Las Tres Castraciones de la mujer

Una visión personal del drama de los sexos (y 2)

A todas las mujeres que sufren.
Y a las que anhelan distinguir lo real de lo politizado.

Nota: Este post no podrá quizá entenderse sin alguna relectura por parte del lector (las notas al pie son importantes), ni tampoco desde actitudes meramente intelectuales o ideológicas. Sólo será accesible a las personas mínimamente familiarizadas con la psicología de lo inconsciente. No obstante, este artículo sólo quiere ser una aproximación a un tema tan complejo como apasionante.

Mi artículo anterior sobre el drama de los sexos requería, para su completa exposición, una segunda parte sobre las respectivas castraciones femeninas. Ningún sexo se salva de las mutilaciones civilizadoras. Así que, siempre a mi entender y desde un punto de vista exclusivamente psicodinámico, examinaremos ahora los daños causados por los estados, a través de la familia y muy especialmente su principal representante psicobiológica, la madre o equivalente, a las mujeres.

Ya vimos que la domesticación humana exige infligir graves traumas a las personas. En el caso femenino, como en el masculino, dichos traumas condicionan enormemente su tipo de sentimientos, ideas, conductas y relaciones sociales e intersexuales. La historia y la intrahistoria de nuestras civilizaciones y, en fin, del trágico desamor humano. En este drama global, podemos hallar al menos tres violencias fundamentales contra las mujeres, que podríamos resumir así: 

1. "¡Obedece!"
2. "¡Desconéctate!"
3. "¡Labora!
"

Las tres son devastadoras, no sólo para las mujeres sino, por lo mismo, para la sociedad en general. Veámoslo.  


1. "¡Obedece!"

Educar consiste, como ya vimos, en moldear a las personas a través del miedo a la pérdida del amor familiar -especialmente el de la madre-, y de la aceptación social. Las niñas, igual que los niños, aprenden así a obedecer y renegar de sí mismas, a valorar más los deseos ajenos que los propios, a ser meros instrumentos de los demás, etc., con todo el dolor y la neurosis que ello ocasiona. Y queda troquelada en ellas, como en ellos, su predisposición inconsciente a la sumisión social.

Pero, a diferencia de los varones, las niñas suelen desarrollar hacia la madre, por motivos psicológicos que en seguida veremos, un vínculo especialmente complejo y poderoso, con efectos igualmente dramáticos. Entre ellos, el de que la madre es para la mayoría de niñas aún más tótem, más tabú, más intocable que para los niños. Lo que genera una primera e inesperada consecuencia.

Así como los varoncitos desplazan, según expusimos en el post anterior, sus miedos y odios inconscientes a mamá contra las demás mujeres, las niñas hacen lo propio, pero no contra otras mujeres sino, por su especial dificultad de cuestionar la figura materna, contra el principal aliado de mamá, que es papá. Y más aún cuando éste es realmente nocivo u odiado por la familia. Como el padre (o equivalente) suele ser el principal referente masculino de la mayoría de niñas, el resultado suele ser una tendencia al distanciamiento psicoafectivo de muchas mujeres hacia los hombres en general, es decir, una misandria o predisposición inconsciente a despreciarlos, culparlos, dominarlos y/o vincularse superficial, inestable o conflictivamente con ellos. Lo que contribuirá decisivamente a la desdicha de ambos sexos. (1)

Pero esta Primera Castración, que separa a las mujeres de los hombres y les impide amarlos genuinamente, tiene, en realidad, raíces más hondas.


2. "¡Desconéctate!"

La madre es para las niñas no sólo su fuente principal de apegos, miedos y rencores inconscientes, sino también su crucial modelo de identificación, por ser ambas del mismo sexo. La madre amada/odiada, que se mira y proyecta en la hija, es el espejo (como mujer, madre y esposa) de la niña, quien poco a poco la va interiorizando hasta "convertirse" parcialmente en aquélla. (Lo mismo sucede con los niños respecto a sus modelos masculinos). De este modo, el vínculo de la niña con su madre es doble: por un lado, es primario (filiomaterno, como en cualquier hijo/a), pero además es autoidentificativo. Así, cuanto más poderosa es la influencia -positiva o negativa- de una madre sobre su hija, más hondos son los sentimientos de fusión, idealización y/o enamoramiento de ésta hacia su madre, y más profunda y total será su identificación con aquélla. La niña sólo se reconocerá a través de su madre (y viceversa), y amarse a sí misma equivaldrá a amar la figura materna. Más aún, convertirse en mujer supondrá transformarse en "madre de sí misma"... Es aquí donde descubrimos la tragedia de esta Segunda Castración femenina. Pues, por el mero hecho de ser hembras como sus madres introyectadas, millones de mujeres quedan separadas del resto del mundo. Tienden sólo a expresarse desde tales identificaciones íntimas y a relacionarse principalmente con otros espejos-madre de autorreferencia, es decir, con las demás mujeres. De este modo, quedan atrapadas, ensimismadas para siempre en un universo casi exclusivamente femenino. Y en esto consiste precisamente, para bien y para mal, su narcisismo. (2)

Así como los hombres dependen emocional y sexualmente de las mujeres -es decir, de personas distintas de sí mismos- para sentirse amorosamente felices, la mayoría de mujeres -"madres de sí mismas"- son psicoafectivamente mucho más autosuficientes. Esto las beneficia en parte, pues les da fuerza e independencia. Pero, ya que el narcisismo es lo contrario del amor, dicha ventaja  no logra calmar la secreta desesperación de las mujeres, que siguen sintiéndose profundamente incomunicadas, solas y desamparadas (3). Por eso, muchas niñas aprenden inconscientemente, tanto si fueron mimadas durante años como "reinas" o "princesas" como, al revés, gravemente maltratadas de muchas maneras, que la mejor forma de contrapesar su traumático aislamiento del mundo es mediante la explotación sistemática del poder de sus recursos eróticos, engendradores y familiares. Y, más recientemente, de su victimismo frente a los hombres y la sociedad.

Para encubrir el drama oculto del narcisismo femenino, así como para seguir ejerciéndolo, mujeres y hombres han cultivado durante milenios toda clase de formaciones reactivas. La principal de ellas es el mito de la "Feminidad", según el cual las mujeres son por naturaleza supuestamente distintas, mejores o superiores a los hombres. Toda clase de poetas, filósofos e ideólogos han hablado sin cesar, en efecto, del "misterio", la "complejidad" o la "divinidad" de las mujeres, los específicos "valores femeninos" (intuición, sensibilidad, fragilidad, amor, romanticismo, "instinto maternal", inteligencia...), etc. La han considerado según las épocas diosa o demonio, musa o prostituta, ideal de belleza, fuente de vida, causa de perdición, canal místico... Etcétera. Sin embargo, la realidad interior de la mayoría de mujeres no parece confirmar estas teorías. (4)

La Segunda Castración femenina es, como la Primera, más psicobiológica que cultural, aunque inmensamente potenciada por la civilización, y se resume en el encierro de las mujeres en una dorada e inhumana burbuja de egolatría. Este egocentrismo, realimentado entre las propias mujeres y reforzado por su misandria subyacente (más la terrible Tercera Castración, que veremos ahora), las debilita profundamente y, contra todas las apariencias, les impide amar y sentirse amadas. Y si las mujeres no son felices, ¿cómo van a serlo las generaciones que dependen psíquicamente de ellas?


3. "¡Labora!"

A lo largo de su crianza -y de su vida entera- las cargas que deben soportar las mujeres son infinitas. Muchísimas de ellas jamás vivieron su infancia. Desde pequeñas tuvieron que ayudar a sus madres en los asuntos domésticos, cuidar de los hermanos menores, trabajar en el campo o en el negocio familiar, ser paño de lágrimas y psicólogas de mamá, sufrir violencias o abusos sexuales del padre o de la madre misma, ser humilladas por su físico u otras causas en la escuela, ser objeto sexual a partir de la pubertad, ser complacientes con sus parejas adultas, cargar con toda clase de esfuerzos y sacrificios con sus propios hijos, trabajar en el exterior para su propio sustento, cuidar de los padres ancianos, "salvar" a las personas problemáticas cercanas, etcétera. Y actualmente, pese a tantas servidumbres, muchas de ellas se sienten además obligadas a ser "felices" sin renunciar a ninguna  de las posibilidades -a menudo contradictorias- que les dicta la propaganda: p. ej., ser más guapas, sexys, libres, trabajadoras, madres, buenas parejas, autorrealizadas, etc. Absolutamente demasiado.

Todo el mundo opina hoy sobre lo que las mujeres deben hacer. Por ejemplo, fumar. Dejar de fumar. Tener hijos. No tener hijos. Abortar. No abortar. Ser madres perfectas. Ser madres sin padre. Empoderarse. Enamorarse. Llevar una vida sana. Perder peso. Hacerse la cirugía. Depender de los médicos. Denunciar a los hombres. Ser solidarias. Ser buenas hijas. Comprar de todo. Cambiar de ropa. Reformar la casa. Acudir al gimnasio. Lucirse en internet... Pues, como saben bien los publicistas, las mujeres, desde su jaula de vanidad y por las personas que dependen de ellas (hijos, parejas...), mueven la economía. Y quien controla a las mujeres, controla el mundo.

De modo que innumerables mujeres se sienten agotadas, frustradas, furiosas, resentidas, confusas, deprimidas. Viven en una trampa psíquica y material de la que sienten que nadie puede rescatarlas: ni su ego, ni ningún príncipe azul, ni el dinero, ni las libertades, ni la política, ni siquiera otras mujeres. Buscan mil explicaciones y culpables (sus chivos expiatorios favoritos son, por supuesto, los hombres, generalizados como "Patriarcado"). Huyen  en todas direcciones (belleza, modas, seducción, consumo, éxito, hijos/as, política, espiritualismos...). Pero su drama es extremadamente hondo y sutil, y muy pocas encuentran la salida.

***

Ésta es resumidamente, a mi juicio, la historia psicológica y secreta de millones de mujeres. Las niñas temen a ambos progenitores pero, especialmente unidas a mamá, aprenden a ignorar/despreciar/odiar especialmente a los hombres. Las niñas se identifican tanto con la madre intocable que acaban atrapadas egocéntricamente en sí mismas. Y las niñas sufren tantas clases de abusos que resultan definitivamente infelices.  

Así obtenemos, como Olga señaló muy bien en este comentario a mi anterior post:

"Un mundo lleno de hombres-niños castrados, sometidos, cabreados, altamente demandantes para con las mujeres; y lleno de mujeres-niñas, autorreferenciales, que no saben quiénes son, que tienden a idealizar las relaciones y la maternidad, y que lo quieren todo. (...) El drama es inevitable porque en este mundo de hombres y mujeres que no han madurado, no hay punto de encuentro emocional, sólo la necesidad de exigir, de culpar, de obtener lo que uno necesita por cualquier medio; y, sobre todo, soledad, mucha soledad".

De manera que, lector, si eres mujer y resuena en ti algo de todo esto, ¡despierta tú también! Descubre los posibles excesos de tu vanidad y aléjate de sus predicadoras y aduladores. Desmitifica  a tu madre y, en la medida que puedas, sepárala de tu corazón. "Mujer" es tu apellido, pero "Persona" es tu nombre. Busca, pues, con humildad  al ser humano -sin "sexo" o "género"- que eres. Descubre por ti misma que ni todas las mujeres son buenas ni víctimas, ni todos los hombres son superfluos o canallas. Encuentra tu libertad, tu poder, no en tu ombligo, tu orgullo o tus dogmas, sino en tu confianza y apertura al mundo entero. En tu capacidad de respetar y amar. Líbrate de esa soberbia y esas "argucias" de mujer que no son sino armas de manipulación que te denigran. Recupera la inocencia, la dignidad de esa niña que nunca te dejaron ser. Sólo si descubres y ejerces todos tus aspectos humanos -y no simplemente los que consideras "femeninos"-, podrás mejorar tu vida. Con madurez y responsabilidad. Ya no necesitarás más culpables, ni más victimismos, ni más egolatrías. Y, siendo así más sabia y feliz, podrás contribuir de verdad, junto con los hombres y a través de vuestros hijos, a un mundo más amoroso.

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1. No todas las mujeres sufren tal misandria. En general, las que, pese a la influencia materna, lograron amar a un padre positivo (o figura masculina equivalente); o las que, dañadas por una madre tóxica, hallaron en aquél un refugio psicoafectivo (real o fantaseado), sí lograrán amar a los hombres. 

2. Su equivalente masculino es el afán egocéntrico de poder (racionalismos, etnocentrismos, antropocentrismos, tecnologías, artes, políticas, violencias...). Es interesante observar que, así como el narcisismo masculino deriva psicodinámicamente del fracaso del vinculo materno, el narcisismo femenino resulta en parte de lo mismo, aunque mucho más del excesivo "éxito" de tal vínculo. 

3. Las personas narcisistas no pueden amar ni sentirse amadas, sino sólo dominar y buscar admiración y halagos. Por eso no logran superar sus vacíos y de ahí sus síntomas neuróticos: iras, miedos, ansiedades, envidias, somatizaciones, depresiones, adicciones, vínculos precarios, victimismos, manipulaciones, trastornos de personalidad... Lo que no significa, sin embargo, que algunos hombres y mujeres no puedan, con consciencia y esfuerzo, superar parcialmente su egocentrismo y aprender a amar.

4. Como evidencia la universalidad de la neurosis. Al inicio de mi labor como terapeuta, cuando aún compartía los mitos sobre la mujer, me causó estupor no poder verificarlos en la práctica. Las mujeres sufrían ni más ni menos que los hombres, y éstos eran a menudo incluso más sensibles, empáticos y vulnerables que muchas de ellas. ¿Cómo podía ser esto? Además, fui descubriendo algo increíblemente perturbador: que muchas mujeres, aunque piensan y actúan "como si" amasen a sus seres queridos (hijos, pareja, etc.), secretamente carecen de toda empatía e interés genuinos hacia ellos, o no soportan las exigencias del amor, con las correspondientes secuelas neuróticas para todos/as. 

Versión audiovisual (Myreddays) :


Artículo previo:

Las Tres Castraciones del hombre - Una visión personal del drama de los sexos (1)

 
JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright
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