El deseo de sanar

Algunas personas en terapia se sorprenden cuando les digo: "tú no quieres curarte". O "a ti no te pasa nada". O "estamos perdiendo el tiempo". Etc. Están tan convencidos -junto con la sociedad entera- de que, puesto que sufren, padecen entonces algún "trastorno" necesitado de ayuda, que no pueden aceptar, y ni siquiera concebir, que su problema pueda ser un fraude. Y lo cierto es que, a veces, lo es.

Lo que define la neurosis no es el dolor en sí mismo, sino el conflicto inconsciente. Comprender esto es fundamental. El dolor forma parte de la vida; cualquier privación, injusticia o violencia lo causará, y no por ello consideramos a sus víctimas "trastornados" necesitados de terapias. Reservamos, en cambio, el término "neurosis" para los estados psicoconductuales dolorosos cuyas causas ignoramos, porque suelen relacionarse con procesos emocionales ocultos de represión, bloqueo, confusión, contradicción, etc. La psicoterapia es precisamente un método para descubrir y solucionar tales causas.

Ahora bien, lo paradójico de algunos estados neuróticos es que son cultivados deliberada aunque inadvertidamente por el propio sujeto. Una parte del individuo quiere sanar, pero otra parte, más poderosa, se niega a ello. Este autoengaño puede ser muy difícil de detectar (más propiamente, de admitir) por parte de la persona, pero es la razón de muchos "fracasos" terapéuticos.

Todos sabemos, p. ej., que ciertos fumadores "no logran" dejar de fumar, pese a que fumadores mucho más adictos sí lo consiguen, simple e inconscientemente porque no desean hacerlo. El tabaco les ofrece de momento más ventajas (calmar la ansiedad, facilitar las relaciones sociales, etc.) que inconvenientes. Igualmente, algunas personas "no pueden" alejarse del maltrato de su familia o pareja porque el dolor del vacío que ello destaparía sería, al menos temporalmente, demasiado fuerte. Etcétera. De modo que estas personas, aunque sí desean dejar de sufrir por sus síntomas, cuando deciden acudir a terapia llevan en el corazón tomada la decisión contraria: no abrir los ojos. O no asumir las consecuencias de ello.

Toda neurosis es un conjunto de armaduras, resistencias, miedos, beneficios secundarios, etc., dentro de las cuales el sujeto vive "atrapado". Algunas personas desean genuinamente ser "rescatadas" con ayuda de una terapia, y su deseo es unívoco, coherente,  sin contradicciones. Lo llamamos motivación, cuya eficacia es inmensa. Por el contrario, cuando las barricadas del sujeto están colocadas precisamente en esa motivación, es decir, cuando su deseo de ser liberado es demasiado débil o inexistente, evidentemente no podrá llegarse muy lejos.

Algunos terapeutas no creen en la necesidad de la motivación; consideran que su falta es un síntoma más que debe tratarse con paciencia, etc. Pero, según mi experiencia, la motivación es crucial. Rara vez puede generarse en la terapia; el cliente debe traerla de casa. O la tiene o no la tiene. Es decir, o está firmemente decidido a viajar al fondo de sí mismo, a llegar hasta donde haga falta para recobrar su bienestar. O sólo es un "turista" -con billete de vuelta- en dicho intento.

El turista de la psicoterapia busca alivio, apoyo, afecto, y, si puede ser, algunas ideas y consejos que aumenten sus defensas contra sus temidos demonios interiores. (Estos demonios suelen llamarse Mamá, Papá, Abuso, Desamparo, Odio, Culpa, Vacío...). Naturalmente, siempre puede beneficiarse limitadamente de estas ayudas. El viajero de la psicoterapia es, en cambio, una fiera herida. Está dispuesta a todo para sanar. Bajará a cualquier sótano, descenderá a cualquier cloaca, afrontará cualquier dragón. A pesar de todos sus miedos y defensas, hay también en él una extraña valentía, una determinación, una profunda confianza y apego con el terapeuta que lo guía y acompaña. De él obtiene precisamente todo el ánimo y protección que necesita para tan intrépida aventura. Por eso mismo, la fiera herida sanará. Se fortalecerá. Crecerá. Recobrará su libertad.

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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright