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28 Julio 2015

La madre como hija

Por JOSÉ LUIS CANO GIL
Cuando una mamá se sienta ante mí en la consulta, yo no la veo ni la trato como a una mamá, sino como a una mujer hija de otra mujer. Tanto si esa mamá viene por problemas personales como si viene a causa de conflictos con sus hijos, etc.,  yo sigo viendo lo mismo: una mujer hija de otra mujer. Y, lo mismo que un hortelano no se preocupa tanto de sus manzanas como de la salud de sus manzanos, yo me intereso principalmente por los conflictos que dicha persona pueda sufrir respecto a su propia madre y otras relaciones afectivas cruciales. Porque, si conseguimos aliviarlos, todo lo demás mejorará por sí mismo.

Yo no creo en la psicoterapia infantil. Tampoco creo demasiado en las pautas "correctas" de crianza. Y me sonrío con las hormonas y otras exageraciones de la psicobiología. Todo ello me parece que sólo ayuda a confundir a las madres y crearles innecesarios sentimientos de culpa, expectativas inalcanzables y vanos perfeccionismos. Lo único que una mujer necesita para ser una buena mamá es sentirse en paz consigo misma. Y la única forma de acercarse a ello es, como antes decía, revisar sus emociones conscientes e inconscientes respecto a sus propios padres, sus hijos, su pareja y su vida en general.

Las mujeres defensoras de la buena crianza alegan la extraordinaria importancia de los vínculos tempranos madre-hijo, de lo que derivan sus ideas sobre la importancia de las hormonas,  la lactancia, el colecho, etc. Y es cierto. Sin embargo, no es toda la verdad. En toda mi vida personal y profesional, jamás he visto una neurosis achacable en exclusiva a unos "malos vínculos tempranos". Lo que invariablemente hallamos es una vida entera de conflictos explícitos o inconscientes madre-hijo (y, por tanto, con el padre y el resto del entorno). Ello significa que, en general, una madre con malas relaciones tempranas con el hijo las tendrá también el resto de su vida. Por tanto, creo que el actual énfasis (a veces casi religioso) en los primerísimos años de la crianza obedece en parte a diversas modas e  intereses y es, sobre todo, una defensa neurótica de muchas madres (y de la sociedad en general) contra la muy incómoda realidad de que lo que verdaderamente necesitamos para criar niños felices no son tanto "métodos científicos" cuanto afrontar y resolver nuestras neurosis personales.

Como los niños absorben casi mágicamente las emociones conscientes e inconscientes de la madre, es muy hermoso comprobar una y otra vez cómo, al resolver mamá sus tensiones íntimas, automáticamente ellos se tranquilizan y mejoran, al tiempo que ella descubre, "sabe" de pronto cómo tratarlos más adecuadamente. También aprende a "interpretar" más sabiamente las señales y comportamientos de los hijos, es decir, mejora su empatía y, por tanto, su respeto y su cariño, con los efectos maravillosos que podemos imaginar. Aprende asimismo a pedir más ayuda a su pareja y a otras personas, a prestar más atención a sus propias necesidades, a no ser tan autoexigente, a aceptar y corregir errores sin tantos remordimientos, a relacionarse de otro modo con las personas que no la aman, a ser emocionalmente más sincera y "transparente"..., etc. Y todo ello sin necesidad de "pautas" específicas ni forzando nada en absoluto. Simplemente de forma espontánea, como fruto de su propio crecimiento interior. 

Y es que cuando la madre alivia su neurosis, su maternidad se autorregula por sí sola. No necesita para ello teorías ni empoderamientos. El amor no es ningún conjunto de pautas y recetas, sino una atmósfera. Una fragancia (como diría Buda). Y ese aroma, ese perfume del amor, que robustece para siempre el "sistema emocional" del hijo, sólo pueden exhalarlo las mamás (y papás) lo bastante valientes como para afrontar la sanación de sus propias heridas infantiles.

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