El mito de la adolescencia

Creemos que la adolescencia es una etapa (generalmente muy "conflictiva") en la vida de los seres humanos. Que es una fase compleja y prolongada (¡algunos autores la hacen durar hasta los 25 años!) en el desarrollo psicobiológico de las personas. Se escribe mucho sobre ella, se aconseja a las familias sobre tan "problemático" asunto, etc., como si efectivamente fuese una entidad real. Sin embargo, a mí me parece que, aunque la pubertad sí es una etapa de la maduración psicofísica, la "adolescencia" es más bien un estatus político. Una invención de una sociedad industrial que, habiendo erradicado los indispensables ritos de paso, aísla durante años a millones de jóvenes en un limbo vacío, una "tierra de nadie" en la que ni son considerados niños, ni tampoco adultos, y en la que permanecen esencialmente frustrados e infantilizados. La adolescencia es, en otras palabras, una especie de prolongación artificial de la infancia. Un innecesario estado de cuarentena que es, en el fondo, una continuación de las castraciones infantiles de toda la vida.

En lo familiar, la adolescencia es el momento de recoger los frutos de lo sembrado. Cuanto mayores fueron los abusos que los adultos perpetraron contra los niños, más "conflictiva" será su adolescencia, pues su tiempo de venganza y rebelión habrá llegado. El postpúber, siendo mucho más fuerte y hallándose muy apoyado por sus iguales fuera de la familia, ya no tiene los motivos de antes para seguir sometiéndose mansamente a los dictados sin amor de su familia. Así que aprende a desobedecer, rebelarse, autoafirmarse contra el poder familiar. Las neuróticas estructuras familiares se desestabilizan por ello dramáticamente. Los padres se enfurecen, pierden su autoridad, se desesperan. Pretenden aumentar sus controles y castigos... Y la culpa de todo es siempre de los hijos, naturalmente. O, más eufemísticamente, de su "problemática" adolescencia. 

Pero los niños que sí fueron amados, respetados y potenciados desde siempre, no sólo vivirán adolescencias mucho más "suaves", sino más cortas. Madurarán mucho antes. Disfrutarán, en comparación con esos niños artificiales llamados "adolescentes", de una enorme precocidad emocional, intelectual y espiritual. Pues los seres humanos suelen crecer mucho más rápido, brillante y poderosamente de lo que la mayoría de sus criadores están dispuestos, por sus propios intereses, a permitirles.

Además la adolescencia es un gran negocio. Una inmensa parte del consumo de ocio, modas, tecnologías, erotismo, espectáculos, drogas, viajes, deportes, etc., gira, como sabemos, en torno a los adolescentes (aunque paguen las familias). También muchas instituciones políticas (de enseñanza, deporte, ocio, control social, etc.) viven precisamente de diseñar y prolongar la inmadurez de los adolescentes. Y de prevenir y reprimir cualquier posible atisbo de su emancipación.

El adolescente es, en fin, un joven adulto aún inexperto, pero no incapaz. La mayoría de ellos están llenos de energía, sensibilidad, lucidez, curiosidad, sinceridad, honestidad... No necesitan desdenes ni sobreprotecciones, sino buenos modelos de referencia y oportunidades. Necesitan respeto, confianza, empatía, apoyo. Y evidentemente amor. La adolescencia es la última oportunidad de la familia para comunicarse genuinamente con sus hijos. Para cesar y reparar en lo posible los errores de siempre. Más tarde, los corazones de muchos adolescentes se cerrarán definitivamente. Y, en los casos más traumáticos, ya sólo quedará el último recurso de las terapias o los fármacos. 

Para saber más

De Laura Gutman:
Relacionarnos con los adolescentes
Hijos adolescentes
Adolescentes en riesgo

 
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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright