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20 Abril 2015

¿Violencia filio-parental?

El doble crimen contra la infancia
Por JOSÉ LUIS CANO GIL

Leo aquí la noticia sobre un congreso para el estudio de la violencia filio-parental, etc., y vuelvo a sufrir ese doloroso vértigo frente a la insondable insensatez humana. La noticia contiene algunos datos como éstos:

• En 2014 han habido en España 6.000 denuncias por violencia de hijos contra padres.
• En los últimos 7 años se han duplicado esta clase de denuncias, sin contar la enorme cantidad de padres que no denuncian.
• El 9% de los progenitores sufre violencia física, y un 40% verbal y emocional.
• Desde 2007, más de 17.000 menores han sido procesados en España por ello. Y también en países como Francia o EEUU es un problema preocupante.

Pero no son estas cifras lamentables las que causan mi vértigo, sino las decepcionantes explicaciones sobre el tema que suelen darse en los medios de comunicación. Por ejemplo, ¿por qué algunos adolescentes -o incluso niños- agreden a los padres y/o se convierten en pequeños dictadores? He aquí la clase de respuestas que solemos hallar:   

  • por la pérdida de autoridad de los padres y la escuela
  • por la falta de normas y límites (exceso de permisividad)
  • por la sobreprotección parental
  • por la "baja tolerancia a la frustración" de los violentos
  • por la ineficacia de los castigos
  • por la influencia del alcohol y las drogas
  • por la influencia de las redes sociales
  • por la influencia de la violencia escolar y ambiental
  • por sus trastornos de personalidad
  • por otros factores (sociales, educativos, familiares...)
  • etc.

No es que muchos de estos factores no estén involucrados, por supuesto, en la violencia de los hijos hacia los padres. Es que, evidentemente, tales factores no son su causa. Sólo son facetas, elementos asociados, expresiones de procesos mucho más profundos. Por ejemplo, ¿cómo va a ser la falta de límites o la intolerancia a las frustraciones el motivo de la violencia adolescente, si muchísimos jóvenes sufren por desgracia condiciones parecidas y no por ello son todos violentos?  Ha de haber alguna otra razón. ¿Cuál puede ser ésta, ya que parece tan extrañamente invisible y/o silenciada por la sociedad?

Indudablemente, el DESAMOR.

Sólo la rabia desesperada de un hijo/a frente a una crónica y extrema falta de respeto, empatía y cariño de unos padres nocivos puede explicar la violencia de algunos jóvenes contra sus progenitores. Nadie alzaría jamás la mano contra sus padres si éstos no hubiesen sembrado antes enormes cantidades de desdicha en el corazón del agresor. Los tiempos actuales, más permisivos, menos intimidatorios, etc., facilitan sin duda la transgresión de estos menores. Pero no son los "errores" educativos (ni siquiera los más graves) de los padres el motivo de ello. Es el dolor, el odio, el rencor consciente e inconsciente acumulados durante años en el alma del hijo a causa del desamor maltratador -visible o invisible- de sus cuidadores, lo que puede desatar, llegado el caso, su violencia. Porque, psicoafectivamente, llega un momento en que el joven ya no tiene nada que perder. Carece de cualquier motivo real para seguir siendo sumiso o tolerante con sus padres. Y, roto así su corazón, cualquier detonante podrá derribar entonces las profundísimas inhibiciones y sentimientos de culpa que, como muros de contención frente el odio, todos los humanos tenemos respecto a los padres... Así brota esa violencia filial que tanto escandaliza a nuestra sociedad hipócrita.

La violencia filial es, pues, una secuela neurótica de la violencia parental previamente sufrida. Y también es un grito de auxilio, una renovada súplica de amor hacia esos padres incapaces.... Pero, naturalmente, todo es inútil. Cuanto más se desespera violentamente el hijo, tanta más incomprensión y rechazo sufre por parte de su familia. Y cuanto más lucha ésta contra las antisociales conductas de aquél, tanto más crece y se prolonga la rabia del joven. Es el círculo vicioso del odio mutuo. Para colmo, los protagonismos del drama están invertidos. Los padres-verdugo, para protegerse de sus propios sentimientos de culpa, se creen víctimas en exclusiva de ese "monstruo" que, en realidad, ellos mismos han creado. (No a sabiendas ni deliberadamente, por supuesto). Y su eventual paso final, denunciar al hijo, es ya la suprema traición, la máxima manifestación de rechazo y abandono de esos padres confundidos hacia su vástago.

No sólo la familia y la sociedad a través de sus instituciones, sino también una parte de la Psicología, colaboran en este sacrificio. Divulgan además su crueldad inconsciente en famosos subproductos televisivos como Supernanny o Hermano Mayor, donde se trata, en definitiva, de lo de siempre: más mano dura, más violencia represora -disfrazada de "conductismo"- contra los desdichados en quienes falló la represión educativa convencional. Ni por un instante se considera que lo violento pueda ser el síntoma, el indicador de alguna otra cosa. La violencia es siempre el Demonio a extirpar... en los demás, naturalmente. Pues el monopolio de la agresión lo tiene sólo el estado y sus instituciones, incluida la familia. Así, las terapias y/o castigos (incluida la cárcel) que los jóvenes violentos pueden recibir constituyen un doble crimen contra ellos. Porque primero se les hirió el alma en la infancia y, después, cuando crecieron y algunos decidieron vengarse, se los remató. No será raro que los más atormentados terminen cayendo en algún abismo sin retorno.

¿Qué puede hacerse, entonces, contra la violencia filial? ¿Cómo podemos aliviar y prevenir cualquier forma de neurosis, ya sea violenta o no? Fundamental y exclusivamente, como insistimos sin cesar en estos escritos, con amor.

El amor no existe apenas en nuestra sociedad. La mayoría de "luchas" contra la violencia carecen de él y, por tanto, de una genuina acción terapéutica. ¿Qué autoridad psicológica y moral tienen, p, ej., unos padres maltratadores o conflictivos para juzgar y reñir sin cesar (aliados con profesores, terapeutas, etc.) a su hijo desquiciado? Ninguna actitud que no empiece con el respeto, la escucha empática y el afecto, es decir, con el amor hacia el violento, merecerá la confianza de éste. Y si éste no puede confiar en sus "ayudadores", ya que percibe claramente el miedo, el desprecio o el odio -la violencia- de sus reproches, ¿cómo o por qué habría de mejorar? ¿A cambio de qué? Recordemos que el violento no tiene nada que perder, ya que, pase lo que pase, él nunca es más amado. Por ello, para que tenga un verdadero motivo de cambio, necesitamos obligadamente cambiar nosotros mismos nuestras actitudes conscientes e inconscientes hacia los inadaptados. ¿No repetimos sin cesar que "la violencia engendra violencia"? Pues bien, es hora de aprender de una vez por todas que las agresiones veladas o inconscientes son tan destructivas como las demás. Y que la única alternativa a la violencia es el amor.

Ahora bien, la actitud terapéutica fundamental, la amorosa, es muy rara. Porque el amor:

  • No es "científico". Como la afectividad es "subjetiva", el interés por ella se desplazó en el siglo XX hacia el control "objetivo" de las conductas.
  • No es "moderno". El ideal amoroso tiene para muchos resonancias morales, conservadoras, religiosas.
  • No es "progresista". Ya que los valores de izquierda se centran principalmente en lo social.
  • No es rentable. Nadie puede ganar dinero con el amor.
  • No crea dominio o dependencia. Sino libertad.
  • No es fácil. Porque poca gente ha sido amada o ha aprendido a amar.
  • etc.

Por tanto, el amor,  que antes -y también ahora- era asumido, al menos en teoría, por la religión, ha desaparecido del discurso social dominante. ¡Ni siquiera la mayoría de psicólogos lo mencionan!  Relegado a las minorías espirituales o "alternativas", ha sido ampliamente sustituido por la tecnociencia y la politización. Así, aunque los niños actuales son criados con muchas más libertades y privilegios, pareciendo con ello que son más amados que nunca, la realidad es que muchos de ellos son tan maltratados como siempre, aunque de formas muchísimo más encubiertas (1). La violencia filio-parental no es más que uno de los muchos síntomas de este fraude.

Cualquier abordaje de cualquier tipo de violencia doméstica pasa, pues, necesariamente, por la recuperación del amor. Pero no el amor entendido como un valor moral, espiritual, político, etc., sino como una necesidad fundamental del ser humano. Más exactamente, como un hecho biológico, una experiencia personal, una vivencia psicofísica tan absolutamente prioritaria y urgente como el respirar. Este sentido del amor debería incorporarse inmediatamente a la Psicología, la Pedagogía, la Educación, la Medicina, la política (2), las relaciones sociales, los medios de comunicación, etc. Y para ello debería recuperarse previamente el sentido clásico -e incluso psicoanalítico- del crecimiento interior. De la instrospección. Del "conócete a ti mismo". Pues, sin tal requisito, cualquier otro paso resultará imposible.

Todo esto significaría, por ejemplo, respecto al tratamiento de los niños y adolescentes, el indispensable afrontamiento sistémico (familiar) del problema, tanto en sus aspectos conductuales como psicodinámicos. Significaría, en su caso, proporcionar psicoterapia profunda y reeducación a unos padres que, aunque no son moralmente "culpables" del problema, sí son psicológica, familiar y socialmente responsables de él. Significaría promover al máximo la conciencia social de que los padres son "autores" -o, al menos, coautores- de sus hijos. Y, por lo mismo, significaría también considerar su co-responsabilización legal cuando existieran daños a terceros. Todo ello siempre desde la misma comprensión amorosa que todas las partes del drama necesitan.

No tengo la menor duda de que, a menos que iniciemos algún avance colectivo en estas direcciones, nada de lo que hagamos por "ayudar" a los inadaptados, los violentos, los neuróticos, los locos e incluso la sociedad en general, nos llevará nunca muy lejos. Más aún: todo lo que nosotros no avancemos hacia el amor, la inexorable violencia tecnocientífica y política avanzará hacia nosotros.

__
1. Por ejemplo, aunque extremadamente sobreprotegidos, los niños siguen careciendo de vínculos felices (con unos padres casi siempre ausentes, o conflictivos, o neuróticos). Carecen de entornos estables (por los ajetreados estilos de vida actuales). Carecen de verdadera comprensión de sus necesidades (incluso por parte de muchos "expertos"). Carecen de confianza en sí mismos y en los demás (por todo lo anterior). Carecen de modelos y expectativas para el futuro (por las complejísimas circunstancias sociales). Etcétera.

2. El amor psicofísico ha sido reemplazado por la "solidaridad" política. Pero la solidaridad es apoyo entre iguales, o incluso caridad anónima (desde la identificación, la culpa o la ideología) hacia los débiles. El amor es, en cambio, psicoafectivo, personal y vertical. Es el alimento esencial del ser humano en todas sus edades. La solidaridad nos alivia temporalmente en lo práctico. Pero sólo el amor nos posibilita ser más felices.

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2 comentarios
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 Lisbeth  05/Enero/2016 20:15
Estoy complacida de leer su blog. Me está pareciendo de lo más iluminador: leyendo varios de sus artículos estoy llegando por fin a una comprensión más profunda de los problemas de mi familia dominada por una madre fuertemente neurotizada. Tengo 24 años y he tenido por lo menos dos brotes grandes de rebeldía (me he ido de casa dos veces) y en ambas ocasiones -y todo el tiempo, como un mantra enfermo, de hecho- se me dice que lo que a mí me falta es más tolerancia a la frustración, más autoridad, más límites, más respeto y gratitud por mis padres que dan absolutamente todo por mí. Nunca han podido entender por qué si me han dado muchas cosas en lo material y muchos "cuidados amorosos", yo les he dado toda clase de problemas. Yo tampoco lo entendía y me sentía constantemente culpable, constantemente en deuda por no poder ser una hija a la altura de sus expectativas.
Ahora entiendo que me han satisfecho las necesidades básicas e incluso han sido afectuosos, pero mi madre ha actuado desde su obsesión por la maternidad y no desde su amor y eso la ha vuelto agresiva, controladora, manipuladora, violenta, posesiva y descontrolada... Ahora entiendo que lo que he vivido en mi casa de cierto modo ha sido abuso.

Este artículo, en particular, me parece descorazonador. A menudo se escucha (lo escucho mucho en mi familia y en sus programas de radio de psicólogos católicos) que la familia se está acabando, que por eso se ven cosas que antes no se veían. Leyendo esto, creo lo que se acaba no es la familia, sino los aparatos represivos que antes permitían dar la ilusión de "familias felices" y "ciudadanos de bien", pese a que todo ha estado siempre igual de jodido.

He pedido a mi familia que vayamos todos a terapia. No creo que las resistencias de mi madre le permitan asumir ningún tipo de responsabilidad, pero sería interesante ir con usted a terapia, lástima que estamos muy lejos. En fin. Saludos y gracias por compartir artículos tan ilustrativos.   Resp.
 JLC  06/Enero/2016 13:47
(A Lisbeth) "todo ha estado siempre igual de jodido"... exactamente, Lisbeth. Así es de horrible. Y no, generalmente la familia NO cambia nunca. ¡Los árboles secos no dan frutos! e_05

Mucho ánimo y enhorabuena por tu lucidez, Lisbeth. Un saludo.   Resp.
 

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