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La orfandad del mundo

Nota: Este post puede herir la sensibilidad de algunos lectores.

Si tomas la pastilla roja,
yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos.
(Matrix-1)

El que pueda entender, que entienda. (Jesús de Nazaret)

Creo que uno de los conceptos fundamentales que separan a algunos terapeutas es el de "madre tóxica". ¿Qué significa esto? Para la mayoría, una madre tóxica es alguien que, pese a sus defectos, sigue siendo una madre a la que cabe amar, odiar, etc., y preferiblemente comprender y perdonar. Para unos pocos, en cambio, una madre nociva no es, en rigor, una madre. Más bien es una "no-madre". Se trata de un fraude, una quimera semántica, una defensa psicológica y social contra el terror más hondo e insoportable del ser humano: la orfandad. Por eso, la mayoría de terapias no se atreven afrontar la causa última del sufrimiento de sus clientes, que es precisamente su orfandad secreta. La misma que atormenta a millones de seres humanos.

Si un animal muere por ineptitud del granjero, para la víctima no hay diferencia entre un mal cuidador o ningún cuidador, puesto que el resultado es el mismo. (De hecho, quizá el mal granjero fue incluso peor que nada, pues acaso sus negligencias aceleraron la muerte del animal o prolongaron su agonía). Igualmente, para un bebé que llora en la noche no hay diferencia entre una mala madre (o padre, o enfermera, o vecina....) que no acude a su rescate, y la soledad absoluta. Lo único real es que nadie lo atiende. Así, una verdadera madre puede ser "buena" o incluso "regular" (1), pero no puede ser "mala". El concepto "mala madre" es autocontradictorio, antitético, absurdo. Es una noción fantasma como la ilusión cerebral de un brazo amputado. La usamos simplemente por inercia linguística, por necesidades sociolegales y, por supuesto, por el hecho innegable de que esa mujer parió al niño y no tuvo más remedio que aplicarle algunos cuidados físicos básicos (y legalmente obligatorios): alimento, ropa, médicos, escuela... Pero una madre tóxica, dado que no proporciona psicoafectivamente a su hijo/a nada relevante para su maduro desarrollo, sino principalmente una neurotización derivada de todas las formas del desamparo, es, en esencia, una madre inexistente. Una no-madre (2). Y el sujeto es por ello, no sólo metafóricamente sino en un sentido muy real y profundo, huérfano.

La orfandad secreta causada por la madre tóxica es inherente a todos los procesos neuróticos de importancia y es, en mi opinión, uno de los máximos tabúes de la Psicología. Pero, a pesar de todos los intentos sociales por negar tal orfandad, no hay modo alguno de soslayarla. Ningún engaño ni autoengaño, ninguna tergiversación, ningún eufemismo, ningún paño caliente con que intentemos negar la insoportable evidencia, podrá anular el hecho de que nuestro corazón -nuestro inconsciente- lo sabe todo desde el principio. Ni un solo minuto de su vida ha dejado de sentir que su "madre" le falló siempre. Que, en el fondo, no tiene nada a qué aferrarse ni nadie que no sea imaginario. Que es huérfano. Éste es el mal, la carcoma, el demonio invisible que siempre ha torturado su desdichada personalidad... Sólo las personas que, renunciando a sus fantasías pseudoparentales, se atrevan a llamar a las cosas por su nombre, podrán aliviar gradualmente su destino. (3)

Desengañémonos: el mundo no está cargado de "familias tóxicas", etc., sino de siniestros orfanatos gobernados por toda clase de funcionarios incompetentes o perversos. Millones de niños no son "hijos" cuidados amorosa y adecuadamente por nadie, sino huérfanos violentados en lóbregos calabozos de terror, culpa, ira y mera supervivencia física. (4) ¡Y se les exige gratitud por ello! Ésta es la caja de Pandora de muchísimos neuróticos. Quienes se atrevan a abrirla y expulsar a sus monstruos tendrán alguna oportunidad de ser más felices.

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1. La función materna no depende de factores biológicos, etc., sino del establecimiento de lazos psicoafectivos sanos capaces de proporcionar seguridad, afecto y modelo de referencia al hijo/a. Cualquier persona suficientemente madura y amorosa puede desarrollar tales vínculos. ¡Incluso los terapeutas somos a veces un poco "madres" o "padres" de nuestros clientes! 

2. Igual que, p. ej., si tu pareja a menudo te ignora, maltrata o te es infiel, no tienes "pareja" en absoluto; o si tu ordenador falla continuamente no tienes ordenador. Esta alienación del lenguaje, por la que solemos llamar a las cosas no por su naturaleza y funciones reales, sino por sus apariencias o nuestros deseos o esperanzas, la vemos en muchos otros asuntos humanos: amor, libertad, espiritualidad, política, amistad, familia, salud mental, psicoterapia... De este modo, confundimos habitualmente lo sucedáneo con lo real, llamamos a cualquier cosa de cualquier manera y, al final, nada acaba significando nada. 

3. No es posible, a mi juicio, la psicoterapia sin un sentimiento mínimamente "trágico", existencialista de la vida. Diversos humanismos (budista, cristiano, marxista...) han sabido siempre que la vida es fundamentalmente dolor, conflicto, y que sólo podemos reducir éstos aceptándolos de antemano. Por eso, en un mundo tan frenéticamente escapista, hedonista e infantil como el actual, donde todo es supuestamente biológico, tecnológico o simplemente "divertido", la verdadera psicoterapia es difícil de ejercer, pues muchos la confunden con un juguete más de la fiesta. 

4. Por eso la moral del perdón tiene poco sentido. No hay nadie a quien perdonar, ni nadie que pida perdón o deba ser perdonado. 

 
JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright
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