud mental. Naturalmente, para lograr tan favorecedores retratos necesitamos ocultar (o al menos minimizar) los aspectos más crueles del sufrimiento psíquico y biográfico de los afectados. Por otro lado, la corrección política, que se esfuerza en "normalizar" a los trastornados, también necesita silenciar lo más desgarrador de sus padecimientos y sus vidas... El resultado de tanta ocultación es que, como negar los problemas no los elimina, la sociedad acaba totalmente confundida respecto a las perturbaciones psicológicas. Las relativiza e idealiza a su antojo; deja de distinguir lo leve de lo grave, lo benigno de lo maligno, lo legítimo de lo intolerable; y acaba creyendo con frivolidad que, "bueno, todos estamos un poco locos". Afortunadamente, en otros campos de nuestras vidas (medicina, educación, leyes) sí tenemos criterios más claros.

Los medios de comunicación están llenos de personajes evidentemente trastornados que, por lo "divertidos" o "polémicos" que resultan, suben las audiencias y se los explota ampliamente como a los antiguos monstruos de feria. Se realizan películas sobre neuróticos, psicóticos, excéntricos, tocs, tlps, psicópatas, adictos, alcohólicos, amores tóxicos, familias rotas, violencia doméstica, delincuentes, terapias, psiquiatras, etc., todo ello en tono cómico o dramático, pero casi siempre superficial y con escaso realismo psicológico (que sólo conocen quienes lo sufren o quienes lo compartimos en privado). Se escriben infinitas novelas, canciones, poemas, obras de teatro, etc., sobre los mismos temas. Se publican biografías, ensayos y tratados sobre toda clase de celebridades históricas, sin apenas mención de los trastornos emocionales que determinaron sus obras. Muchos personajes (artistas, famosos, intelectuales, agitadores, consumidores de redes sociales, políticos), obviamente bastante enajenados, deliran libremente sus ocurrencias entre aplausos... Etcétera. No existe la menor conciencia ni filtro social respecto a los estados mentales de casi nadie. Nuestra percepción de la locura es casi nula. Y, así, como en otros ámbitos sociales, "todo vale".

Las consecuencias de todo esto resultan bastante absurdas. Por ejemplo, luchamos contra el maltrato infantil, el abuso sexual, el acoso escolar. Luchamos contra la violencia doméstica, la inadaptación social, la delincuencia. Luchamos contra las adicciones, las drogas, el alcohol. Luchamos contra el odio, la rabia, la intolerancia... (O, al revés, idolatramos,  seguimos e incluso votamos a grandes locos). Pero, ciegos a lo psicoafectivo que subyace a todo ello, lo hacemos sólo con pastillas, sermones, teorías bonitas, leyes, cárceles, lavados de cerebro...; es decir, con NADA. Porque el desamor y la violencia de los que brotan nuestras perturbaciones, las causas que nos obstinamos en ignorar, siguen activas todo el tiempo en la sombra.

De modo que la locura sí es una enfermedad. No del cuerpo (como la hepatitis o el cáncer), sino del corazón, del alma, de la personalidad. No es la consecuencia de alguna desigualdad social, ni es ningún estado similar, especial o incluso mejor que el que consideramos saludable. La locura es una secuela. Es un daño, una herida, una mutilación. Es una cruel destrucción -a veces extrema y a menudo irreversible- del psiquismo. Y la causa de tal destrucción es, como saben bien los lectores de esta web, el abuso familiar de cualquier tipo y grado contra los niños. Por eso la locura, siendo profundamente dolorosa e intolerablemente injusta, debe considerarse "patológica". Es una enfermedad contra natura del ser, de la familia, de la sociedad. Es un fruto trágico y, a la vez, un motor de la interminable infelicidad humana.

Las teorías biológicas o normalizadoras de la locura son, en resumen, dos formas complementarias de cerrar los ojos, de protegernos, de huir de su origen insoportable (2). Mientras seamos incapaces de distinguir un alma devastada de un alma sin heridas, seguiremos perpetuando el sufrimiento psíquico del mundo.

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1. Esto es cierto pero no suficiente, a mi juicio, para explicar las neurosis y psicosis. 

2. Nótese que ambas visiones intentan desvincular la locura del contexto familiar en que germina. Esto forma parte de un enorme esfuerzo social por excluir a la familia de todo mal y responsabilidad, a diferencia de la justa reprobación que se practica contra otras clases de agresores. En mi opinión, una Psicología realmente honesta y científica no debería asumir este doble rasero sociopolítico, que evalúa el maltrato no en función de su gravedad y consecuencias, sino de quién lo perpetra. 


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