Maternidad y narcisismo

El narcisismo es inherente a la neurosis humana y fundamenta la mayoría de nuestros males. Se trata, como sabemos, de lo opuesto al amor. Desgraciadamente el narcisismo, en lo que atañe a las mujeres, determina también la clase de crianza que pueden ofrecer a sus hijos. Y, por tanto, el tipo de personas que logran entregar al mundo.

La institución social de la "Maternidad" forma parte de esa otra que llamamos "Feminidad", las cuales son, en términos inconscientes, formas de autoafirmación narcisista. Por imperativos biológicos y culturales, el poder de la mayoría de mujeres ha residido siempre, en efecto, en su potencial "femenino" (es decir, emocional y sexual) y "maternal" (es decir, reproductor). Por tanto, su ego -y sus abusos- lo han canalizado siempre a través de una vanidad más o menos exhibicionista, la fertilidad y el control emocional en el seno de la familia. (Los hombres se han especializado en la codicia y la agresión en lo social). En suma, para la mayoría de las mujeres (y hombres) sus hijos no son sus hijos, sino proyecciones e instrumentos de su neurosis personal.  (1)

Ahora bien, todo lo nacido del narcisismo es narcisista. Por tanto, como los niños no absorben las intenciones o acciones supuestamente amorosas de los padres, sino su verdadero inconsciente, millones de niños saben en su corazón que, contra todas las apariencias, no son realmente amados.

Esto lo vemos con claridad, p. ej., en esa militancia actual de algunas mujeres en asuntos de crianza. Es triste ver cómo usan a los niños para hacer apología de sí mismas (p. ej., de su feminidad, su feminismo, su maternidad, sus cuerpos, su rol familiar y sociopolítico). Otras usan su militancia como una especie de terapia personal contra sus problemas personales... Etcétera. Y en casi todos lo casos los niños parecen quedar en segundo plano. Estas mujeres, en vez de explorar con sinceridad sus verdaderos sentimientos como personas y como madres para crecer humanamente, se limitan a autoafirmarse en los tópicos habituales, confundiéndose así entre ellas mismas... y a los hijos a los que creen amar.

Según mi experiencia, temo que, contra el mito universal de la maternidad y salvo casos excepcionales, la mayoría de mujeres no son "por naturaleza" significativamente "más amorosas" que los varones. Tampoco parece que la vanidad en cualquier ámbito sea buena para nadie, y menos aún en el amor. El amor es humildad, renuncia, empatía, interés genuino por el otro... Por eso, como hombres y mujeres sufrimos parecidas heridas neuróticas, todas y todos tenemos que aprender a amar.

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1. Todos conocemos, p. ej., a esas mujeres que invocan a su hijo no por sus nombre o apelativo cariñoso, sino exclusivamente como "mi hijo". Repiten sin cesar: "mi hijo esto, mi hijo aquello, porque mi hijo, yo por mi hijo..." O bien: "nosotras las madres, desde que soy madre, porque una madre, yo como madre...". Este lenguaje revela hasta qué punto sienten al hijo no tanto como un ser distinto y autónomo, sino como un apéndice o función de sí mismas. Ahora bien, cuando tratamos a alguien como parte de otra cosa, ¿no lo anulamos como persona real? En ello reside la toxicidad del narcisismo materno. 
 
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JOSÉ LUIS CANO GIL  •  © Copyright