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La vida privada de los psicoterapeutas

Algo que lamento mucho es la costumbre de algunos terapeutas de compartir sus vidas privadas en las redes sociales. A cualquier hora del día o de la noche. El mero hecho de que sucumban, como cualesquiera otras personas, al exhibicionismo adictivo de internet ya me asombra... Porque allí exponen a sus amigos, sus familiares, sus actividades, sus confesiones, sus errores, sus ideologías, su vida social y toda esa clase de chismorreos, en fin, que sólo interesan a los voyeurs de las vidas ajenas. Este ejercicio de supuesta "sinceridad compartida", tan en boga, me parece un error en el caso de los psicoterapeutas, pues es dudosamente deontológico, está cargado de narcisismo y sólo ayuda -en mi opinión- a degradar la psicoterapia. ¡Como si ésta no tuviese ya suficientes enemigos! Personalmente, jamás he conocido ni me ha interesado la vida íntima de los terapeutas que me han ayudado. De haberla sabido, quizá no me hubiesen beneficiado tanto.

El psicoterapeuta no es una persona como las demás. Tiene una misión, una responsabilidad, un deber: ayudar emocionalmente a sus clientes. Su principal herramienta es la confianza y el respeto de éstos. Así, igual que los niños, para crecer con salud, necesitan estar a salvo de las complejidades y trapos sucios de sus padres (que éstos deben ventilar en privado), también los pacientes necesitan resguardarse de la vida privada de su terapeuta para poder admirarlo y sentirse seguros con él. Muchos ya suponen que éste también sufrirá, tendrá sus defectos, etc., como cualquier ser humano. Incluso es posible que, a veces, el proceso terapéutico requiera que el terapeuta comparta sin problemas algún detalle de su vida personal... Pero, de esto a que el cliente, ya desde un principio y gracias a internet, etc., lo sepa "todo" de su ayudador, hay un abismo.

La relación terapéutica, como la de padres e hijos, no es horizontal e igualitaria, sino esencialmente vertical. Elegimos a nuestro terapeuta precisamente porque lo consideramos más fuerte y sabio que nosotros; por eso lo sentimos transferencial e inconscientemente como una madre/padre "ideal". Por tanto, el psicoterapeuta no tiene derecho a compartir su vida, y mucho menos sus debilidades, conflictos, etc., con sus clientes, pues ello significaría incorporarlos a su propia vida, es decir, romper la indispensable "distancia terapéutica" que debe separar a ambos. Como así lo recuerdan todos los códigos deontológicos del oficio.

La distancia terapéutica entre cliente y terapeuta es fundamental. Forma parte del encuadre, del proceso curativo mismo. Tal distancia significa que ambas partes no deben acercarse más de lo imprescindible y, mucho menos, tocarse, mezclarse, confundirse dentro o fuera de la consulta profesional. Terapeutas y clientes -de nuevo como padres e hijos- no pueden ser "amigos" (ni siquiera "virtuales"), y la mutua privacidad debe ser preservada a toda costa por ambas partes. ¿Algún adolescente invitaría a sus padres a su fiesta privada entre amigos, o viceversa? Pues igual. Es gracias a dicha distancia, en el seno de tal privacidad, donde el proceso sanador puede ocurrir con entera confianza, seguridad y neutralidad, totalmente a salvo de peligrosas injerencias externas (1).

Los terapeutas que exhiben sus vidas -e incluso sus miserias- en internet parecen, en fin, querer demostrar con ello su "enorme" honestidad, sinceridad y valentía frente a sus clientes reales o potenciales, y ante sus seguidores en general. Sin embargo, en mi opinión y por lo expuesto, a mí me parecen bastante confundidos respecto a su oficio y, en definitiva, mero pasto de consumo para el comadreo virtual. Sus familiaridades no benefician a nadie, pero sí pueden perjudicar a algunos (y, además, desacreditar al propio terapeuta y a la psicoterapia misma). No es el escenario público, sino el ámbito privado donde el terapeuta debe saber sincerarse. Y, aún así, sólo cuando haga falta y sólo en la medida conveniente (2). La psicoterapia requiere pudor, dignidad, intimidad, incluso liturgia. No es una playa nudista. Y además es nuestra única defensa real contra el dolor humano.  Si la degradamos, ya sólo nos quedará la Química y la Enajenación de las Máquinas.

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1. Por ejemplo, el cliente tiene derecho a mentir, digamos, sobre lo que hizo el fin de semana. Pero si el terapeuta sabe la verdad porque la vio en la red social de aquél, ¿qué hará? O al revés: si un paciente con padres alcohólicos descubre que su terapeuta se emborrachó anteayer, ¿qué sucederá? Por otro lado, ¿tienen el terapeuta o el paciente derecho a intervenir -fuera de las sesiones terapéuticas- en las conversaciones virtuales del otro? Etc. Todas estas complicaciones técnicas y éticas derivadas de la interferencia de las  redes sociales son completamente superfluas y evitables. 

2. La sinceridad innecesaria no sólo expresa flaqueza o narcisismo, sino que puede resultar muy nociva. La gente no parece darse cuenta que los dogmas actuales de la "transparencia", el "compartir" o "socializar" las vidas privadas, etc., son alarmantes avances del control político mediante ese "divertido" caballo de troya que es el vaciado o des-intimización de los individuos. (Es también, por cierto, un conocido método de tortura). Por no hablar de ese ridículo igualitarismo que pretende "desmitificar" al terapeuta -y a todo-, como si las diferencias emocionales, intelectuales y espirituales entre las personas no fuesen, a veces, incluso abismales.

 
JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright
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