Sobre el abuso sexual infantil

Nota: Este artículo puede herir la sensibilidad de algunas personas abusadas.

No es fácil escribir sobre un tema tan extremadamente politizado como es el abuso sexual infantil. (La triste invasión de la psicología por parte de la política, como antes por parte de la moral o el espiritualismo, parecen desgracias sin remedio). Pero existe tanta confusión sobre tan complejo problema, incluso entre algunos especialistas, que al fin me animo a expresar aquí mi propia visión del asunto. Por ello, prejuicios y alarmismos a parte, propongo las siguientes consideraciones breves sobre el abuso sexual infantil.

1. ¿Qué entendemos por abuso? El término "abuso sexual" es, a mi entender, inapropiado y engañoso, pues presupone la existencia de alguna forma de coacción, intimidación o violencia. Esto es ciertamente así en muchos casos, aunque no siempre; como, al revés, también hay casos aparentemente "inocuos" que son realmente abusivos. La actividad sexual entre un adulto y un menor puede tener muy distinto significado según la edad del menor, la identidad del adulto, la clase de hecho, las circunstancias de todo tipo, etc., de modo que el grado real de "abuso" no puede generalizarse. Sólo el propio menor lo conoce.

2. ¿Qué entendemos por "infantil"? El concepto de abuso sexual infantil no discrimina entre edades. Pero es evidente que no es lo mismo un niño/a de 3, 5 ó 7 años que un adolescente de 12, 14, 16 o más años. Este último, aunque legalmente es menor de edad, tiene ya una sexualidad bien desarrollada y, en ciertas condiciones, puede ejercerla con otros adolescentes o aceptarla con un adulto por motivos de seducción propia, interés afectivo o económico, etc.

3. Sexo entre menores. Damos también por supuesto que el abuso sexual infantil implica siempre a un adulto y un menor. Pero, ¿qué sucede con las actividades sexuales entre niños y adolescentes (hermanos, primos, amigos), a veces de distintas edades y/o con coacciones? El abuso sexual también se da entre menores.

4. ¿Qué entendemos por "pedófilo" y "pederasta"? Usamos indistintamente ambos términos como si fueran sinónimos, aunque no lo son. La pedofilia es un concepto psicológico, una parafilia (respecto a la heterosexualidad adulta convencional), que consiste en una atracción psicosexual (parcial o absoluta) hacia los niños y/o adolescentes. En este sentido, no es mejor ni peor que otras parafilias. La pederastia es, en cambio, un término legal, y se refiere exclusivamente a las actividades sexuales con menores de edad, que son ilegales y por tanto delictivas. Esta indispensable distinción entre pedofilia y pederastia nos revela curiosas paradojas. Por ejemplo, no toda persona con fantasías o deseos pedófilos es necesariamente -ni tiene por qué "llegar a ser"- pederasta (1); y no todo pederasta es obligada o exclusivamente pedófilo (puede ser también, p. ej, un criminal proxeneta, un psicópata, etc. Por eso, cuando un niño es dañado o muerto a manos de un pederasta, no se explica tanto por la posible pedofilia de éste cuanto más bien por sus rasgos sádicos, psicopáticos, etc.).

5. ¿Cuáles son las secuelas del abuso? Damos por sentado que toda acción sexual sobre un niño/a le causa "daños terribles". Pero esto, aunque desgraciadamente es cierto a menudo, no siempre es así. La supuesta malignidad general de las actividades sexuales con menores no está al parecer demostrada (2). En mi opinión, la destructividad de un abuso (cuando realmente lo es) no depende tanto de su índole propiamente sexual cuanto de las circunstancias psicoafectivas del menor (p. ej., su edad, identidad del adulto, clase de suceso/s, frecuencia, nivel de coacción, miedo, culpa o vergüenza, etc.) y, sobre todo, de su integración y apoyos familiares. He observado que la mayoría de daños neuróticos en mujeres y hombres con experiencias sexuales precoces más o menos traumáticas se explican mucho mejor por la naturaleza terriblemente patológica de sus relaciones familiares; las cuales, por acción u omisión, son las que propiciaron, ejecutaron, encubrieron y/o no repararon las consecuencias de aquellas actividades. En otras palabras, tal como sucede con el acoso escolar, etc., el abuso sexual suele formar parte de la toxicidad familiar. Sin olvidar que muchas personas severamente dañadas nunca fueron abusadas sexualmente, sino de otras formas muchísimo más extendidas: p. ej., violencia física o emocional, patologías parentales, autoritarismo castrador, desestructuración familiar, etc. Es decir, los abusos sexuales no siempre son peores que otras clases de abusos (3), y todos ellos derivan del desamor. 

6. ¿Y los abusadores? En nuestra lucha contra el abuso sexual infantil solemos olvidar nada menos que la mitad del problema: los propios abusadores. ¿Quiénes son éstos? ¿Por qué un adulto habría de sentir el menor interés sexual (abusivo o no) por un niño? ¿Por qué, cómo, dónde se gestan los pedófilos y pederastas? ¿Por qué parecen haber tantos de ellos? (4) ¿Fueron quizá ellos también abusados? Y si fue así, ¿por qué amamos tanto la fase "víctima" del abusado y odiamos después su fase "victimario", siendo la segunda consecuencia de la primera y sufriéndolas ambas la misma persona? ¿Qué papel tiene la familia y la sociedad (p. ej., las crianzas patológicas, la neurosis generalizada, la guerra/frustración de los sexos, etc.) en todo esto? ¿Somos capaces o deseamos realmente comprender, prevenir y mejorar el problema, o sólo nos gusta escandalizarnos y aplicar las leyes a ciegas? (5)

7. Abuso sexual y política. Que la vigente caza de brujas contra los pederastas coincida plenamente con idéntica persecución de los "maltratadores de género" no parece casual. En ambos casos el odiado objetivo son los varones heterosexuales, por mucho que también existe pederastia homosexual, mujeres pederastas (ejecutoras y, sobre todo, cómplices y encubridoras) y, por supuesto, mujeres violentas hetero y homosexuales. Temo que la razón principal de todo ello, lejos de obedecer a ninguna genuina "protección" de niños y mujeres, etc., forme parte de ciertas políticas mundiales con finalidades dudosas.

En conclusión, debemos evidentemente proteger a los niños del abuso sexual (como de TODA forma de abuso). Pero, para ello, no necesitamos alarmismos, consignas, generalizaciones, linchamientos, etc., todo lo cual no ayuda a nadie, sino mucha más sensatez, honestidad, valentía autocrítica, amor. Y, sobre todo, la comprensión definitiva de que abusados y abusadores, pedófilos y pederastas, no surgen de la nada, sino de crisoles familiares trastornados que seguirán produciendo todo tipo de lacras mientras sigamos aferrados a nuestros miedos, autoengaños y prejuicios.

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1. De igual modo que la adicción a la pornografía no convierte a nadie en violador, ni la afición al cine violento convierte a nadie en asesino, etc. (más bien ayudan a prevenirlo). Para que cualquier fantasía prohibida o antisocial pueda realizarse se requieren ciertas psicodinámicas adicionales. 

2. Véase La hipótesis del trauma en el abuso sexual (Agustín Malón Marco, Revista Colombiana de Psicología, nº 17, 2008). 

3. La exageración social de las secuelas del abuso sexual se debe, en mi opinión, a varias razones: 1) nuestro genuino amor a los niños; 2) el subyacente tabú del incesto; 3) nuestros prejuicios y represiones sexuales (que, p.ej., hasta no hace tanto prohibían incluso la masturbación); 4) la negación social de las responsabilidades familiares en el problema; 5) el resentimiento de muchos abusados; 6) determinados intereses políticos; etc. Por nuestra parte, creo que los terapeutas nunca deberíamos agrandar o adoctrinar a nuestros clientes abusados, precisamente para no añadir más dolor a un sufrimiento cuya verdadera medida sólo ellos conocen.

4. Las tendencias pedófilas o pederásticas de la sociedad no sólo las vemos en las noticias terribles que nos muestran los medios (redes de pederastas, prostitución infantil, secuestros de niños, etc.), sino también en la evidente erotización de la infancia y la adolescencia (internet, modas, música, publicidad, espectáculos), la extendida afición al comix paidoerótico japonés y la pornografía infantil, la inmadurez afectiva y/o soledad sexual de mucha gente que ve a los niños como fáciles consuelos, las poderosas tensiones incestuosas de muchas familias sin amor, etc. Sin duda, una parte del odio social a la pederastia resulta, además de por lo indicado en la nota anterior, del miedo de mucha gente a su propia pedofilia reprimida. 

5. Algunas personas piensan que comprender al pederasta equivale a "justificarlo" o "defender" su delito, etc. Esto es obviamente tan absurdo como afirmar que analizar las causas del asesinato equivale a simpatizar con los asesinos, fomentar el crimen, etc. Por eso, por mucho que podamos respetar los sentimientos pedófilos de las personas, etc., las acciones de pederastia (al revés de ciertos grupos que pretenden legalizarlas) debemos considerarlas siempre inapropiadas, potencialmente destructivas y, por tanto, intolerables

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  Barcelona   •  © Copyright