La dulzura

Hace algún tiempo, un hombre que con ayuda de la terapia había vuelto con su ex-pareja, más tarde, con ayuda de esa misma terapia, volvió a separarse de ella quizá definitivamente. Yo le pregunté por las razones de ello y su respuesta fue: "No tiene dulzura". ¡Dulzura! ¡Qué hermosa palabra y cuántos años llevaba yo sin escucharla! Entonces me di cuenta hasta qué punto la dulzura parece haber desaparecido de este mundo.

No es fácil definir la dulzura (lo que ya demuestra su rareza). Tras consultar diversos diccionarios, resulta ser una combinación milagrosa de varios rasgos de personalidad: bondad natural, amabilidad, ternura, serenidad, capacidad de  complacer... Nada que dependa, por cierto, de determinados estímulos externos (p. ej., un niño adorable, un tierno animalito...), sino que forma parte de la personalidad. O somos dulces o no lo somos. Y la posibilidad de serlo depende, entonces, de nuestras defensas neuróticas.

Una persona sólo puede ser bondadosa, tierna, complaciente, etc., cuando está en paz consigo misma. Cuando no sufre tensiones íntimas derivadas de sus traumas y su narcisismo. Cuando sabe, por ello, amarse a sí misma. Es entonces cuando fluye espontáneamente de su corazón no ya su capacidad de amar, sino de amar con dulzura. ¿A cuántas personas conocemos así?

Buscando imágenes para ilustrar este post, he fracasado por completo. ¡No he hallado dulzura en todo Google! En cambio, sí he tropezado inesperadamente con algunas imágenes de la Virgen María cristiana (como la que véis arriba, fragmento de "Virgen con el Niño", de Murillo, 1665). En ellas sí he encontrado por fin esa actitud que buscaba. Porque la dulzura, encarnada en esa representación inconsciente de la madre ideal que es la Virgen María, resulta, en definitiva, uno de los rasgos esenciales de la buena maternidad. 

La dulzura escasea en el mundo porque desgraciadamente todos somos neuróticos. Todos hemos sido maltratados, seguimos padeciendo mil ansiedades, miedos, iras y tristezas, estamos sometidos a toda clase de agresiones y violencias. Además la dulzura no es un valor social. El ideal dominante es la competitividad, el narcisismo individual, la división, el odio, como vemos por todas partes (medios audiovisuales, internet, sociedad, política, deportes...). Muchos consideran la dulzura una "debilidad"... Y es que ¿cómo iban a mostrar dulzura millones de personas que jamás la recibieron?

La dulzura es un don, casi un milagro. Es la fragancia de las frutas sanas, maduradas, en su punto. Y un mundo sin ella es, por tanto, un mundo seco y enfermo.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  Barcelona   •  © Copyright