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"No siento tu amor"

No podemos amar si no fuimos amados en la infancia. El amor se aprende. Pero la secuela más grave del desamor infantil ni siquiera es ésa, sino otra menos mencionada: la incapacidad de sentir el amor de los demás. Esa especie de ceguera o insensibilidad al amor de mucha gente que, aunque sea efectivamente amada por otras personas y se dé plena cuenta de ello, no logra experimentarlo. No puede sentirlo, disfrutarlo, agradecerlo. Estas personas se sienten, por el contrario, profunda y permanentemente solas, aisladas, "desconectadas" emocionalmente de los demás. Donde debieran tener un corazón sensible y receptivo, sólo notan un vacío. El cual, como una dolorosa cesta de mimbre, no puede retener ni hallar paz con ninguna cantidad de "agua" (amor) con que nadie intente llenarlo.

Las personas anestésicas al amor están condenadas a no sentirse amadas nunca. Ésta es su tragedia. Es una soledad perpetua que comienza en relación a mamá (y papá, etc.), se transmite después a los hijos, y condiciona las vidas privadas y sociales de millones de seres humanos hasta su muerte. Es una "carcoma" psíquica. Una desesperación más o menos inconsciente que genera todas las formas de narcisismo, psicopatía y violencia que conocemos. Determina innumerables síntomas neuróticos (adicciones, ansiedades, depresiones, complejos, miedos, obsesiones...) y todo tipo de conflictos afectivos entre las personas. Imposibilita el amor en éstas y las somete a sucedáneos miserables (p. ej., conductas dependientes, dominantes, explotadoras, sobreprotectoras, salvadoras...). Las empuja a toda clase de paraísos artificiales y autodestructivos (hedonismos, escapismos, fanatismos...). Etcétera.

Los individuos insensibles al amor, es decir, incapaces de sentirse amados, aprendieron desde niños que, no siendo queridos y cuidados por su propia madre, no valían "nada", no podían ser "nadie", no merecían nada. Muchos incluso adquirieron el sentimiento de culpa más íntimo y perverso: el de meramente "ser", existir, incluso haber nacido. Y si una persona se siente insignificante, despreciable, casi inexistente, ¿cómo va a tomarse en serio el que alguien pueda amarla de verdad? ¿Cómo no va a sentirse confusa, agobiada, aburrida, incluso amenazada por un amor que, aunque en el fondo anhela, llega demasiado tarde? La paradoja del huérfano es que el amor adulto, como la lluvia para el campo devastado por la sequía, ya no es tanto un remedio cuanto más bien una molestia para quien tuvo que acostumbrarse durante años a sobrevivir por las malas en su aislamiento psíquico. Por eso ahora se muestra contradictorio frente al amor: huidizo pero posesivo. Egocéntrico pero dependiente. Insaciable pero desagradecido. Etcétera. En realidad, sigue sintiéndose solo e infeliz todo el tiempo porque no logra absorber, disfrutar, metabolizar el amor humano.

El verdadero estrago de las malas crianzas no es, pues, que los seres humanos no aprendan a amar y cuidar de sí mismos y de los demás, etc., sino la petrificación del alma. La imposibilidad de nutrirse con cualquier amor futuro. Como el amor de la madre "crea" y configura el corazón del hijo, las personas sin madre sólo pueden desarrollar corazones "diminutos", difusos, atrofiados... Corazones extremadamente inseguros y, por ello, extremadamente egocéntricos, evitativos o voraces... Y desolados.

¿Tiene algún remedio todo esto? Si sólo el amor puede curar el desamor, ¿podrá el amor (p. ej., en forma de terapia) fortalecer a las personas con aquello que precisamente les cuesta sentir, aceptar o digerir? En mi opinión, ello dependerá de la gravedad de las heridas de cada uno.

La psicoterapia puede, desde luego, ayudar a estas personas a concienciar las razones secretas de sus fracasos amorosos y existenciales. A prevenir y solucionar muchos sufrimientos propios y ajenos. A aceptar, convivir y expresar su vacío interior. Y, sobre todo, a potenciar los aspectos más sanos y hermosos de sus corazones, que siempre les fueron reprimidos. En estos procesos terapéuticos, los huérfanos menos dañados pueden afortunadamente sentir renacer una mayor sensibilidad amorosa. Primero hacia el terapeuta. Luego hacia sí mismos. Después respecto al amor y la amistad de los demás. Y finalmente en relación a su propia capacidad de amar. Puede que ello no sea la utópica "felicidad ideal"... Pero suele bastar para mejorar decisivamente muchos aspectos de sus vidas.


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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright
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